EN LA EDUCACIÓN… ¿CALIDAD O CANTIDAD?

Por Ernesto Parga

Durante muchos años he impartido cursos y conferencias referentes a la educación de los hijos y en general a temas de familia y valores. De manera muy frecuente surge entre los participantes la necesidad de compartir su teoría acerca del “tiempo de calidad”, como una herramienta positiva para dar amor, para compartir y hacer migrar creencias y saberes de padres a hijos. En la explicación que repetidamente he escuchado, y que nunca pude cabalmente entender, se opone, por sus ventajas educativas, el “tiempo de calidad” al tiempo de cantidad. Algo así como: 5 minutos mágicos de amor, versus un día entero de vivir juntos sin propósito ni intencionalidad educativa. 

Sigo sin entender por qué, si 5 minutos de calidad son buenos, no serán aun mejores, 6, o 7 o 60 minutos. Creo que la ecuación adolece de falta de equidad, ya que enfrenta deliberadamente lo óptimo de una parte contra lo pésimo de la otra, así que el resultado está cantado, pues los dados están cargados.

Así las cosas, creo que podemos argumentar algunas ideas juntos y plantearnos algunas preguntas, buscando una mejor comprensión del tema que nos ocupa.

Recuerdo que mi abuela decía, -quién pichicatea su tiempo a los que ama, ni sabe amar ni es capaz de dar nada más, y agregaba con vehemencia, -en el amor no hay que ser cuentachiles, porque amar es tiempo.

Así entonces, a mí el supuesto debate entre los tiempos (de calidad y cantidad) me parece falaz y artificioso; ya que pienso que la única cualidad en el tiempo entre los que se aman es precisamente, ser en todo momento, tiempo de calidad… no hay otro. Cualquier otra forma de comunicación y convivencia entre las personas, es un defecto grosero que ha de corregirse de inmediato.

La experiencia nos enseña que quien recibe calidad, quiere más porque necesita más, porque ese más le hace bien.

 Aquí algunos sencillos ejemplos que nos ayuden a entender:

1.-Todos, en algún momento de nuestra historia, hemos jugado  con nuestros hijos al avioncito, cargándolos en volandas, tomándolos de una mano y de un pie y  haciéndolos  girar, la experiencia común nos indica que todos los hijos, en cuanto adivinan que el vuelo va disminuyendo en su velocidad, dirán, antes de tocar suelo; -otra vuelta papá, otra vuelta-, porque lo que les interesa no es la calidad de la vuelta o su perfección, sino  que se estire el tiempo que pasan jugando con su padre o con su madre, y con ello; el inenarrable gozo de sentirse querido.

2.- Todos, de igual manera, hemos contado cuentos a nuestros hijos o sobrinos, y hemos visto que en cuanto los pequeños intuyen que la historia se perfila a su final, con firmeza nos piden, -otro cuento papá, otro cuento-, porque lo que importa no es el cuento en sí, sino el contador y su venturosa cercanía afectiva que tanto bien les prodiga.

3.- Si vamos a un restaurante a comer, nos parecería extraño que nos presentaran en el platillo una minúscula y ridícula porción de aquello que pedimos, no aceptaríamos las explicaciones del establecimiento; que arguyendo calidad nos presenta tan poca cantidad, seguramente le diríamos, la calidad la esperábamos por eso optamos por este restaurante, también exigimos cantidad. Con los hijos pasa exactamente igual; esperan calidad, porque merecen calidad… dada en cantidad.

Por estas razones considero que lejos de ser el “tiempo de calidad” una posibilidad concentrada de bondades; es en realidad una fuga de responsabilidad y una pérdida de oportunidades entre aquellos que no saben amar.

