VIVIR DE RENTAS

Por Ernesto Parga Limón

“Aprendí a llorarte sin saber que en cada mañana,
bajabas el sol para traer, luces de esperanza.”

Milonga: Sobran las palabras de Jose Larralde

Hay momentos en que no se ve la luz al final del túnel, momentos en que parece que todo se ha perdido de forma irremediable, en los que no se observa que haya salida en medio de la crisis de la vida, momentos donde todo se derrumba porque se ha perdido lo que se ama, porque aquello por lo que se luchó con infatigable denuedo yace en el suelo hecho añicos. Irrecuperable.

La adversidad tiene muchas caras, todas ellas terribles,  y se presenta muchas veces en nuestra vida, con ropajes  también diversos: La  muerte de un hijo, del cónyuge, de los padres, la  pérdida de un empleo, el divorcio, una traición insospechada que hace perder la fe en la humanidad,  las enfermedades terminales e interminables por su larga secuela de dolor, los fallidos proyectos, el destierro del solar que se ama, la prisión, el secuestro, la reclusión en campo de concentración, los terremotos,  los incendio, las pandemias y otros más de origen natural o surgidas con  crueldad  inimaginable  de la mano del hombre que es, muchas veces,  lobo del hombre.

No hay forma de negar la sacudida brutal, el impacto estremecedor y la estela de sufrimiento de estas manifestaciones de la adversidad en la vida de los hombres.

Sin embargo, pocos tópicos, a lo largo de la historia del pensamiento humano, tienen un consenso más universal que el de la utilidad y las bondades de la adversidad.

Para muchos pensadores entre ellos, prácticamente todos los autores clásicos, estadistas y poetas; la adversidad es la verdadera maestra de la vida y la fuente de la que manan todos los valores; –Sufrir instruye al hombre– nos dice Esquilo el padre de la tragedia griega, por su parte Stefan Sweig, el autor de Momentos estelares de la humanidad y de 24 horas en la vida de una mujer, nos dice que; –Toda ciencia viene del dolor, el sufrimiento busca siempre la causa de las cosas-.  El exquisito poeta sufí Rumi, sentencia con lacónica belleza –La herida es el lugar por donde entra la luz-.

Quizás, en el mismo hilo, la respuesta más rotunda venga desde la voz de C. S. Lewis probablemente la última gran mente que ha abordado este tema. Es muy notable su obra El problema del dolor y especialmente la desgarradora reflexión en carne viva llamada Una pena observada, escrita al compás de su propio duelo por la muerte de su esposa, escuchémosle:

-No creo que Dios quiera exactamente que seamos felices, quiere que seamos capaces de amar y de ser amados, quiere que maduremos, y yo sugiero que precisamente porque Dios nos ama nos concedió el don de sufrir; o por decirlo de otro modo: el dolor es el megáfono que Dios utiliza para despertar a un mundo de sordos; porque somos como bloques de piedra, a partir de los cuales el escultor poco a poco va formando la figura de un hombre, los golpes de su cincel que tanto daño nos hacen también nos hacen más perfectos.-

Profundísimas palabras, muy difíciles de entender en un mundo que busca desaforadamente el bienestar, el placer y la comodidad como regla sistemática de vida y que como aspiración máxima huye del dolor; rehuyendo, al mismo tiempo, de la sabiduría que nace de la experiencia de la adversidad.  

 Existe, entonces, no solo la dura realidad de apenas sobrevivir llevando a rastras lo poco que quedó de nosotros, sino que es posible salir avante y enfrentar la vida con nuevas actitudes, con más amor y mayor liberalidad de ánimo.  Pero ¿Cómo se transita de la desesperanza a la ilusión, cómo es que algunos pueden y otros no; en qué estriba la diferencia entre los renacidos y los que se queda muertos en vida?

