“Si nunca se habla de una cosa, es como si no hubiese sucedido.”
Oscar Wilde
La calidad del viaje comienza con lo que se pone en la maleta.
Generalmente no llevo un libro (físico) ya que llevo muchos libros en mi Kindle, pero esta vez va, dentro, uno que he recibido muy generosamente de manos de su mismo autor: El imperio del olvido de Eduardo Villareal De Los Reyes.
En la vocación, piensan algunos, lo importante es la afirmativa respuesta al llamado, yo no lo creo así. La vocación según se define en la RAE en su primera acepción es una “inspiración con que Dios llama a un estado”, así que, si la llamada es auténtica no queda más remedio que seguirla, ni siquiera se tiene otra opción. Y con Eduardo estamos frente a una auténtica vocación, frente a una pulsión irrefrenable, vital e insoslayable. Estamos frente a un poeta. Ese es su estado.
El filósofo y filólogo español Javier Gomá Lanzón dice a propósito (cita no textual), que toda genuina vocación es: “Feroz, totalitaria, rapiñadora, absorbente. Para qué dedicar, -se pregunta-, Los mejores minutos de tus horas, las mejores horas de tu día y los mejores años de tu vida a algo que nadie te pide”. La respuesta es solo una -concluye con bellísima expresión- porque tener vocación literaria es, “estar raptado por las musas”. Luego, así, se entiende que el poeta no tiene salida más allá que responder con versos.
Lo primero que debo decir del Imperio del olvido, es que es un libro de poesía, no una antología, no una colección de versos de variados temas. Es un libro de poesía, en donde cada poema es parte de una historia que se quiere contar íntegra, un solo tema que fluye a través de cada poema a un destino mismo, a un puerto único. En el Imperio del olvido, cada verso y aún cada palabra cuentan la misma melodía. El doloroso e inexplicable avance del olvido que se va llevando como río lento pero infatigable, todo lo que fue identidad y seña de quien amamos. A través de este libro íntimo asistimos, como conmovidos testigos, al doloroso tránsito del olvido que lentamente roe recuerdos, certezas, gustos, nombres, relaciones hasta dejar tan solo un vacío, una nada, no hay ya luz, ni memoria, ni rostros, ni amores, ni amigos, ni hijos, solo queda el imperio del olvido.
Eduardo teje, con fino damasquinado de palabras sus emociones, sus miedos, levanta, también, airada su protesta ante lo insoportable que le resulta que la voz de trueno de su padre no hable más, que la autoridad de su vida, su referente, viva ahora en la región del silencio y la confusión, en los confines de la nada.
“Un día no habrá recuerdos.
Se habitará en el silencio de la nada
y se dará paso
al imperio del olvido”
(Poema 17)
Este libro está hecho de las mismas materias y sustancias que el amor, está hecho de infinita ternura, de gratitud y de silente dolor vuelto logos. Eduardo se nos presenta con una suerte de tímido impudor, sabe que pone en cada verso desnudo su corazón a latir conmocionado. Pero qué otra cosa puede hacer el poeta que, raptado por las musas, es impelido a mostrar el sentimiento de lo inconsolable que lo habita, para cantar con lira de tristeza lo que inunda el hondón de su corazón contrito. Nada puede hacer… solo versos.
“Dejas migas de pan a cada paso
para no olvidar el camino a casa
pero el olvido
convertido en cuervos hambrientos
devoró el mapa de regreso”
(Poema 2 fragmento)
Eduardo no solo nos conduce por el acre territorio de la desmemoria y el olvido en que radica despiadadamente un ser querido, sino que nos toma de la mano para reflexionar y preguntarnos; ¿transitaremos el mismo sendero?, ¿ya empezó en mí el olvido a ejercer su imperio paulatino e ineluctable?, ¿avanza ya sobre mí la negra nube del olvido?
Aquí una muestra con este bellísimo poema 30 y la sugerente e impecable metáfora de la estrella de David
“Entre tus herencias,
quizá también me heredarás tu olvido
tal como algún día también lo heredaste
Ese gen que circula con su vacío en la sangre
pondrá su estrella de David
En la manga derecha de mi camisa
y me convertiré en judío errante
condenado al holocausto del olvido”
El dolor nos hace humanos, nos permite reconocernos en nuestra finitud y nos convoca, pues, a asumir el valor de cada día, de cada compañía, de cada instante al lado del amor. ¡Carpe diem!, que quizá olvidaremos sus nombres, sus historias, tan nuestras por ahora, cuando sucumbamos al imperio del olvido.
Gracias Eduardo, poeta, por mostrarnos tu indeclinable amor por la palabra, por esta catarsis tan personal, que lo será, también, de todos tus lectores. Gracias por la valentía, por el forzado impudor, por correr la cortina del dolor, gracias por la lágrima, por el temblor que, sé bien, te costó escribir cada letra.
Abrazo crecido en la admiración
Ernesto Parga Limón