La vida actual con su loca y desaforada carrera hacia ninguna parte, es una tirana que se ha llevado lo mejor de nosotros, nos ha robado, por ejemplo,  la posibilidad de comer juntos y con ello, esa sobremesa en donde padres e hijos departían y crecía juntos, nos ha robado horas de traslado inmisericorde en el tránsito de la casa al trabajo y del trabajo a casa, nos ha robado a cambio de nada… nuestro tiempo; recordemos ese esclarecedor adagio:

“Oro perdido, nada perdido, tiempo perdido, todo perdido”, tratándose del tiempo de los hijos, tratándose del tiempo en que podemos influir en su proyecto de vida abriendo horizontes con nuestra positiva influencia, carecer de tiempo es una verdadera tragedia.

La vida actual, también, con su rio caudaloso de distractores que nos hacen perder el foco, nos confunde llevándose el oro de la convivencia y del diálogo profundo a cambio de las luces sobre una pantalla. Pésimo trueque. 

Por eso la vida moderna nos reclama ser unos apasionados gambusinos del tiempo. Los padres inteligentes no hacen caso solo de la calidad, no caen en esa trampa, ya que entienden que esta debe darse por descontado, buscan en todo momento incrementar el tiempo que pasan con los suyos, y escarbando por acá y por allá rescatan, poco a poco, espacios que suman a su proyecto de familia.

Entendamos, con Péguy, que todo parece estar en contra de los padres de familia que deberán nadar siempre contracorriente. Pero que cuentan con el tiempo como su gran recurso educativo, tanto como sea posible. Tiempo que han de entregar, sin escatimar, con la generosidad propia de quien sabe amar.

Sólo hay un aventurero en el mundo, como puede verse con diáfana claridad en el mundo moderno: el padre de familia. Los aventureros más desesperados son nada en comparación con él. Todo en el mundo moderno está organizado contra ese loco, ese imprudente, ese visionario osado, ese varón audaz que hasta se atreve en su increíble osadía a tener mujer y familia. Todo está en contra de ese hombre que se arriesga a fundar una familia. Todo está en contra suya. Salvajemente organizado en contra suya…

Charles Peguy

REFLEXIONES EN TORNO A JUAN P.

                                                                                                                                               Por Ernesto Parga Limón

Juan P. llegó exultante, emocionado, traspirando esperanza; al ver mi poco entusiasmo se sintió juzgado y quiso justificarse diciéndome. –Hubieras ido, ahora que lo tuvimos acá en nuestra ciudad, yo estoy seguro de que, si un día estás cerca de él, como yo he tenido oportunidad de estarlo, cambiará tu manera de pensar y todas esas reservas que tienes en contra de su proyecto de transformación se desvanecerán-. Al no conseguir la respuesta que de mí esperaba, decidió muy molesto, retirarse. Yo me quedé preocupado y pensativo, ya que lo aprecio. Mis reflexiones caminaron por los senderos que ahora te comento:

Debo empezar por  aclarar que yo no lo he juzgado, ni en ese momento ni nunca, por la sencilla razón que yo, como la inmensa mayoría de los mexicanos, alguna vez estuve en la misma situación de arrobamiento por tal o cual figura política, como ahora lo está Juan P., así que lo que siento es una profunda empatía, porque entiendo que el fervor de Juan P., nace de la noble ilusión y el genuino derecho de tener una patria digna, y un mejor futuro  para sus hijos.

Lo que me enfada es la poca memoria de Juan P., de verdad que no entiendo cómo es que recurrentemente vuelve con su esperanza, que renace y de nueva cuenta levanta el vuelo una vez que ha sacudido su manchado plumaje, como quien pone bajo el tapete el polvo para ocultarlo.

La poca memoria de Juan P.

Insisto en que no lo juzgo, es importante para mi que se sepa que mi actitud es sincera y no una pretendida superioridad ante lo que consideraría, una inocentada de Juan P.