Viktor Frankl, el médico austriaco creador de la Logoterapia, una voz muy autorizada en esto, que padeció lo indecible en cuatro campos de concentración, perdió casi a toda su familia en ellos, vio a mucha gente abandonarse y a otra luchar y salir adelante como él mismo lo hizo, nos dice que los que lograban llevar mejor las penalidades cotidianas, el hambre, la tristeza y el cansancio, no eran los de mayor fortaleza física sino aquellos de mayor y más   profundo calado espiritual.

 Aquellos que, habiendo tenido un pasado rico en experiencia espiritual, eran capaz de encontrar la belleza en medio de la desolación reinante. Esa es la fuerza indomable y creativa del espíritu humano.

Vivir de rentas es una expresión cargada de sentido.  Vivir del rédito de aquello que supimos atesorar y aquilatar, ahorrando un poco de la verdad, de la bondad, de la belleza y de la unidad que en sus múltiples manifestaciones la vida nos puso enfrente. Vivir poniendo cara a la adversidad de hoy, con lo que llevamos dentro, en el hondón del alma misma. El pesado ricamente cimentado, es el escudo y es la espada con lo que se luchan las batallas de hoy.

Vivir de rentas, de la fuerza indomable que dan las obras bien hechas, los amores bien amados, los amigos bien queridos, los libros bien leídos, los diálogos con Dios y la certeza de su presencia a nuestro lado.

Vivir de rentas, de la confidencia bien guardada, de los favores ofrecidos, del café de intenso aroma, del intenso color rubí del buen vino que la copa recoge, de escuchar el viejo tango que hace gemir al alma al ritmo del quejumbroso bandoneón, de reaprender por mero gusto el viejo poema de las juveniles preferencias. Vivir aquí y ahora que escribo estas 1000 palabras ¿Vivir… tan solo vivir!

¿Cómo nos encontrará la próxima adversidad? ¿Con qué cara y con qué ropaje nos acometerá? ¿Quién puede saberlo?  Lo único que se sabe es que inexorablemente llegará con su carga de dolor.

Ojalá sigamos llenando nuestra alforja de vida bien vivida, de amaneceres, de amores, de abrazos y de risas.

Ojalá sigamos llenando nuestra alforja de vida bien vivida, de amaneceres, de amores, de abrazos y de risas.

¡ENTRESUEÑO!

Por Ernesto Parga Limón

     “Sueño con el pasado que añoro, el tiempo viejo que lloro y que nunca volverá.”  Tango, Cuesta abajo.

Hace varios días que no puedo dormir bien, de forma recurrente viene a mi mente, sin alguna aparente razón, un relato detallado y casi biográfico de un niño pueblerino.

Este pensamiento y la extraña sensación que me produce se apodera de mí en cuanto llego al entresueño, esa zona nebulosa, que se ubica entre la vigilia y el sueño.

Creo que la mente tiene sus maneras de protegerse de este confinamiento, la mía se inventa una historia, un viaje en la distancia y en el tiempo que compensa y equilibra. Pudiera ser, también, un recurso para evitar la pena de volver a sufrir, ahora en el sueño, las insensateces diarias del vodevil de la política al que estamos expuestos, ofreciéndome a cambio una historia alternativa con matices de recuerdo. No lo sé.

Así que hoy haré publica esta historia de mis nocturnas inquietudes, un poco con el afán de exorcizar al fantasma intruso que me impide dormir y otro tanto solo por el gusto de evocar, un pasado que en algo se parece al mío. Ojalá, que ustedes también se vean reflejados en este relato.

No esperen, por favor, en esta historia: nudo, clímax y desenlace tal como sucede en las épicas leyendas de los héroes. No. Aquí, si acaso, encontraremos solo un poco de la tímida belleza que se esconde en la simplicidad de lo cotidiano y que suele producir un regusto dulce, quizás, por la similitud entre la historia que se lee y nuestra propia vida.  Podríamos decir que Chavito, de quien trata esta historia, es efectivamente solo Chavito, el personaje imaginario de mis sueños, y al mismo tiempo, también, cualquiera de nosotros.

