“SOLO ESTELAS EN LA MAR”: HISTORIA DE UN EXILIO

Por Ernesto Parga Limón

Salieron en carro de Barcelona in extremis, Francisco Franco tomaría pronto la ciudad. Antonio y su familia y casi 500 mil españoles más se marchaban atiborrando las carreteras, el gobierno francés cerró fronteras.

La travesía fue tortuosa, debió de hacerse a pie, 26 kilómetros entre el fango, el frio y la lluvia: una frontera, otro mundo. Un río de gente, triste romería, huyen de su patria, huyen de la desesperanza. Antonio lo sabía; ese era un viaje sin retorno, camina al exilio con su madre adulta y con su hermano. El motivo: el mismo… la inveterada incapacidad para entendernos cuando la política nos separa…La Guerra Civil española, que enfrenta hermanos con hermanos, todos españoles.

Lento, aferrado a su bastón, arrastra el peso de su desmejorada salud, tantos años de tabaquismo cobran su factura. Sesenta y tres años tiene el vate.

Muchos años antes había escrito en su poema Retrato, esta poderosa estrofa, por desgracia muy poco profética.


“Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar
.”


Ese es un adiós casi idílico del hombre joven que imagina llegar a viejo cumplida su jornada, y agradecido con la vida.

La realidad es más dura; va Don Antonio, sí, ligero de equipaje, de pertenencias materiales, no lleva ni lo indispensable para vestirse y lo que es más doloroso para el poeta; no lleva ni una hoja en donde escribir. Va, por desgracia, cargada la espalda de tristeza, de añoranzas, de tantos sueños rotos, es un hombre cansado, desmoralizado, acabado.

Su madre insistente, en el desvarío del extenuante caminar, le pregunta que sí ya pronto llegarán a Sevilla. El destino es otro, otra tierra los acogerá; es Colliure, es Francia. Todo queda allá, tras la frontera, su recuerdo de la casa natal de Sevilla, la tumba de su mujer, su España toda.

Seguro le conoces, alguna vez su lira tocó tu vida; vamos… acompáñame a recordarle:


“Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.”


Antonio Machado Ruíz, nace en Sevilla en 1875, en donde pasa sus primeros años, años que dejan honda huella en el alma del poeta.


“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunas cosas que recordar no quiero.”


Emigra con toda su familia a Madrid, allí estudia, para después viajar a Francia, allí conoce a Rubén Darío y a los intelectuales principales de su generación. Enseña francés en institutos de Soria, Baeza y Segovia y escribe en todos ellos su larga producción poética. Es en Soria donde a sus 32 años conoce, en la casa en que se asiste, a la que será su mujer; Leonor Izquierdo niña de 13 años que habrá de esperar a cumplir los 15 para casarse con Antonio.

Tumbada está su esposa enferma ya sin esperanza, el poeta sufre y contemplando la naturaleza a la que tanto le ha cantado, observa al olmo casi seco reverdecer y sueña, entonces, y pide otro milagro.


“Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;


Antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.”


El milagro no sucede, tras solo tres años el poeta enviuda, allá quedó la tumba sola; Antonio se va de Soria huyendo del dolor que lo traspasa. Un año después pide a su amigo, Jose María Palacio, que visite a su mujer, de este hecho da constancia un poema intimista de lirismo puro:


“Palacio, buen amigo,
¿está la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del río y los caminos? En la estepa
del alto Duero, primavera tarda,
¡pero es tan bella y dulce cuando llega!

¿Tienen los viejos olmos
algunas hojas nuevas?

Aún las acacias estarán desnudas
y nevados los montes de las sierras.

¡Oh mole del Moncayo blanca y rosa,
allá, en el cielo de Aragón, tan bella!

¿Hay zarzas florecidas
entré las grises peñas,
y blancas margaritas
entre la fina hierba?

Por esos campanarios
ya habrán ido llegando las cigüeñas.

Habrá trigales verdes.

 Ya las abejas libarán del tomillo y el romero.

¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?

Palacio, buen amigo,
¿tienen ya ruiseñores las riberas?

Con los primeros lirios
y las primeras rosas de las huertas,
en una tarde azul, sube al Espino,
al alto Espino donde está su tierra…”


Bellísimo poema, totalmente machediano, donde no hay lágrima ni grito, todo está sugerido, íntimamente sugerido, la ingente enumeración de elementos naturales, los ríos, las nieves, las ramas florecidas, los animales, las crestas de las montañas, parecen ser nada en la ausencia de aquella que le daba a todo su sentido y su razón de ser, ¿O, quizá ese renacer cíclico hará que ella nunca muera en el poeta? Que viva siempre renacida en su recuerdo.

Machado posterior a la muerte de su esposa, vuelca todo su genio en la poesía y el activismo político en favor de la republica de la que espera eduque y lleve a España al progreso.

La Republica cae, llega el franquismo, el poeta y media España huyen.

Don Antonio Machado Ruíz muere en 1939 y su madre solo tres días le sobrevive. En el extranjero, allí en Colliure está su tumba, un símbolo poético más que nos recuerda lo que nunca debe ser, el odio entre hermanos y el exilio.


José Machado su hermano encuentra en la bolsa interior de su abrigo el último de sus versos

“Estos días azules y este sol de infancia…”  

Suficiente para recuperar un poco en la nostalgia los lejanos días azules de los Altos de Jalisco en donde crecí, y para recordar agradecido el radiante sol del terruño norteño que me dio cobijo generoso.

Pero un verso más que lo merece:

“Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas,
blanca cera y dulce miel.”

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