TIEMPOS DIFÍCILES

Por Ernesto Parga

“Amar, queriendo como en otro tiempo
Ignoraba yo aun que el tiempo es oro
Cuanto tiempo perdí, ay! cuanto tiempo.”

Renato Leduc

 

Indudablemente nuestros tiempos son tiempos difíciles: inseguridad galopante, descrédito de la política, epidemias, contaminación ambiental, aguda crispación y polarización social por temas raciales, de género, ofensiva disparidad económica entre países y entre personas, crisis religiosa y de fe. Tiempos en los que sentimos que hemos perdido el rumbo, navegando al garete en medio de la mar embravecida, sin norte ni faro y con el cielo encapotado sobre nuestras cabezas.

Creo que todos los hombres tenemos y hemos tenido, no solo en relación con la historia entera de la humanidad sino de nuestra personalísima historia de vida, la sensación de que todo tiempo pasado fue mejor.

Pudiéramos preguntarnos ¿Son estos realmente los tiempos más difíciles de la historia para ser felices, para vivir en armónica comunidad y para formar a nuestros hijos?  No lo sé. La historia nos enseña que en épocas pasadas los hombres se sintieron y vivieron, como nosotros ahora; desconcertados, experimentando vivamente su desazón en medio de los tiempos que consideraban los peores. Se atribuye a Cicerón decir hace 2000 mil años la frase siguiente “Estos son malos tiempos. Los hijos  han dejado de obedecer a los padres y todo el mundo escribe libros” Pudo esto escribirse hoy mismo.

Podemos, sin embargo, a la luz de la historia, entender que cada momento tiene sus crisis, unas obviamente hijas de su tiempo. algunas otras, las más, compartidas como compartida es la naturaleza humana.

Saber que esta angustia ha sido común a los hombres de todas las épocas, puede ser un alivio, para no desfallecer en el intento de vivir con entereza buscando aportar desde su concreta realidad todo lo que cada uno puede y debe aportar.

De la misma manera, también el ansia de felicidad y especialmente la de proveer de felicidad a los que se ama han estado siempre presentes entre los hombres.

Algunas veces pienso que la pregunta sobre cuál es peor de los tiempos es de cierta manera irrelevante, porque el único tiempo con consistencia para operar el proyecto de vida personal, profesional y familiar es el tiempo actual. Porque el pasado ya se fue y el futuro aún no llega.

Es, entonces, el presente con su doble carga de transitoriedad y permanencia simultánea, el que reclama radicalmente nuestra entrega, (hay mucho en el presente que se va, pero también mucho que se queda a hacerse historia y un poco… eternidad).  Ese presente habrá de ser entendido como el único tiempo con el que se cuenta, y como el campo donde cada uno ha de librar su batalla con la historia.

Es natural que cada uno situado y sitiado en su propia circunstancia: su actividad, su vocación, su profesión, sus obligaciones, confeccione sus dudas a manera de preguntas de calado hondo.

¿Qué debo hacer para no ser mero espectador de la historia?

¿Estoy a la altura del reclamo de los tiempos?

¿Soy desde mi omisión cómplice en este estado de cosas?

Quizá, gran parte del problema radica en imaginar que debemos hacer grandes gestas para cambiar el derrotero de las cosas. Me parece que la repuesta es más sencilla, pero a la vez más poderosa, al menos para la inmensa mayoría de las personas; aquellos que cotidiana, infatigable y anónimamente vivimos intentando ser felices y hacer felices a los nuestros.

No estamos llamados a encabezar revoluciones, que no nos  quite el sueño esto, que no nos desvíe de nuestro deber real.  No es misión nuestra hablarle al oído al gobernante en turno para hacerle comprender sus errores e injusticias, no es tampoco labor nuestra convencer al capo para que se redima y retome el carril del bien que hace mucho tiempo abandonó, nada de eso nos corresponde.  Nada de eso sirve.  No es nuestro campo de acción verdadera, no es ahí en donde somos realmente insustituibles.

Nuestra misión es mayor y más sagrada. Servir siempre que podamos, amar todo cuanto podamos; en estricto sentido hacer bien, en clave de excelencia, todo aquello que nos corresponde por insignificante que parezca ser y sin importar el rol que nos haya tocado vivir.