Situemos, pues, nuestra historia en un pueblo como cualquier otro de esos diseminados por montones a lo largo y ancho de la geografía de la patria. Chavito es un niño como todos en aquellos tiempos: libre; esencialmente libre, con el pueblo entero como patio de sus juegos. Libre de cables y ataduras electrónicas, libre para pedalear cuesta arriba en bicicleta alquilada, a dos pesos la hora, o para perseguir, cuesta abajo, entre empujones con sus amigos el balón por las empinadas calles de su pueblo. Libre para entrar, sin llamar, en las casas de sus amigos todas ellas de puertas abiertas al aire fresco y a la gente.

Asiste, Chavito, a un colegio de monjas de inspiración jesuítica, quizá el único “lujito” que permite la apretada economía familiar. Toma sus lecciones en dos tandas, hoy esto resulta inconcebible, por la mañana de 9 a 12 y las vespertinas de 3 a 5. Se levanta a eso de las ocho con tiempo suficiente para ponerse el uniforme, desayunar e ir andando al colegio al que escasas 6 cuadras separan de su casa.

En las mañanas las clases terminan con el toque de la campana que llama a formación para rezar el Ángelus justo a las 12, después el desenfadado correr de los muchachos a sus casas, que con la algarabía propia de la edad van, simultáneamente, pateando el desinflado balón, tirando piedras a los perros callejeros y haciendo “desatinar” con sus bromas al siempre presente “loquito” de su pueblo.

El largo receso de media tarde alcanza para comer, hacer siesta, realizar los deberes escolares y memorizar un poema de su libro de “Lengua Nacional” para la clase de mañana:

Niño querido:
Ya viene el sueño
por el camino
de los luceros.
Ya se sienten
galopar
sus caballos
de cristal…

En el colegio hay dos patios, el de los niños que justo a la hora de recreo se transforma en estadio, donde los arcos del corredor de los salones hacen las veces de porterías, en su mundo infantil todos sueñan ser los Enrique  Borja, o  los Nacho Calderón del futuro, lo único que empaña la felicidad es pensar qué dirá mamá, cuando lleguen a casa con el pantalón roto en  ambas rodillas, producto de una necesaria barrida frente al oponente que casi se escapaba.

Sin embargo, es en el patio de las niñas en donde las destrezas deportivas alcanzan altos grados de perfección y de belleza. Anonadados, los niños contemplan muertos de envidia y a escondidas (para seguir fingiendo que ignoran a las niñas), las portentosas habilidades de ellas al jugar a “la cuerda” y al “juego del elástico” dignas de saltimbanquis y afamadas estrellas circenses. ¡Qué gusto da ver aquel despliegue de gracia y armonía!

La Casa de Chavito, no lo he dicho, se sitúa justo en el centro del pueblo, desde ahí todo se vive y todo se atestigua. Desde la casa, frente a la parroquia, se puede saber quién muere, tras las campanadas que doblan a muerto o a quién bautizan y así rápido colarse entre los niños invitados para agarrar al menos tres tostones del “bolo” que generoso lanza por los aires el padrino.

Pero el momento estelar llega de 5 a 9; cuatro horas frenéticas de juego, de colores, de olores y sabores.  A las canicas en el atrio de la iglesia o en los hoyos de las bancas de cantera de la plaza: al trompo, yoyo, meta, mulo por mulo, declaro la guerra en contra de…, e infinidad de juegos más, todo esto aderezado con cucuruchos de cacahuates y semillas o dulce de tamarindo despachado sobre cuadritos de papel estraza.

Es sábado, día de baño, de tallarse –muy bien- las costras en los tobillos y por detrás de las orejas. Y ya bien limpito ir al parque en donde, como cereza del pastel de la semana, por unos centavos se alquilan las revistas que se exhiben, colgadas por la mitad, en el tendedero que se estira entre la reja del parque y el poste de la luz. Fantomas, Kalimán, y especialmente los estremecedores melodramas de Lágrimas y Risas; ahí lee Chavito, las fabulosas historias en entregas semanales de: Paulina, Orlando y Fabiola, Memín Pingüin, Juan Valjan, la adaptación de Yolanda Vargas Dulché del clásico Los Miserables de Victor Hugo y a escondidas, porque lo tiene prohibido, Rarotonga la mulata que enamora y seduce al Dr. Alejandro Rivera.

