MIGRACIÓN Y DIGNIDAD

Ernesto Parga

You may say I’m a dreamer
But I’m not the only one
I hope someday you’ll join us
And the world will be as one

John Lennon

Seguramente en su momento observaste la fotografía, esa perturbadora imagen, del pequeño Alan Kurdi que viste camisita roja y pantaloncito azul. Ahora que la veo de nuevo se revive esa inexplicable sensación de ternura y rabia a la vez.  Dan ganas de obligarse a pensar que duerme, de abrazar su cuerpecito y regalarle vida con soplos de caridad, de justicia y de mera humanidad.  Pero también dan ganas de apagar la luz y huir del mundo, de enterrar la esperanza, de cuestionarlo todo, de llorar.

Alan Kurdi, el niño sirio de 3 añitos que murió en el 2015 junto a su hermano y a su madre en las costas de Turquía escapando de la guerra de Siria, de los horrores que siembra el Estado Islámico; nos presenta la cara más dolorosa de la migración que obliga a las personas a huir de sus países por razones de guerra, de violencia criminal, o de pobreza entre otras causas.


En la ribera del bajo Río Bravo, otro botón de muestra, otra fotografía, que dio también la vuelta al mundo. Nos muestra, sin vida a un joven padre centroamericano y a su pequeñita hija Valeria, ambos boca abajo, ella metida en la camisa de su padre, el bracito de la niña da un eterno abrazo a su padre en doloroso epílogo al sueño americano.  


Unos intentan llegar a Estados Unidos, otros a Alemania, a Francia, a Italia o a España, lo hacen desde Centroamérica, desde África, desde Asia, desde México.

Las causa son las mismas: miseria y miedo, ya nada que perder, solo la vida. Nadie así deja su patria por mero deporte, no es un viaje de placer, todos buscan un espacio que los acoja para sentir que recuperan su dignidad, todos piensan en los suyos y eso los impulsa. Quieren un nuevo sol que les permita simplemente amanecer sin miedo, sin hambre, para poder soñar que la vida merece la pena de ser vivida.

Los peligros son los mismos: arriesgar la vida cruzando a pie el desierto inclemente, el mar en endeble embarcación, viajando a lomo de la Bestia, siendo expoliados por tratantes inhumanos al transitar por tierras en donde el estado no existe; solo la ley de la selva.  

Los números son atroces, aunque uno solo, la vida de Alan Kurdi, debería de haber bastado para hacer caer sobre sus mismos fundamentos toda clase de fronteras.

Veamos este dato apabullante de la ACNUR, la agencia para los refugiados de la ONU:

A finales de 2019, el número de personas desplazadas por la fuerza en todo el mundo aumentó a casi 79,5 millones. Se calcula que entre 30-34 millones de los 79,5 millones de personas desplazadas por la fuerza eran niños y niñas menores de 18 años”. 

Las constituciones, las leyes de casi todos los países y de los tribunales internacionales reconocen que el estado debe de estar subordinado a las exigencias de la insoslayable dignidad de la persona. Por decirlo con palabras sencillas: primero sé es persona y después ciudadano y todo estado debe garantizar un mínimo de condiciones que favorezcan la dignidad de la persona.

Sin embargo, esta claridad jurídica no se traduce en acciones que faciliten la recepción de migrantes, que eviten los peligros a los que se exponen, por ejemplo al cruzar el mediterráneo hacinados en precarios botes, en busca de alcanzar la estación migratoria de la isla italiana de Lampedusa, a la que consideran su puerta a Europa.


Cuesta trabajo después de ver las fotografías que acompañan a este artículo,  creer en que hemos alcanzado el progreso y el desarrollo, choca de cierta manera leer el empeño de los multimillonarios  en su carrera por conquistar el espacio en la naciente industria del turismo espacial, cuesta creer que valga la pena explorar la posibilidad de hacer un asentamiento humano en Marte o en la Luna, si aquí en la Tierra no fuimos capaces de ofrecerle a los pequeñitos  Alan Kurdi y  Valeria  ni siquiera un mínimo espacio seguro para ser felices en su niñez,  ni en el país que los expulsó ni en el país que se negó a recibirlos.


Ofende tanto el silencio como la palabrería de los hombres de estado desprovistas de responsabilidad y de verdadero deseo de resolver este problema tan radical y complejo. Ofende su ceguera ante la inconmensurable grandeza de la persona a la que deberían servir poniendo toda la fuerza del estado más allá de ciudadanías y permisos de residencia.  Ofende el empeño tonto de levantar muros en vez acoger con humildad a todo aquel que llame a su puerta agobiado y desesperado.

En tanto, jóvenes como Jackelin de 19 años con tres meses de embarazo seguirán arriesgándose a recorrer a pie, sin ningún tipo de garantías los más de 2500 kilómetros que separan a Honduras de la frontera de los Estados Unidos con México.

Tan solo en febrero de este año, la policía fronteriza americana logró interceptar mas de 9500 niños que migraron desde Centroamérica sin sus padres.

Cuántos como Alan y Valeria no tuvieron la misma suerte, nunca lo sabremos, recemos por ellos.

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