¡Bajo mi manto al rey mato! dice Miguel de Cervantes Saavedra en el exquisito prólogo de su inmortal Don Quijote, en clara alusión al inconmensurable poder para “matar” al peor de los tiempos y para dar vida solo a lo mejor en nuestro entorno, a ese poder que todos tenemos para influir en los círculos más íntimos de nuestra interacción, ahí donde la gente que nos rodea nos quiere y cree en nosotros. Es ahí donde nosotros hacemos el bien o nadie lo hace en lugar nuestro. Es ahí donde el bien, la bondad, la esperanza y la alegría encarnados en acciones pueden trasmitirse vía el ejemplo. Esa es la auténtica humilde y silenciosa gesta que nos corresponde a cada cual. Una verdadera cadena de valor.

No dar alegría cuando se puede hacerlo, no infundir esperanza cuando se debe hacerlo, no servir y no amar cuando es menester hacerlo, son terribles omisiones que hacen de nuestro tiempo, el único con el que contamos, el peor momento de nuestra historia.

En referencia al tiempo no somos solamente espectadores sufrientes de sus calamidades somos, ante todo, agentes con posibilidad real de gestionar el bien, y de hacerse cada uno arquitecto y señor de su propio tiempo.

VIVIR SIN BAILAR

 

Por Ernesto Parga

                                                            “El ruido no hace bien; el bien no hace ruido”

San Vicente de Paúl

 

Ramón María me dijo, frunciendo el entrecejo, – esto no es una crítica, es tan solo un comentario. Nunca me han gustado las bodas, las coronaciones, las graduaciones o cualquier tipo de celebraciones similares con música y baile.  Hoy menos que nunca. Parece que hay una extraña correlación entre el volumen de la música y mi edad, a mayor edad… sonido más elevado de la música.

-Que no se me juzgue a la ligera pensando que es cosa de la edad solamente; repito, nunca me han gustado esas fiestas-. Añadió cargando de más fuerza a los ademanes que acompañaban a sus enérgicas palabras

– ¿Quién impone esta regla (la del altísimo sonido), que según sé, no a pocos disgusta, pero que se respeta más que el divino decálogo recibido por Moisés o que la Constitución que nos da ley y orden, quién la impone?

Intenté poner alguna objeción a la manera de esas de: Mira Ramón María, no seas egoísta…pero una mano levantada en señal de alto y una mirada de taladro me hicieron callar.

-Egoísmo dices, al contrario, misericordia y clemencia es lo que pido. ¡Qué alguien piense en la pequeña minoría que no gusta de la estridencia y el zangoloteo!, ¡Es qué algún derecho debemos tener!, Ojalá que algún día seamos también un estandarte para lo políticamente correcto y el partido político de los inalienables derechos de las “minorías minoritarias”, nos defienda prohibiendo que haya música en las fiestas. ¡Qué paz y que goce puedo anticipar! – y casi cerrando su idea me dijo, -tampoco suena tan descabellado; mira que ahora se defiende cada cosa.

Agregó, para dar más énfasis a sus razones -caray que, con ese salvaje ruido, nadie puede hablar, ni escuchar lo que te dice el primo al que hace 20 años que no vemos y que al día siguiente retorna a la ciudad en la que vive. –

Pensativo, Ramón María guardó silencio al tiempo que se recuperaba de la agitación que le produjo el arrebato anterior. Yo aproveché para ordenar mis pensamientos y contraponer alguna idea a sus esquizofrénicos argumentos, pero pronto caí en cuenta, que más allá de las exageraciones había mucha verdad en su postura. Ramón María, dejándome sus inquietudes, se fue dibujando en el aire, todavía molesto, un enérgico corte de manga.

También yo, amigos, me confieso sufridor de ruidosas fiestas, y especialmente de las que conllevan el, para mí, complicadísimo espectáculo del baile. Nunca he bailado, ni en mi propia boda, por la sencilla, e incomprendida razón de que no soy capaz de dar un paso, uno solo, en armonía con la melodía. Por favor, pido como Ramón María misericordia para que no se me clasifique como inútil y desadaptado en una época en donde bailar como ajonjolí tostándose es marca y seña de triunfo y de poder. Pienso que alguna otra habilidad puedo tener o desarrollar antes de que ser llevado al patíbulo por inservible. No soy culpable; soy la víctima.