Se vive en el pueblo, se es niño y se cree, con algo de razón, que esto es felicidad para siempre.

En tanto, hoy parece, que yo le gano la partida al sueño, una especie de sopor con olor a remembranza me invade y me lleva a pensar como Segismundo, el personaje de Calderón de la Barca, que también sufre en cautiverio:

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

13/06/2020

¡YA ESTÁ DECIDIDO!

 

Por Ernesto Parga Limón

 

“Lo cotidiano es en sí mismo ya maravilloso. Yo no hago más que consignarlo”

 Franz Kafka

 

Ya está decidido, parece ofensivo adelantarse, pero ya está decidido. Esta vez, como pocas veces en la vida, los seis estamos de acuerdo sin mediar discusión alguna. Cuando ella muera eso haremos. Es justo el homenaje que merece, aunque aún no nos queda claro cómo lo haremos. Démosle tiempo al tiempo, al parecer falta mucho para que esto suceda ya que goza de estupenda salud. Lo importante es que ya está decidido.

 Aún recuerdo cuando llegó, a algunos de nosotros nos incomodó un poco su presencia, desde luego a mí ya que era una boca más que alimentar; y ya lo saben, sobrar lo que se dice sobrar, nunca sobra. Tampoco es que me arrepienta y me fustigue por haber sentido ese inicial rechazo, me queda claro que nunca se lo manifesté abiertamente. Además, uno siente lo que siente y no hay más que discurrir sobre este punto.

Hoy que ha pasado el tiempo y que ella ya está en el ánimo de todos, sé que como yo, en algún momento, todos se preguntaron si estábamos haciendo lo correcto. Quizás haya en esto una lección para aquellos que se fían demasiado de la primera impresión negándose, solo por los humores iniciales, a algo que puede llegar a ser importante en sus vidas. No todo son vibras, auras y energías; cuenta mucho más el conocimiento que se obtiene tras observar el comportamiento, experimentar las lealtades y los cumplidos compromisos. La certeza de que algo o alguien estará siempre a tu lado no es materia de primera impresión, más bien, de todo lo contrario.

Llegó a casa por un acontecimiento meramente fortuito, quizá ella intuya que fueron los dioses que desde el comienzo de los tiempos le tenían este espacio asignado, no he reflexionado suficientemente sobre este tópico así que dejaré de lado esta especulación.  Uno de los seis cometió una infracción de tránsito, ¡créanme!, en un carrito de golf, (ni el cineasta Luis Buñuel hubiera imaginado más surrealista inicio en una historia) y como no portaba licencia recibió como sanción la “condena” de realizar labor social en algún centro de actividades no lucrativas de apoyo a la comunidad.  ¡Y ahí estaba ella!, en el refugio de animales. Esperando, lo entendemos ahora, que la fortuna le enviara a alguno de los seis.

 Lo miró, según me comentó él, con esos ojos de tristeza por no poder hablar para decirle llévame contigo.  –Ella me escogió-, nos contó entusiasmado a toda de la familia. El resto, hasta el presente, lo relataré en esta historia.

Lo de su nombre no fue problema, tras un breve intercambio se arribó a feliz acuerdo. Aunque algunas veces he dudado si inconscientemente impuse mi jerarquía de jefe de familia. Tampoco se me culpe en demasía, téngase en mi descargo que su color negro marcaba casi el destino de su nombre. Sin embargo, nada me gustaría menos, debido a la propiedad compartida que sobre ella ejercemos los seis, que la pobre tuviera un nombre que no hubiera sido democráticamente elegido. Ahora creo, que se cumplió muy bien el objetivo porque, según entiendo, la función primaria de todo nombre es proporcionar identidad al individuo que lo porta. No conozco a otro u otra con ese nombre, y además me gusta, me parece sonoro y dulce a la vez, tiene firmeza y calidez al mismo tiempo. ¡Trufa!

