LOS POLÍTICOS Y SU LUGAR EN LA HISTORIA

Por Ernesto Parga Limón

Sin duda los políticos están dotados naturalmente de habilidades que les permiten surfear en las bravas olas propias de su oficio. Uno debe reconocerles algunas virtudes. Son empeñosos, tiene mucha seguridad en sí mismos, mucha capacidad para sobreponerse ante la adversidad, son estoicos ante la crítica, nada los distrae de su meta, son líderes que saben mantener a raya a sus adversarios, son capaces de alianzas con Dios y con el diablo. Pero quizá el rasgo más distintivo, común a todos ellos, es su deseo de obtener un sitial en la historia para ubicarse codo a codo con los héroes del selecto panteón de su patria.

Hay, sin embargo, en estas dotadas personalidades también otro común denominador: todos en el éxito que detentan y en espera del siguiente que ya acarician, se dejan inocular, sin siquiera meter las manos, del virus que los griegos reconocieron y estudiaron con mucha profundidad: la hibris…la enfermedad del poder.

Así entonces, el motor que primero los impulsa y más tarde los pierde; es el mismo.

Peleando con el enemigo real, inventando uno tras otro, que siempre hacen falta gigantes que derrotar, el político no es capaz de detectar a sus dos verdaderos enemigos a cuál más de peligrosos:

1) Su propia megalomanía.

2) La adulación inmoderada y convenenciera de sus colaboradores y seguidores.

La enfermedad de poder resultado de estas dos circunstancias convierte al todopoderoso hombre, a ese que decide sobre el presente y el futuro de tantos, en un sujeto vulnerable y susceptible de ser manipulado fácilmente.

Todos le recuerdan su “grandeza”, el destino manifiesto al que está llamado, un destino de transformación radical de la historia que solo él puede escribir, y que será un parteaguas que dividirá el tiempo en antes de él y después de él, así como el siglo de Pericles, o el de Alejandro Magno, el tendrá su siglo epónimo que cincelará su nombre al lado de sus héroes; o un poco más arriba.

 Y así le van tejiendo su traje como al emperador desnudo.

Le recuerdan todo lo que la patria y los pobres lo necesitan, que Dios le puso esa misión y que él encarna la justicia y la incorruptibilidad, que su probidad y principios hacen innecesarias a las instituciones. Él es la ley. Su bonhomía como por ósmosis, como una lluvia benefactora permea a todos, los toca y los hace buenos e inunda el campo de toda la vida nacional y lo hace fértil. Él es la nueva sementera de donde surge el nuevo ciudadano.

Quizá al principio fue necesario construir el personaje que lo catapultaría a la altura de sus ambiciones: el incorruptible y el justiciero que encarna en uno solo, todos los valores de los héroes que le precedieron, el superior modelo de todos los que vendrán. Hay que repetir, y volver a repetirlo, en cada plaza, en cada aldea, en cada centro de trabajo, en cada mitin del interminable baño de pueblo, tantas veces como sea necesario, hay que intentar que a fuerza de repetición esto se vuelva verdad. Sin embargo, lo único que consigue, es que se pierdan los confines del personaje construido y el real, entre la entelequia divinizada creada deliberadamente con meros fines de acceso al poder y la persona falible y mortal.


Pero la verdad no solo se repite para que la escuche el posible elector, se repite para que el mismo político que la creó: se la crea. Esa es la tarea del adulador y esa es la   trampa de la hibris de la que no se puede escapar. Ya no hay “realidad” real, solo queda la inventada. La megalomanía entonces conduce al culto, casi divino, de quien es solo un mortal; pero que ya empieza a olvidarlo.


Estos políticos tienen una extraña fascinación por las palabras nuevo y cambio, sobre ellas gira todo su discurso y el culto a su personalidad: Rumbo Nuevo, Mundo Nuevo, Un Nuevo amanecer, Nuevos tiempos, El Cambio es ahora. Evidencian una necesidad de inaugurar su propia era, de romper con el pasado, quizá su propio pasado, por si alguno recuerda su origen, por eso machacan día y noche que: “no somos iguales”.

Quizá la muestra más clara de su desvarío es pensar que su obra y su propia figura sobrevivirán trascendiendo los estrecho límites del poder temporal que ahora detentan, que permanecerán vigentes para su propia gloria y la de su patria. Olvidan que ellos mismos ahora bajan de sus nichos a los santones del pasado. Con pueril ingenuidad piensan que pueden incidir en el gobernante siguiente: Aparece entonces la hibris.


Habrá que recordarles que la política es parricida, el gobernante en turno solo vive de matar al pasado, porque para él lo nuevo y el cambio son la savia que lo vivifican. Justo ahora el incógnito elegido para sucederlo (da lo mismo quien sea), ya afila la piqueta con la que destruirá el “eterno” edificio que hoy construye.


 En el colmo del desatino, el político llega a creer que lo necesitan allende las fronteras, aun sin trasformar nada en su casa, quiere salvar a la humanidad entera y pontifica y da lecciones sobre su éxito, moraliza urbe et orbi con su propio evangelio.

Así siente que puede y debe llevar su misión mesiánica más allá del tiempo y la geografía. Y entonces el mismo anhelo de Napoleón, de Alejandro Magno, de Bolívar espolean su ánimo.

Solo olvida que la historia no admite que la fuercen, ella se toma su tiempo para jugar y poner a cada uno en su lugar.

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