 Yo mismo, en el lejano 2000 esperé y creí que el de las botas acabaría con las lacras de este país, pisoteando víboras prietas y tepocatas, yo fui, entonces, Juan P., y las víboras que más que víboras resultaron dinosaurios, encontraron espacio y siguen vivitas y coleando. Y no es que yo no busque una mejor patria y que me niegue a la esperanza de un futuro mejor, no es eso, se lo he dicho repetidas veces a Juan P. y ahora te lo digo a ti mi amigo. Yo sé de cierto que el cambio no vendrá por esa vía, la de los políticos, que siendo los mismos y haciendo lo mismo, se declaran diferentes. Antes el epíteto descalificador salía de la derecha; hoy sale de la izquierda; antes tepocatas ahora conservas, es lo mismo y son lo mismo.

Y Juan P. no me dejará mentir, recuerdo la vez en que su esperanza estaba en otro color, con aquel que, con una pirámide bajo su sombrero norteño, pronunciaba mantras y prometía rumbo nuevo, para darnos un mundo nuevo, en esa ocasión también intenté ponerlo a pensar; pero seriamente me espetó un contundente; -es que no lo has visto a los ojos-. Así sigue creyendo Juan P.

Hace muy pocos años, en una ciudad a orillas del Rio Bravo, muchos como Juan P., creyeron en el hermano del gemelo, llevando al triunfo al partido tricolor con una votación abrumadora que aún no se supera por ningún otro candidato. Pero Juan P. ya olvidó en donde estaba, entonces, su esperanza, y olvidó también que a pesar de tanto fervor ciudadano el desencanto fue mayúsculo. 

Quisiera ser un mago de las palabras y de las ideas para ordenarlas de tal forma que me ayudaran a evitar otra desilusión en Juan P., porque creo que no resiste una más y eso me llena de temor. Tanto va el cántaro al agua que termina por hacerlo estallar. Cuando veo tanta sincera, excitada, apasionada pero errada simpatía por el autor de la promesa en turno, no puedo dejar de pensar en la conocida frase de una sabia canción popular: “Entre más alto volamos nos duele más la caída”. He utilizado la palabra errada con toda conciencia, ya que no hay un solo dato en la realidad pasada o presente que nos indique que estamos ante otra forma de hacer política, nada, absolutamente nada. Y a pesar de eso no solo renace la sexenal esperanza, sino que ahora toma ribetes de paroxismo religioso y de culto a la personalidad francamente inconcebibles para estos tiempos.

Quiero también decir, honrando la buena intención de Juan P., y en su descargo, que esta actitud suya, noble pero crédula, espero no ofender, no es privativa de México, los políticos que se dice no políticos, esos reformadores “estáticos”, pululan por todas partes, y se llamen como se llamen son solamente eso; políticos. Igualitos todos, con pretensión de eternidad y sintiéndose merecedores de un lugar en el panteón de su patria.

Lo que quisiera explicarle a Juan P. y a quienes piensan como él es:  que la trampa de los políticos (con la sola intención de manipularla) está en dotar a la mayoría de una supuesta sabiduría e infalibilidad (la gente es buena y no se equivoca). La muchedumbre erró condenando al Cristo hijo del Dios verdadero, la muchedumbre erró cuando siguió a su Führer en sus demenciales pretensiones.

Cuando se trata de sabiduría y de bondad de la persona, no hay plural posible que me acoja, el término “la gente” utilizado así, no tiene ninguna significación, solo existe la sabiduría y la bondad individualmente conquistadas, trabajadas con ahínco.

La verdadera responsabilidad política para hacer patria consiste en participar en la elaboración de leyes que aten de manos a los políticos, para que a pesar de sus megalómanos proyectos queden siempre constreñidos por el peso de la ley y por el equilibrio de poderes.

Hasta aquí llego con estas reflexiones en torno al noble equívoco de Juan P.

Por cierto, por si lo estás intuyendo, te confirmo que el apellido de Juan es; Pueblo. 

BUSCANDO LA VERDAD

Por Ernesto Parga

“La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”.

Antonio Machado

No existe la verdad única; nadie es poseedor de la verdad absoluta. Escuchamos y leemos cada vez más frecuentemente este enunciado, cada día más personas lo utilizan en sus conversaciones casuales, en sus ponencias de trabajo, en programas de opinión política, cultural, científica etc.