Pasados los primeros desencuentros, fruto de su infatigable energía que producían mil y una travesura, poco a poco nos fuimos acoplando. Recuerdo el tiempo en que casi nos quedamos sin plantas de jardín e imposibilitados de colgar la ropa y las toallas en los tendederos.

Era una delicia ver a la madre discutir e intentar sin éxito arrebatarle la pieza de ropa íntima,  que con ausencia absoluta de pudor y de solidaridad de género, la Trufa exhibía en su hocico muy cerca del portón;   hasta que cansada, la madre, le propinaba un severo pero cariñoso escobazo en el lomo acompañado de la amenaza nunca cumplida –pero te voy a pegar más fuerte Trufa– y  salía la perra  despavorida con la cola entre las patas y con un aullido que sonaba a queja y llanto al mismo tiempo, pero volvía al cabo de unos pocos segundos para intentar  terminar su faena, pero la enhiesta escoba le hacía abortar  el plan y reculaba cargada de tristeza.

 Fue ganando peso, tamaño y madurez y con ella un sobresaliente sentido del deber. Nunca le explicamos sus funciones porque ni siquiera esperábamos que cumpliera alguna, ya que nos contentábamos con el regalo de su compañía. Sin embargo, su instinto le mandó con firmeza que debía cuidar del espacio y con empeño especial de los seis que eran ya su responsabilidad.

Y eso hace hoy con fervoroso celo, recorre infatigable cada rincón de nuestro patio avisando a todos los “posibles enemigos”: los perros del vecino o a cualquier caminante que pase por el frente de nuestra casa que sus amos, “sus excelencias”, están de vuelta y ella está para cuidarlos.  Es amiga de la calle y de las muchas fondas de nuestro barrio, “sabe” distinguir con claridad, entre propios, amigos, vecinos y extraños.

Cuando llueve y truena entra en pánico y su natural obediencia sucumbe ante el imperio de su instinto que le obliga a resguardarse dentro de la casa. A nadie que le pide que se salga obedece, solo a mí. No se tome esto como presunción, lo comento porque sé que a pesar del miedo que la paraliza, me obedece por compasión, diciéndose para sus adentros, –a este pobre, que juega a ser el jefe, nunca nadie le hace caso; ayudémosle.

Ir al Oxxo con ella, que siempre está dispuesta, es la mejor terapia en favor de la autoestima. La Trufa cruza la calle por delante sin importarle los carros, en su lógica estos tendrán que detenerse, si alguno intenta ejercer su derecho a transitar ella le lanza acremente una mirada de reproche, como diciéndole —que no ves, tontito, que sus altezas serenísimas están pasando– y uno se ve y se siente como caminando por alfombra roja directo a recibir la corona que lo acredite como Emperador de todo el universo trufístico canino.

Por todo esto bueno que aporta a nuestra vida, la nombramos desde ya: “Nuestro mejor perro familiar”, así que ya está decidido lo que haremos a su muerte: ¡una escultura! Ese será su homenaje, como a Hachikó el famoso perro japonés

Por fortuna falta mucho tiempo, ya que por ahora goza de cabal salud, pero ya está decidido. Solo faltan los detalles, habrá que definir, otra vez en democrática asamblea, el lugar en “su patio” en dónde la colocaremos, y el material (oro de 18 quilates, la más fina madera, o si nos alcanza, pues, de mármol de Carrara).

Ya juzgarán ustedes, mis amigos, si este plan es viable o si es solo una manifestación más de los desvaríos surrealistas que van produciendo este encierro interminable.

 A propósito, ¿En qué año estamos?

CATARSIS

Por Ernesto Parga

 

            “Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”   Groucho Marx

Es indudable que una labor de primer orden entre aquellos que nos quieren es la de protegernos siempre. Aconsejarnos cuando con intención o sin ella nos acercamos a algo que pudiera ser dañino para nosotros; decirnos frente al peligro, sin importar la naturaleza que este tenga, -allí no hay nada bueno para ti, no te metas en camisa de once varas, perderás la más por lo menos- y así, con similares reconvenciones, intentar que seamos juiciosos. Todos sabemos que hay lugares y acciones de los cuales más vale mantenerse alejado y no pretender introducirse ni siquiera con la noble intención de ayudar. No te metas de redentor porque saldrás crucificado decían en estos casos nuestros abuelos.