En mi defensa, puedo argüir sinceramente que disfruto un rato; no 5 horas, viendo las habilidades dancísticas de los invitados a la celebración, con la más honesta de las envidias y suspirando como Cervantes de Saavedra por “la gracia que no quiso darme el cielo”.

 Allá uno, ya en sus años, que  con  aires  de Travolta atemporal  sacude la polilla, acá otro más que mira con desprecio a sus rivales sintiéndose  un Barýshnikov degradado que tiene que alternar con émulos fallidos de Cantinflas; y aquel grupo en éxtasis,  que bajo el supuesto  anonimato que proporcionan los grotescos  antifaces  se permiten los más inconcebibles desfiguros, armados de silbatos (para regalarle dos decibeles más a mis atormentados oídos),  de espadas luminosas, y de  collares en colores que lastiman la retina.

 El resto de la velada, en ese tipo de alucinantes convites que me parecen interminables en las pocas veces que obligadamente me apersono, (la boda de un hermano, la graduación de un hijo), se me va en dar enésimas explicaciones a todos aquel que se siente, repentinamente, con el grave deber moral y casi con la misión de vida de sacarme de mi “aburrimiento”.

El desfile de mis “rescatadores” es variopinto, pero homogéneo en sus intenciones, todos quieren compartirme generosamente la verdad a la que han llegado en esa etapa de sus vidas: La felicidad amigo, nunca lo olvides, me dicen todos, está en el arte del estremecimiento corpóreo del baile.  Cada cual intenta a su modo hacerme su prosélito, con el mismo entusiasmo evangelizador de un neo cristiano, de un ex alcohólico, o del gordito aquel que nos comparte los secretos ocultos de su nueva dieta, todos tienen el “fua” de un motivador de libros de autoayuda.

 Por eso no me gustan esas fiestas. Yo nunca acatarro con mi entusiasmo por la cocina o por el fútbol  a aquellos que no gozan de mis gustos.

Claro está, hay sus excepciones, recuerdo lo bien que la pasé en la boda de Arturo, mi concuño y amigo; ya que tenía bajo amenaza de exilio, excomunión y muerte en “garrote vil” al sorprendido y ofendido director del grupo musical que tocó en su boda, el cual acostumbrado a hacer siempre lo que le paga en gana, no podía creer lo que le pasaría si le subía al volumen o tocaba uno sola canción no autorizada.

Pude platicar con Lourdes y con Arturo, los esposos, sin necesidad de gritar.  Al felicitarlo por el ambiente agradable que se gozó, él me dijo lo recuerdo bien, -uno es el que se casa y uno mismo el que paga, que sea como uno quiere, ¿no crees?. Ni cómo no estar de acuerdo con semejante argumento.

En el otro extremo, recuerdo aun la celebración por el aniversario de un colegio cristiano en alguna ciudad de cuyo nombre no quiero acordarme. Los organizadores con los que compartía mesa, no tan avezados como Arturo, no intervinieron dando indicaciones sobre la intensidad del sonido y sobre la selección de piezas a tocar. Así fue como cenamos bajo el sonoro rugir de las trompetas de la Sonora Santanera y su muy poco cristiana melodía, “fue en un cabaret donde te encontré bailando, ofreciendo tu amor al mejor postor…

Transcurrida la cena y como en penitencial silencio por alguna inconfesada culpa, después de dos horas de miramos las largas caras, sin tener la más mínima posibilidad de ser escuchados y de comprobar que en las demás mesas acontecía lo mismo, para contento de muchos, el salón se fue vaciando mucho antes de la hora prevista.

Por eso no me gustan esas fiestas, estoy seguro de que hubiera concluido Ramón María.

 A decir verdad, con tanto ruido en el recuerdo, no puedo ya aventurarme en asegurar  si la conversación arriba citada con Ramón María fue real o tal vez sea solo un recurso a través de un alter ego para compartir la rareza de vivir sin bailar y ser enteramente feliz en el intento.

EN DEFENSA DE LOS PATIOS

Por Ernesto Parga Limón

El hombre actual sabe el precio de todas las cosas y el valor de ninguna”.