Si aquí terminara mi artículo seguramente recibiría muchos comentarios, diciéndome que están muy de acuerdo con lo que se expuso.

 Pero… ¿Es esto así?  ¿Es verdadero este enfoque de la realidad? ¿Es un severo error esta manera de entender la realidad con consecuencias que ni siquiera podemos imaginar? ¿Hay aún espacio para que se debata este aserto o es un asunto concluido por mayoritaria decisión?

Yo pienso que el debate es tremendamente actual, aunque a veces nos quieran convencer de que es tema superado. Creo que es el eje mismo de la historia del pensamiento humano.  La contienda se puede traducir a estos términos.

1.- Existen verdades diáfanas, claras y evidentes ante las cuales no queda otra opción inteligente que descubrirlas, aceptarlas y, además, como consecuencia ordenar nuestra vida de acuerdo con el rotundo poder de su veracidad iluminadora, o…  

2.-Todo depende, según el poema de Campoamor, de quién observe la realidad en cuestión: «Y es que en el mundo traidor / nada hay verdad ni mentira: / todo es según el color / del cristal con que se mira»

La primera posición piensa que cada manifestación de la realidad tiene su verdad y que la vocación de la inteligencia humana es llegar a conocer esa verdad incuestionable, para no vivir en el error. ¡Qué tragedia supone equivocarse sobre la verdad de la vida!

La segunda posición siente que la verdad es relativa a cada sujeto, que lo que para uno es, puede no serlo para otro, es decir, que cada uno puede tener su propia verdad y que hay tantas formas de entender esa parte de la realidad, como sujetos hay.

 El asunto está muy lejos de ser trivial, más allá de las “libertades” que supone la segunda opción para creer lo que nos dé la gana y opinar a contentillo de todo lo que nos apetezca, supone, en la práctica, un montón de problemas:

¿Tiene alguna razón la enseñanza si todo es opinable y cada uno tiene su propia verdad?

¿Qué puede, así, enseñar un maestro o un padre de familia si todo depende del sujeto al que va dirigida la enseñanza y al color del cristal con que se quiera mirar; y no de la verdad del conocimiento que se intenta trasmitir?

¿Pueden dos personas que observan el mismo objeto pensar diferente sobre lo que el objeto es y tener ambas la verdad o la razón?

Evidentemente quienes pensaron que la tierra era plana se equivocaron, por mas que fueran muchos, por la simple y sencilla razón de que es una verdad inobjetable, el hecho real de que la tierra no es plana. Nadie que debata juiciosamente puede defender la postura de que la rueda, no le parece que sea redonda; Por la misma incontestable razón de que la redondez de la rueda es una verdad absoluta, que no admite opiniones en el sentido de que a alguien le parezca cuadrada o triangular.

Todos moriremos, todos somos producto de la unión de un gameto masculino y uno femenino (incluso en un laboratorio). ¿es esto opinable?, o ¿son verdades absolutas?

Lo opinable opera en lo accidental; ¿es verde oliva, ese árbol, o verde pálido?, pero no en lo esencial, no se puede cuestionar si es árbol o no, cualquiera que sea la opinión no altera la verdad del árbol, ya que esa verdad existe con plena independencia y soberanía de lo que piense el sujeto acerca de esa realidad.

Puedo opinar que no me gusta tal mujer, su pelo, su vestido; es mi derecho. Pero no puedo negar el valor intrínseco de la mujer, de cada una de todas, derivado de su condición de ser humano. No todo es opinable, hay realidades que gritan su verdad y antes las cuales solo resta la humildad del descubridor que se maravilla ante su hallazgo.

Es muy extraña la ciega obediencia a las verdades de la técnica, nadie maneja de reversa yendo hacia adelante, nadie brinca para abajo cuando pretende alcanzar algo que pende sobre sí. Pero tratándose de verdades morales y éticas, aquellas cuya aceptación nos compromete, nos obliga a actuar en función de su revelación, ahí entonces todo se relativiza se niegan la naturaleza, la física y la química, se desconoce toda evidencia y se coloca todo en el territorio de las preferencias y de las opiniones personales.