Pero aun con todo esto mencionado existe el riesgo de que torpemente algunos decidan seguir adelante, buscándole tres pies al gato, tal es mi caso, necio al fin, genio y figura. Aquí voy.

No sé en qué estén pesando. Pero a lo que yo me referiré es más arriesgado que lanzarse en parapente y padecer a la vez problemas cardíacos, más arriesgado que cruzar a pie los desiertos de Sonora y del Mojave juntos. Más peligroso es hoy, sin duda, hablar y escribir sobre…política, ya que no hay posibilidad de sobrevivencia.

Me prometí nunca escribir sobre política, en primer término, porque tengo tan poco que decir, hay tantos a quienes yo leo que lo hacen tan correctamente aquí en este mismo medio Informativo.  Siempre se nos ha dicho que con, la familia, en el trabajo o con los amigos más vale no hablar de política, de religión y de futbol. A veces pienso que el futbol e incluso la religión parecen palidecer ante el poder de polarización y de generación de odio que tiene la política en nuestros días.

De cualquier manera, aquí voy, sin ningún afán, solo por necesidad, no quiero aportar nada al debate, no pretendo enseñar a los que no saben, ni corregir al amigo que se ha vuelto, ingenuamente, adepto o adicto a tal o cual movimiento de esos de: “Ahora si esta es la real acción revolucionaria y trasformadora”. Ni siquiera deseo mostrar, desde otro ángulo, no visto por nadie, mi visión de las cosas, porque creo que, en esto, no hay nada nuevo bajo el sol.

Hoy solo quiero sacar, en catarsis liberadora, lo que me pudre, solo eso, purificarme, purgarme. Pido perdón por usar este espacio para tan egoístas pretensiones.

Pienso que todo hombre cuenta con mecanismos de depuración para de alguna manera ir “sudando” toda aquello que le enferma, creo que es la humana vía para mantener el equilibrio emocional, sin embargo, hoy parece que esta función natural se atrofia ante la inmisericorde exposición a lo político que todos sufrimos a través de las “benditas redes” y por la creciente polarización que estas producen. Sin exagerar desayunamos, comemos y cenamos política y es esta tan mala y deplorable que la indigestión sobreviene necesariamente, haciendo urgente otra vía de sanidad. Sanar por expulsión provocada.  Esto es lo que pretendo y solo por eso es por lo que rondo hoy los pútridos confines de lo político. Que Dios me agarre confesado y me permita conservar algún amigo.

Suele decir mi estimado, Jorge Chávez, que hoy vivimos un gatopardismo político, expresión que significa que todo debe cambiar para seguir igual, no comparto totalmente esta ideal porque creo que en la política mexicana todo efectivamente cambia, pero para ser cada vez peor. Cada sexenio y cada trienio comprobamos asombrados que es posible estar peor que antes.

Es tan deleznable la política, que en nuestro país se ha vuelto rutinario que los partidos políticos se nieguen a sí mismos (a quien le importa una traición más) y se presenten ante el electorado con retorcidos argumentos retóricos como –somos un partido conformado por el pueblo no por políticos, – otro eslogan que recuerdo decía: –vota por nuestro partido, ayúdanos a sacar a los políticos del gobierno. ¡Vaya cinismo!

¡Convicciones, principios y esos qué son, con qué se comen!

En un triste panorama de trinquetes, traiciones, golpes bajos y fuego amigo, pan de cada día en la política mexicana, sin poder creerlo, vemos como cotidianamente se politiza lo que uno supondría que no debería ser politizado, las medicinas para los niños con cáncer, la muerte de Geovanny López, o el escandaloso conteo de los decesos por la enfermedad del virus del Covid-19. Para nuestros políticos no hay “paz ni tregua de Dios” ante la posibilidad de ganar una elección ya que al parecer   un solo voto “bien vale una misa”; así sea con el diablo. Todo lo alcanza la fétida y purulenta mano de la política.