Frase atribuida Oscar Wilde

La gente se queja del encierro. Yo sí salgo. Cada vez que siento que el tedio avanza sobre mí, intentando conquistar mi ánimo, gobernar mis pensamientos y marcar el ritmo de mis emociones huyo de él, me rebelo y salgo.

No hago caso de la insana imposición que pretende tomarnos por rehenes, ejerzo mi derecho inalienable a la libertad; porque sé según me enseñó el ilustre caballero de la triste figura Don Quijote de la Mancha, que esta es: “uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.

Haciéndome, pues, cargo de todas las consecuencias deliberadamente desoigo toda indicación a clausurar la vida y salgo.  Abro la puerta trasera de mi casa: salgo y abro también el universo todo. Todo mi universo que se hace síntesis, que se concentra y se reduce a sus mismos fundamentos en el patio de mi casa.

En este patio como en cualquier otro patio, con estos árboles como en cualquiera otros arboles; está todo lo que cada uno hemos sido, lo que somos y todo lo que podemos recordar o aprender.

Un signo, en Semiótica, es un objeto o evento presente que está en lugar de otro objeto o evento ausente, pensemos un poco ¿Por qué conservamos la moneda aquella, el reloj vetusto, o el anillo de boda que nos regaló nuestro padre o nuestra madre?, la respuesta sin duda es; porque son vinculaciones presentes que, con un secreto lenguaje, nos remiten a la realidad ausente que amamos.

Dice Leonardo Boff que nuestro entorno está lleno de cosas que nos hablan, pero que se necesita de un cierto espíritu que vaya un poco más allá del mundo técnico-científico para entender este lenguaje que corre como un rio subterráneo y que, a través de estos signos, brota como fuente con un caudal de recuerdos que nos permite de cierta manera volver a vivir.

Así los patios, con sus árboles tantas veces trepados por tus niños, con sus rincones depósito de los restos de las queridas mascotas que fueron parte de la vida familiar, así los patios que fueron campitos de futbol, pista de patines con la infantil patinadora ataviada con vestidito de princesa, arena de batallas campales bajo la lluvia con globos de agua, espacio de la ilusión en aquel club de amigos de la casita del árbol que prometía ser eterno. Por eso salgo al patio en busca del signo que active la memoria del pasado que me vincula con el yo, de este mi presente.

Álvaro Cunqueiro el magnífico escritor gallego autor de Las Mocedades de Ulises comenta que: añadirle a la comida que comemos siempre un poco de literatura, un poco de fantasía y otro poco de historia hace que aquello que nos gusta; nos guste aún más.

De esta manera, la añosa higuera que en este momento me ofrece por centenas su fruto dulce que me gusta tanto, me gusta tanto más porque sé que es símbolo de la lealtad, que ha acompañado al hombre por milenios (hay vestigios en el Valle del Jordán de higueras cultivadas por el hombre alrededor del 9400 AC). Desde que sé que las higueras fueron la primera planta domesticada por el hombre, unos mil años antes que la cebada y que el trigo, este conocimiento hace que agradezca que cada año vuelva a reverdecer y hace que los higos me gusten todavía más.

Y este nogal que nos regalará de nueva cuenta su fruta otoñal y por ahora su benevolente sombra bajo la que escribo estas letras y que ha sido por años, espacio de solaz, de charlas vespertinas con amigos y parientes ante un buen plato de tostaditas. Signo todo ello de palabras sin sonido a las que vengo en rebeldía para mitigar las penas de este encierro.

Y el par de limoneros omnipresentes en la vida familiar, ya en el perfumado y blanco azahar de primavera o en el ácido, jugoso e inagotable fruto de verano, o en el té de sus hojas que en invierno nos protege y sana de las gripas y de casi todas las dolencias.

Pero que tristes son los patios devenidos en perpetuo depósito de objetos sin signo, mudos cacharros sin lenguaje, que asfixian el espacio vital de la convivencia, que se atesoran como atesora Harpagón, el enfermizo personaje del Avaro de Moliere, solo porque tienen precio, aunque carezcan de valor. Antonio Machado solía decir que el necio es aquel que confunde valor y precio.

Uno de los primeros tópicos que enfrentan quienes se acerca al estudio de la filosofía es el de entender que la filosofía “no sirve para nada” es decir que no es instrumento de nada… para producir nada; que la filosofía “solo” busca inquirir el porqué y el para qué de las cosas, de todas las cosas, para dotar con ello de un sentido y una razón al universo mismo.