La opinión no es verdad, es un mero parecer. Se puede opinar, pero no todo es opinable.

La verdad no se crea, se descubre.  No está en el sujeto, este debe salir a su encuentro en la múltiple manifestación de la realidad que lo circunda.

Se opina sobre el inicio de la vida, sobre el estatuto de independencia del embrión al que se quiere hacer pasar como parte del cuerpo de la madre, aun a pesar de la clara evidencia científica en contra. Dos células que se convierten en cuatro, cuatro en ocho, de ahí en un corazón que late y uno brotes que serán brazos, que si les deja desarrollarse algún día abrazarán con fuerza. ¿De verdad tenemos duda de que ahí hay vida?

Se proclama como diosa, siempre sabia, a la madre tierra y se venera su recóndito lenguaje como evangelio, al tiempo que se juzga de torpe y errónea a la misma naturaleza cuando “tontamente” reparte cuerpos que no corresponden a los pareceres de sus portadores, (vivo en el cuerpo equivocado y demás desconexiones de la propia identidad).  No veo que se utilice la misma regla.

Algunas causas del error, nos dice Carlos Llano, son el egoísmo, la preponderancia de los propios intereses, y la persistencia de prejuicios.

Y el más importante remedio para el error que nubla la verdad, según el mismo autor, es la objetividad que supone la desaparición de yo necio y empecinado, para dar paso a la humildad, que es punto de partida de todo saber.

  –Tu verdad? No, la Verdad, /y ven conmigo a buscarla, /La tuya, guárdatela. – Nos dice Antonio Machado

Y si nos desnudamos de ideologías, de puntos de vista, y dejamos que brille su luz meridiana y esclarecedora. Porque lo que nos hará libres es la verdad y no nuestro parecer.

¡ADÓNDE VAMOS TAN DE PRISA!

Por Ernesto Parga Limón

“Si el semblante de la virtud pudiera verse, enamoraría a todos.”

Platón

Cuesta subir la cuesta… cantaba el eslogan de un programa de televisión, quizá lo único bueno del mismo.

En el mismo sentido nos decía Antony Quinn en un antiguo comercial de “Brandy Viejo Vergel” -si las cosas que valen la pena se hicieran fácilmente cualquiera las haría- ¿lo recuerdas?

Si a la cuesta la concebimos, no como el camino al éxito económico o a la fama, sino como la personal andadura en busca del desarrollo y del crecimiento humano; y si el costo lo entendemos como esfuerzo, entrega y dedicación tendremos una fórmula para la felicidad más que probada en la historia.

Ya en la Grecia clásica, el célebre maestro de Alejandro Magno, el estagirita Aristóteles, explicaba su teoría de la virtud a sus contemporáneos y sin saberlo, a tantas generaciones, tantas que sus enseñanzas alcanzan hasta nuestros días.

La virtud según su etimología vis es (fuerza), fuerza de voluntad al servicio de la consecución de un objetivo, empeño en la repetición de un valor; por ejemplo, la lealtad, hasta que esta se vuelva hábito. Ese hábito una vez conseguido es un valor encarnado, casi como una segunda naturaleza nos dice el mismo Aristóteles.

“Como una segunda naturaleza” significa que, una vez incorporado este hábito a nuestras vidas, ya actuaremos siempre, o casi siempre, en el mismo sentido. Seguramente te ha pasado que no puedes comer en una mesa sucia, esto se debe a que el hábito de la limpieza está tan arraigado en tu persona que no te permite ya actuar de otra manera. Las personas veraces siempre dicen que no pueden mentir, esa es la idea que se quiere comunicar.

En términos muy sencillos, se abandona el vicio de conducta y se adquiere la virtud que se le opone. Se es desordenado por repetición de actos en ese sentido, se dejará de serlo por repetición de actos tendientes al orden.