En el desfile de “impolutos” especímenes de nuestra pérfida galería de políticos (que no son según ellos sino humildes servidores a quienes mueve un incontrolable y casi místico deseo de servir a la justicia, a la libertad y a la democracia), podemos observar entre otros muchos a:

-Un prometedor joven azul con mucho talento, pero mayor más ambición, que prefirió en su camino al poder, talar el bosque de camaradas correligionarios antes de ceder un milímetro en sus aspiraciones.

Un niño verde que de verde solo tiene su inmadurez y que sería capaz de vender el Cañón del Sumidero a cambio de tres votos

Y una caterva de maduritos guindas que antes fueron tricolores, o verdes o azules y que han mutado de otrora encendidos opositores a comparsas con insospechada vocación de floreros.

Y unos, ya muy pocos, deslavados tricolores que buscan un nuevo y desesperado acomodo en el tren de la patria del que fueron expulsados.  No creo que sea necesaria la aclaración, pero desde luego que a estos patriotas tricolores no les importa el destino del tren que ya lo único que cuenta es montarse rápido antes que la historia les olvide.

Suficiente.  Ha terminado la catarsis, no vaya a salir peor el remedio que la enfermedad.

07/junio/2020

DOS PUEBLOS, DOS INCENDIOS, UNA VIDA.

Por Ernesto Parga Limón

“Nadie se va del todo siempre y de algún modo algún trocito quedará, de su alegría, de su nostalgia, de aquella luz que había en su mirar y la verdad que había en sus palabras”.                                                                                                              Sergio Esquivel (canción popular)

 

Llegó del sur ya que el destino, que no siempre sabe de querencias, lo lanzó allá, “pal norte”, con una interrogación en la cabeza y otra más en su contrito y solitario corazón.

Mantuvo siempre, como el viejo tango El corazón mirando al sur, porque allá habían quedado todos sus amores.  Honró con su trabajo honesto y su infatigable esfuerzo al solar que le acogía; la antigua Villa del Refugio, la que nunca se deja ganar en hospitalidad, generosa porción del suelo patrio, que da, a orillas del Río Bravo, un sueño nuevo a todo sueño cancelado.

Así era él, vida vivida para desvivirse por los suyos: sus hermanas, sus padres, su esposa, sus hijos y sus nietos. Su larga vida consistió sistemáticamente en hacerse a un lado para que, por él, otros fueran felices. –Siéntate a mi lado y serás felizsolía repetir casi como un estribillo de poética canción de cuna.

Alguna vez leí que la verdadera descripción de amor se encierra en esta expresión: En el amor uno no cuenta. Y ese fue su credo. Así era él.

 Recuerdo ahora la parábola de los dos hermanos, que ante la pregunta que se le hace   al niño mayor que ha subido la ladera escarpada con su hermanito a horcajadas sobre su cuello -¿No te cansas? responde, dibujando una sonrisa en su rostro fatigado. -No me pesa, es mi hermano-. Así era él.

La tierra de Agustín Yáñez le vio nacer, aquel “pueblo de mujeres enlutadas”, de imponente parroquia de cantera, de exquisitas arcadas delineadas con maestría por artesanos que aman su añejo oficio de cantero, pueblo de chile de árbol, de picones , de papas en vinagre  y de domingos de “jardín” en que la música ambiental se confundía con los vocingleros  piropos lanzados por los hombres  a las bellas  alteñas de ojazos tapatíos,  y con el tronar de los tostados cacahuates  que  van amontonando su cascara en la acera ante la mirada amenazante del barrendero que empuña su enorme escoba de popotes.

 Y fue un día que fiel a su costumbre de ayudar, él, siendo el responsable de la pequeña terminal, ante la falta de choferes, toma el volante de un viejo autobús, y como siempre se cumple la conseja popular de que en los bienes y en los quehaceres ajenos cae la desgracia, esto exactamente sucedió, un pasajero llevaba gasolina y otro fumaba, las llamas se esparcieron raudas abrasando a su paso fierros y personas.