Yo pienso que ese afán tan humano de buscar sentido, de filosofar, de recordar lo vivido, de proyectar lo porvenir, de descifrar el mensaje de las cosas, de entender que lo Eterno nos habla también a través de lo efímero, que los cosas son también silabas de otro alfabeto. Es la mejor señal de que seguimos vivos.

Creo, en defensa de los patios, que esa actividad de traducción de signos y de códigos, requiere además del deliberado propósito de abrir muy bien la mente y los ojos, de un poco de utilería: una copa de noble vino, un café cargado y un despejado patio familiar.

Es hora de retornar al encierro antes que los 36.6 grados a la sombra de la milenaria higuera derritan mi rebeldía.

Ya aligerado del encierro, entro en casa y veo que otros signos me saludan.

Julio/11/2020

EL TEATRO DEL ABSURDO

Por Ernesto Parga Limón

  “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que  no lo rehará. Pero su tarea acaso sea más grande. Consiste en impedir que el mundo se detenga”.  Albert Camus

En estos tiempos de tan aguda polarización es pertinente empezar con una aclaración.

Esto no es una diatriba en contra de los que están ahora, ni tampoco un panegírico en favor de los que estuvieron. Quizás la peor consecuencia de la polarización política sea la desaparición de las opiniones intermedias o aún más la posibilidad de estar parcialmente de acuerdo o en contra de algo. La polarización te empuja a idolatrar irreflexivamente a algo al tiempo mismo que te empuja a odiar, también irreflexivamente, a la postura que se supone contraria. Estás conmigo o en contra mía. Se cancela, entonces, la esencia misma de la democracia, de la crítica y del diálogo, de la corrección fraterna y del consejo del que sabe más. Solo queda espacio para la descalificación del que no piense como uno.

Dicho lo anterior; quiero hablar, ahora, del manejo de la comunicación pública que han hecho los responsables de trasmitir la información de esta pandemia en las conferencias diarias de las 7 pm. Solo de eso trataré hoy en este espacio.

El teatro del absurdo, (cuya exponente principal es el dramaturgo inglés Samuel Beckett con su emblemática obra Esperando a Godot), es un tipo de género artístico en donde se expone   todo aquello contrario y opuesto a la razón, lo que no tiene sentido, lo que resulta descabellado, chocante, contradictorio, disparatado, irregular, además, extravagante.

Qué esperar cuando en su cotidiana intervención sobre el informe técnico el doctor responsable te saluda, con la inconexa e incomprensible frase “Buenas tardes con todas y con todos” la cosa, tratándose de claridad informativa, pinta mal, por no decir que pinta esquizofrénica. ¿Es qué cuesta tanto trabajo hacer algo bien, saludar normalmente por ejemplo?

Y abierta ya la puerta de lo estrambótico, se prosigue con la infaltable afirmación diaria del mismo doctor Alomía: “hoy observamos que afortunadamente continúa a la baja la tendencia en el número de casos confirmados situándose en solo alrededor del 22 % del número total de contagiados, es decir, este número corresponde a la epidemia actualmente activa.”

¿Qué sentido tiene esta afirmación y este porcentaje? ¿Y qué sentido tiene decir “afortunadamente”? Ninguno. Mero territorio de lo absurdo. Resulta una verdad de Perogrullo decir que hoy tenemos menos casos activos que el total de contagiados, la inmensa mayoría, ya no lo está, por el solo hecho de haber transcurrido el tiempo que dura su enfermedad.

La afectación que produce el Virus Sars Cov 2 es temporal. El Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos nos dice que” el tiempo promedio que dura la enfermedad en el cuerpo humano es de entre 10 y 14 días para casos leves, y en los casos de pacientes más graves se ha tenido registro del virus en su organismo por 21 días o hasta por seis semanas después de la exposición al virus”.  

 La gran mayoría de los contagiados, el 80% aproximadamente, por razones naturales han dejado de ser una estadística en el número global de los activos, sin apenas hacer nada. Insistir cada día en eso como si de un éxito se tratase, no solo raya en lo absurdo, sino que es, en definitiva, una torpeza en términos de comunicación.

