EL FORMIDABLE ENCUENTRO DE DOS MUNDOS

Por Ernesto parga Limón

El 13 de agosto de 1521,

Heroícamente defendido por Cuauhtémoc
cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés,
no fue triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy“.

La anterior cita se puede leer en una placa colocada frente a la iglesia de Santiago en la zona arqueológica de Tlatelolco, último reducto de los mexicas antes de su caída.

Eduardo Matos Moctezuma, director desde su fundación, del gran proyecto de recuperación arqueológica del Templo Mayor y una verdadera autoridad en la materia, descendiente, además, de Moctezuma el emperador Azteca, dice que esta frase encierra en síntesis la verdad, no solo de lo ocurrido en la caída de Tenochtitlan sino en buena medida en la conquista en general.

Matos Moctezuma ha desarrollado, como resultado de una vida entera dedicada al estudio de este fenómeno, su propia visión acerca de las causas que motivaron el fin de los mexicas:

Causas psicológicas, económicas, militares y de salud.

Es decir, una combinación de factores que desembocaron en el sitio de la ciudad y su caída el día de San Hipólito, el 13 de agosto del año 1521, tras tres meses de cruentísimas batallas. Solo la suma de estos factores pudo hacer posible que, una de las ciudades más grandes del mundo en ese momento, de más de 150,000 habitantes, sucumbiera ante el reducido contingente español que no sobrepasaba los 700 soldados.

Algunos eventos sucedidos fueron interpretados como funestos augurios: un cometa, incendios sin aparente razón, el mito del regreso de Quetzalcóatl y de la Llorona, entre otras causas psicológicas.  El hartazgo de las ciudades tributarias de los aztecas que se aliaron con Cortés, el genio innegable y la astucia de este para aprovechar ese descontento, la vulnerabilidad de las defensas de la ciudad lacustre, la diferencia en la efectividad de los armamentos y las estrategias militares,  las pandemias ocasionadas por nuevas enfermedades, como la viruela, que diezmaron a la población de los naturales entre otras causas; dieron pie a la tormenta perfecta en contra de la ciudad asentada en el Lago de Texcoco.

La gran ciudad de Tenochtitlan, a juzgar por el testimonio de los propios invasores, fue con seguridad una de las ciudades más bellas que jamás haya existido, un verdadero portento de ingeniería, la imponente Venecia del nuevo mundo, la llamaron. Una urbe palaciega con una intrincada red de canales y calzadas. La caída de Tenochtitlan propició una de las gestas históricas más importante de la historia toda, que definió no solo el destino de la naciente raza de mestizos mexicanos, sino el devenir de España a la que convirtió en dilatado e imponente imperio: un dominio en donde nunca se ocultaba el sol, según reconocida expresión de Felipe II.  

La historia entera de la humanidad no se entiende al margen de este señero acontecimiento, obra del innegable genio español para conquistar la ingente tierra y sobre ella fundar pueblos y ciudades que son hoy naciones independientes nacidas de su esfuerzo colonizador; un mundo hoy de casi 500 millones de hispanohablantes.

Eso somos, esa es la herencia sublime que alimenta nuestro mestizaje, nuestra real identidad, un pueblo nacido del “encuentro de dos mundos” como solía decir el eminente maestro Don Miguel León Portilla.

Reducir este acontecimiento a la mera violencia abusiva de uno de los bandos (los españoles) es, o no entender nada, o intentar reescribir la historia con fines propagandísticos de una idea política y su consiguiente ganancia electorera.


Juzgar e identificar a los españoles solo como invasores y a los indios como un “nosotros” mancillado, es un disparate, juzgar y condenar con anacronismos convirtiendo y confundiendo el pasado con presente: “que ellos nos pidan perdón”, es también un despropósito.


Luces, muchas luces, hay en los dos bandos. Sombras, muchas sombras, hay en los dos bandos, naturaleza humana en guerra, cualquier narrativa maniqueísta que reparte lo bueno al idílico mundo prehispánico, y lo malo al carnicero y despiadado invasor no es menos que una manipulación tendenciosa que hace mucho daño y que ofende lo que somos: mestizos.

El notable historiador Fernando Benítez dice que: “entre las llamas que achicharraban a los herejes y los sacrificios humanos de los aztecas hay pocas diferencias”, frase que puede utilizarse a conveniencia, ya como recriminación, ya como “mea culpa”, pero que denota lo que aquí sostengo sobre las luces y las sombras de los protagonistas de este singular y épico acontecimiento.

La historia de los hechos ha sido contada por los dos bandos beligerantes, abundantes son las fuentes de conquistadores y de conquistados que narran excesos imperdonables e inhumana violencia por parte de sus opositores.  La sádica matanza de Texcoatl por Pedro de Alvarado o la captura y muerte en sacrificio ritual por parte de los Aztecas de hombres y mujeres europeos, indígenas taínos de las Antillas, indígenas tlaxcaltecas, totonacos y mayas, mestizos, mulatos (hijos de blanco y negra) y zambos (hijos de negro e indígena) que eran aliados que formaban parte de la comitiva de los españoles.