 Y perdió todo, todo se le arrebató al hacérsele responsable. Y tuvo que salir, buscando nuevos horizontes, dejando por allá jirones de su alma. Aquel suceso le dejó cicatrices en la frente, en ambos brazos y en la mente que lo acompañaron a lo largo de su vida.

En las calles del centro en los 50s, fue un matamorense más, aunque seguía su corazón mirando al sur. En la calle Ocho con circulación de sur a norte, entre paleteros y paletas, entre fritos y friteros pasó sus días y muchos de sus años.

La Capilla que era en aquella época aun un barrio familiar, fue su espacio vital para combatir las añoranzas hijas de su soledad acumulada.  Recorría la calle 10 y cumplía su precepto dominical en la iglesia del Sagrado Corazón que edificó el recordado Padre Ornelas, justo al lado del Mercado Quintanilla. La Capilla cuna del guayín, mágica cura de la cruda de beodos amanecidos, favorito de obreros, de estudiantes sin fondos que haciéndose la pinta compartían mesa, en ecuménico convite, con jubilados, con vendedores de cachitos de lotería o con chicas de galante vida, todos ellos visitantes asiduos de La Jarochita, El Victoria, El Deportivo, El Buen Gusto y otras loncherías de idéntico formato.

Y la marquesina del cine Alameda anunciaba la doble función de películas del Santo, mientras que los luchadores locales intentaban, justo al lado, emular sus piruetas en el Auditorio Matamoros aquel mismo que infatigablemente prometía en su estentóreo sonido publicitario “Munchas, pero munchas emociones”. Y el santo, vivificante y ancestral olor a café recién tostado del expendio “La Cordobesa” inundaba toda la placita, y se metía hasta la médula en cada uno de sus desocupados transeúntes.

Pasaron los años y el norte le sentó de maravilla, reunió de nuevo a su familia y prosperó dándole a sus hijos pan, carrera, y con su ejemplo, el impagable regalo de vivir con la frente en alto. Así era él.

Y acrisoló en su vida lo mejor de ambos mundos, la cultura del esfuerzo tan propia de estos pueblos, aprendida en parte, de tantos “árabes y libaneses” asentados por los “nortes” de la patria, pero conservando, al mismo también, las costumbres propias del occidente mexicano. El negocio cerraba sus puertas de 2 a 4 de la tarde para comer en familia, igual que en el pueblo alteño de sus recuerdos. Y se comía y se hacía familia a la de antes, no solo por el hambre, sino en celebración al hecho de estar juntos. El padre ocupaba el lugar de honor y aunque dispuesto lo cedía, la madre obstinadamente lo impedía con la misma tajante admonición, -Ya saben que es el lugar de su papá- y el anhelo de ocupar la silla renacía al día siguiente con idéntico resultado.

Y sucedió de nuevo, el fuego apareció y arrasó con la única fuente de sustento, el comercio en el que tanto se esforzó sucumbió al implacable ataque de las llamas, y ahora ya, con 60 sobre sus espaldas y muchos deberes familiares por cumplir, el destino aciago lo golpeaba nuevamente. Pero el fuego solo espoleó al gigante del amor, sacudida la tristeza, despertó de nuevo y luchó y se aseguró una vez más, que por él todos fueran felices. Y resultó más fácil levantarse ya que ahora los suyos estaban a su lado, esta vez no había ni norte ni sur, estaba situado en el mejor de los puntos cardinales, en el epicentro mismo del amor genuino; su familia, que siempre dio rumbo a su existencia. Así era él.

Y otro día, cumplida la tarea, se fue sin irse, se fue tras la Rosa marchita que prometió cuidar eternamente, pero que el destino que no sabe de querencias, meses antes le había arrebatado. Se fue sin irse.  Se quedó, como se quedan aquellos que descifraron en su vida la clave grande del amor: Uno no cuenta.

20/mayo/2020-