Esto funciona por igual para la adquisición de destrezas físicas, artísticas o hábitos morales; correr un maratón, tocar la Balada para Adelina, o ser fiel a los principios, no se consiguen con solo desearlo, es menester poner alma, vida y corazón.

Especialmente difícil resulta la adquisición de virtudes morales tales como, la fidelidad, la honradez, la laboriosidad, la paciencia, la prudencia, la justicia y la templanza entre otras, ya que supone, como vengo diciendo, el abandono de hábitos contrarios muy arraigados; que difícil es dejar de ser infiel, tramposo, flojo, impaciente, imprudente, injusto, destemplado cuando se está acostumbrado a serlo.

Y que terrible resulta la convivencia con personas que tienen estos vicios de carácter y que, además, no hacen nada por erradicaros muy al estilo de -así soy y qué, quien me quiera me ha de querer así, sin pretender cambiarme- Crónica de un fracaso anunciado.

En cambio, es no solo fácil y agradable sino incluso gozoso, vivir al lado de quien va, por amor, empeñado en ser mejor, adquiriendo mejores hábitos. Recuerdo aquella canción popular: Andando de tu mano que fácil es la vida, andando de tu mano el mundo es ideal. La mejor descripción del amor que conozco es esta: Amar es hacerle la vida amable a quien amas.

Así pues, esto solamente ocurre cuando hay una motivación muy poderosa que nos empuje a querer ser mejores, que nos dé la fuerza de voluntad para conseguir lo que cuesta, lo que no es sencillo de alcanzar. Esa motivación no es otra que el amor, motor que todo lo mueve. Repito, solo en la plena conciencia de que es deber, de todo ser humano, mejorar para su amado, es que se abandonan vicios y defectos de carácter. Solo en el conocimiento de la profunda verdad, de que el amado merece la mejor versión de quien dice amarlo, es que se vence a si mismo, se doblega la apatía y se conquista para el otro la virtud. Porque en el amor uno no cuenta, cuenta el otro.  

La puerta de la felicidad está sostenida con las bisagras de las virtudes, esa puerta se abre hacia afuera, reza un sabio proverbio oriental. Hacia fuera de mí mismo, en donde está el ancho campo del servicio a los demás (esposa, hijos, hermanos, alumnos, amigos).

Eso es lo que ofrecen el hombre y la mujer a quienes aman… su madurez. Que complicado de entender resulta el amor que no ofrece como prenda su propia mejora.

Esa mejora que cuesta, en tiempo y en esfuerzo, es tarea de toda la vida, es mejoramiento paulatino. Se puede definir la madurez, según el profesor David Isaacs, como: el desarrollo armónico de todas las virtudes humanas.

Sin embargo, hoy tenemos una forma de vida que huye del esfuerzo y que privilegia la velocidad y la instantaneidad, un auténtico y desbocado frenesí de prisa por vivir. No hay lugar para la pausa y el sosiego, los frutos así entonces son raquíticos y anémicos, como a medio hacerse. Este adagio es contundente… lo mejor lleva su tiempo.

El mayor problema de esta moderna forma de vivir es que, equivocadamente, supone que el esfuerzo es siempre pesado y oneroso para quien lo ejecuta, por eso intenta evitarlo a como de lugar. En contradicción con  esta errónea idea todos entendemos que muchas veces, lo mejor de la meta está en el camino andado. Nuestros abuelos solían decir, que lo mejor del domingo… está en el sábado. En esa gozosa víspera que anticipa el dulce sabor de las cosas que vendrán, la madre disfruta a plenitud el desarrollo de la vida que acoge en su vientre por nueve meses en emocionada espera.

La gozosa vispera que anticipa...

Esperar y esforzarse no son nunca infructuosos son, sin duda, la condición para que lo que se alcance sea bueno y sea apreciado no solo porque es, sino también por lo que costó.  

¡Adónde vamos tan de prisa!, si la luna espera paciente todo el día…esperar merece la pena.