LA HOGUERA Y EL HOGAR

(A Memo, esta vez solo a él, con agradecido corazón de padre)

Ernesto Parga Limón

Ayer, miércoles de Semana Santa, el último día antes de que empiecen los oficios religiosos con toda la carga ritual que me gusta tanto, decidí prender el carbón, santa costumbre del noreste que es, aunque de otra manera, otra ceremonia ritual llena de bondades que merece la pena conservar.

Mi mujer y yo, mis hijos, mi nuera -que es ya mi hija-, mi cuñada y su marido. Con los preparativos, (ir al súper, poner las mesas en el patio, sazonar la carne), se asesta un golpe brutal a la rutina, cada movimiento tiene sentido, tiene dedicatoria que busca agradar a todos y a cada uno de los convocados.

Mi hijo Memo cuida el fuego, él es el indicado, es paciente, gusta de la pausa y de hacer cada cosa a su tiempo, por eso huye de las prisas y las improvisaciones, es lo metódico que yo debería ser. La sinfonía de la convivencia familiar va in crescendo, uno cuida el fuego, la madre hace el guacamole, el otro hijo aporta la salsa, yo hago las entradas, nada desentona.

Hogar significa casa de familia y también lugar en donde se prende el fuego. Prender el carbón significa, así entonces, hacer hoguera y hacer hogar, un regalo más de nuestra lengua.

La música suele estar presente, se conecta la bocina, vamos en busca del tiempo perdido. Canta Piero con la parsimonia de los buenos: “llegando llegaste, y te llamé ternura”, Sergio Esquivel me conecta con mi hija ausente, mi corazón valiente, cuando canta con la belleza de la verdad: “Mi niña de todos los días, nació con un beso, creció entre mis brazos”

Los mayores recordamos los festivales de la OTI, buenas voces, buenas letras, Nidia Caro, María Medina, Gualberto Castro, Los hermanos Zavala en los coros, grandes orquestas y grandes batutas.

El fuego cruje en espera de realizar su alquimia milenaria, unos beben del viejo río de las uvas, otros del elixir de los monjes. No obstante, todos sabemos que lo que importa siempre es, no lo que está sobre la mesa, sino quienes están sobre las sillas.

Entre canciones que se suceden una a la otra, aparece el chiste, se recupera alguna anécdota casi perdida y se vuelve a la reflexión sobre las letras lindas y profundas que nos acompañaron mientras crecíamos, recordamos de Roberto Carlos una joya de ternura que canta con bellísima simplicidad a la madre embarazada en un himno de esperanza:

“No sé quién eres tú, ni cuál tu origen es, tan solo sé que luces linda esperando un bebé”

En ese orden, la conexión fue natural y alguno de los presentes recordó la letra de la canción, “Qué alegre va María”, otra elegía a la maternidad, por cierto, también de la autoría del genial Sergio Esquivel: “Qué alegre va María, caminando por la ciudad, platicando a su niño va, a su niño que pronto vendrá”.  De verdad de es de agradecerse en compromiso con la vida y con las ganas de embellecer el mundo tenían estos autores.

Platón decía que el amor se puede definir como el deseo de engendrar y producir en la belleza; estas letras que exaltan y celebran la vida, estas letras límpidas, que son una expresión del amor, son tan escasas hoy en día, quizás, porque se ha dejado de entender que la belleza nutre al corazón y que la fealdad enferma al espíritu.  

El fuego se consume, sus ascuas apenas brillan, ha cumplido su misión, la noche avanza, mengua la energía, la música se apaga también. En una última expresión de los bello, todos recogemos, “locales y foráneos” y cada uno se va a descansar con la certeza de que la vida merece la belleza.

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