 La seria, muy seria, pregunta se debe plantear en esta manera; ¿Tenemos un número menor de contagiados alrededor del mundo cada día?  y aún más concretamente ¿En México hay disminución del número de contagios? La respuesta tajante a ambas interrogantes es un terminante NO. Hoy estamos peor.

Hoy, 4 de julio, la OMS informa del récord de contagios en el mundo en las últimas 24 hora 212, 326. Nuestro país contribuyó con 6742 rompiendo su propio récord de contagios en un día. Para entender esto un poco mejor, ofrezco un par de datos más; hace justo un mes, el 4 de junio, los contagios sumaron 131,432 y hace dos meses, 4 de mayo, se contagiaron en el mundo, en 24 horas, 79 429 en plena cresta de la curva en Europa. Y el doctor Alomía hoy mismo vuelve a decir que se domó la curva.

¿Cómo se sostiene Gatell, sin sostener un solo dato? De qué sirve toda su “ciencia” sino es capaz de predecir nada, ni la cresta de la curva, ni el número de muertos, ni el fin de la pandemia, nada, absolutamente nada.  Sus predicciones “científicas” que han fluctuado, absurda o descaradamente, desde los 6,000 decesos, pasando por los 30,000 que ahora tenemos contabilizados, pero que estos en realidad pudieran ser el triple según su última declaración.

 ¿Hay ciencia posible con semejante margen de error? Si la hay, es que vivimos ya en los confines de lo absurdo.

¿Es posible, qué envidien el manejo mexicano de la crisis en otros países? Incluso cuando estamos en el quinto lugar de muertes en el mundo.

Es Gatell tan incapaz que no entiende si siquiera que en cada conferencia trasmite un contradictorio, disparatado, e irregular informe. O lo sabe perfectamente y hace cálculo político y juega   a ser el rockstar que lee poesía, que contradice y que regaña en cadena nacional a la OMS, al NYT, a los científicos más expertos y connotados en el orbe, a las mejores universidades y a quién ose mostrarle sus absurdos.

 O quizás Gatell es un incomprendido dramaturgo al que no hemos valorado suficientemente,  que cada tarde desde Palacio Nacional representa la nueva joya del teatro del absurdo, que utiliza deliberadamente datos y alegatos disparatados, incoherentes  e ilógicos con el artístico  afán de ponernos a pensar; porque  lo mejor en el  teatro del absurdo es  no  dar respuestas o no dar las  respuestas  que se esperan,  para dejar  que el  asombrado espectador,  saque sus propias conclusiones,  que obtenga sus propios datos: si se aplanó o no la curva, si se domó o no la pandemia, si la epidemia tiene uno o muchos picos, si sirven o no las pruebas, si portamos o no cubrebocas, es cuestión de cada uno… todo es posible en el teatro del absurdo. 

Cada vez hay más espectadores escépticos en espera de que la ciencia de Alomía y de Gatell les dé un solo dato, uno solo, una solo respuesta lógica y fundamentada.

Yo en tanto seguiré… Esperando a Gatell.

AMIGO DE LETRAS

Por Ernesto Parga

“Decir amigo
me trae del barrio
luz de domingo
y deja en los labios
gusto a mistela
y a natillas con canela”.

Joan Manuel Serrat

Ayer, Insospechadamente, Ramón María me lanzó su confidencia cuando ni siquiera nos habíamos saludado. Yo quedé sorprendido, engarrotado. No tanto por lo intempestivo de la confidencia, créanme no me refiero a un problema de modales, sino porque no me correspondía a mi hacer nada en ese tema, las reglas estaban dadas y no solo eran claras… eran sus propias reglas.

Quizá haga falta ofrecerles un poco de contexto que ayude a entender mejor…

Ramón María me llama su amigo de letras, obviamente me gusta el título, pues tiene que ver con mis aficiones y tiene garbo. Me agrada porque sé, además, que él otorga esos títulos en exclusiva y solo después de pensarlo mucho. Sin embargo, aunque en varias ocasiones me ha comentado su extraña teoría y praxis de la amistad, no consigo acostumbrarme del todo.