Que duro es para un niño convencerlo de escoger entre su padre y su madre, que injusto es inducirle a pensar que solo uno tiene la culpa y que el otro es una víctima de abusos, el niño sufre en ambos casos.

La historia solo sirve si proyecta un futuro mejor, si reconoce errores y manifiesta orgullo por sus logros. No, si solo sirve para lamentarse en los agravios recibidos.

No es sano concebirse como víctimas perpetuas que exigen perdón y suplican conmiseración, en nada ayuda.

No somos cerdo o maíz, somos pozole, somos ese río caudaloso que crece con los afluentes que lo alimentan, somos México, ni España sola, ni solo Tenochtitlan.  

Somos México mestizo, crisol de razas y encuentro bienaventurado de dos mundos.

3 comentarios en “EL FORMIDABLE ENCUENTRO DE DOS MUNDOS

  1. Jaime González

    Excelente expresión de la realidad vivida, debemos estar orgullosos de tener nuestra identidad meztiza, reconocerla, seguir obteniendo lo mejor de nuestra propia identidad, ¡Viva México! ¡Vivan los Mexicanos! Con X, somos meztizos.

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  2. Fernando E. Velasquez

    Mi estimado Ernesto, de verdad que este excelente -¿acaso esto sorprende a alguien?- artículo, El formidable encuentro de dos mundos ha causado polémica.

    Es 2021. El 1521 ya quedó muy, muy lejos; 500 (QUINIENTOS) años atrás.

    Y todavía hay quienes no han logrado superar y seguir adelante con esa nueva realidad que inició en esa ya muy lejana fecha: 13 de agosto de 1521.

    El excelente artículo, creo yo, tiene su tuétano en el inicio y el final.

    Sobre el inicio:

    13 de agosto de 1521.
    Heroicamente defendido por Cuauhtémoc cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota, fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.

    Sobre el final:

    “No somos cerdo ni maíz, somos pozole”.

    Sin embargo, una buena cantidad de personas -entre ellas, el quizá mayor auspiciador de la controversia (¡qué raro! Es un decir), quien se comporta como todo un munífico con los que se someten a él, y como todo un querulante con los que no, y especialmente en este tema- se niega a aceptar la realidad: Este es el México que tenemos, el México que nació y se desarrolló a través de 5 siglos… ¡Ya maduren! ¡Ya despierten! ¡Ya no le compren espejitos!

    El final de tu excelente artículo, “No somos cerdo o maíz, somos pozole” es, se podría decir el resumen de tu artículo como también del artículo que publicó Juan Miguel Zunzunegui sobre el mismo tema en el periódico Reforma el jueves 19 del presente: “Borren a España, destruyan a México”.

    Este es el México de hoy. Y a muchos, les queda una cosa por hacer: aceptarlo, y seguir adelante. Quien no lo quiera aceptar, o peor aún, decida no hacerlo… ni cómo ayudarlo.

    La violencia, no solo ha estado presente acompañando al ser humano, sino que continúa y continuará haciéndolo. Van de la mano por desgracia.

    Las atrocidades que los españoles cometieron contra los nativos en general después de la conquista, los mexicas las habían cometido contra los otros nativos antes. Y las de los mexicas superaron con creces a las de los españoles.

    No por nada los españoles pudieron juntar un ejército de 100,000 nativos sedientos de venganza contra los mexicas.

    Ni Hernán Cortés ni los 700 españoles derrotaron y conquistaron a los mexicas; fueron muchísimos enemigos hechos a través de muchísimos años los que los derrotaron… y Hernán Cortés se colgó la medallita de conquistador. Era un oportunista ansioso de gloria, de éxitos, de reconocimientos, de honores, de nombramientos, de riqueza, como todos y cada uno de los soldados que lo acompañaban. Él, que tonto no era, supo tejer la red que necesitaba para sacar al pez del agua, supo aprovechar la realidad del momento, supo explotar ese odio firme hacia los mexicas; solamente él y sus 700 hombres, jamás lo habrían logrado.

    Pero eso es Historia. Eso sucedió hace 500 años. ¡Ya supérenlo! ¡Sigan adelante! ¡Ya no compren más espejitos! ¡Ya no presten oídos a discursos con ponzoña, con intriga, divisorios, pútridos! ¿Es que 3 años no han sido suficientes para que despierten?

    Mejor estemos orgullosos de nuestro México mestizo actual, como por supuesto, también de nuestra Historia en general. Toda esa Historia nos trajo a este momento. ¡Vivamos nuestra Historia! ¡Disfrutémosla! ¡Honrémosla! Pero… NO nos quedemos en el PASADO.

    El PASADO ya murió; el PRESENTE lo mató.

    Saludos, Fernando E. Velasquez.

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