Recuerdo perfectamente la primera vez que Ramón María me explicó esta idea tan suya, a nadie más le he escuchado cosa semejante. En esa ocasión hablábamos de Borges, a ambos nos gusta mucho, y discutíamos sobre cuál es su mejor cuento, yo sostenía en voz alta que el Aleph es fascinante, él, en cambio, se empeñaba en convencerme que el Inmortal es muy superior. Quiero confesar algo aquí; en verdad Funes el memorioso me gusta más pero nunca se lo digo porque no quiero oírle descalificándolo.

Ese día ante mi insistencia para que cambiáramos de tema, teníamos entonces poco tiempo de ser amigos de letras y yo quería  que habláramos  de política,  Ramón María me dijo con gravedad –nunca he estado de acuerdo con esa expresión popular que dice que; los amigos verdaderos son tan pocos que se cuentan con los dedos de una mano, no es mi experiencia, yo tengo muchos y aunque lo son de manera distintas porque distintos son los intereses que nos unen en amistad, todos son verdaderos. Tú eres uno de ellos. Y aun con más énfasis añadió – a mí me gusta respetar a los amigos y a la fuente de la amistad que nos hace serlo, no es bueno mezclarlos-. Nunca más insistí, a pesar de no estar en nada de acuerdo con esa idea sobre la amistad.

Lo más que se permite, en algunas contadas ocasiones, es comentarme a muy grandes rasgos de sus charlas con sus otras amistades, desde luego sin permitir intercambio alguno de ideas, yo únicamente debo escucharle. Por esas pequeñas libertades es por las que sé que tiene otros muchos amigos de temas, materias y disciplinas muy variadas y disímbolas.  A algunos los conozco.

Por ejemplo, de Edgardo su amigo de cocina, me comentó alguna vez, que estuvieron   hablando del  gazpacho y de las ventajas o desventajas de colarlo, -en los  ingredientes estuvimos de acuerdo, que por eso somos amigos, entre menos  mejor: tomate guaje, nunca de  bola, pepino y morrón, poco de ambos, que el tomate  es el rey, ajito, aceite virgen extra, una  cosita más, a la nevera y ya lo tienes-, apostilló con aire de suficiencia y con  la seguridad de todo un chef.

Sé que tiene otros amigos para hablar de futbol, me dijo en otra ocasión, – ahí sí, pero solo ahí, no importa que sean varios ya que el futbol es juego en equipo. También me ha dicho que es con Manuel es con el más habla de ese grupo, con él elabora y reelabora el once ideal de todos los tiempos, discuten también sobre si Messi, está a la altura de Pele y Maradona. A mí me parece que no, pero no puedo externar mi opinión porque cada tema tiene sus amigos y nadie se ubica en dos categorías diferentes, porque no es bueno mezclarlos como dice Ramón María.

Esto siempre se respetó entre nosotros, y sé que también entre sus otras amistades, alguna otra vez Ramón María me platicó que el amigo con el que charla de política quería venir con nosotros a hablar de Borges alegando que había leído el Poema de los dones y el magnífico cuento denominado El otro; Ramón María me dijo que atajó rápidamente esa intentona de burlar las normas. diciéndole escuetamente –te gustaría que hablase de política con otro– su interlocutor simplemente se quedó mudo.

Pero ayer todo pareció quebrarse, quizá algún presagio milenario apareció  cumpliendo su fatalidad en esa hora, o tan solo  una terrible conjunción de cosas extrañas: este inesperado  clima en el mes de junio,   la pandemia que lejos de ceder se fortalece o  los  polvos del Sahara, terminaron haciendo flaquear su compostura y Ramón María se dejó llevar rio abajo y olvidando su regla de oro (no es bueno mezclar)  sin ponerme sobre aviso,  me lanzó su confidencia como se arroja al viento una esperanza  ¡Estoy enamorado!

A punto estuve de decirle, querido, nunca olvides que tú y yo solo solo hablamos de letras.           

Y no sé por qué terminé diciéndole, ¡vamos cuéntame!, que el amor inventa nuevas reglas y rompe todos los esquemas, abrázate al amor para que no digas como Borges:

– ¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada? –

Y agregué sinceramente, me entusiasma que al fin transitemos a la verdadera amistad la que se da profunda y casi eterna, la que nos une fuerte al corazón de tan solo unos cuantos que se cuentan suficientemente cono lo dedos de una mano.

Me miró aliviado y cambiando las letras por la vida; respiró profundo y comenzó diciendo, es que ella es tan buena y además quiero decirte que…