UNA HISTORIA DE ESTUDIANTE

Por Ernesto Parga Limón

Él era un chico como tantos otros que, llegada la edad de los estudios universitarios, debería abandonar el nido para buscar horizontes en otros lados, para encontrar una mayor y mejor oferta educativa que la de su propio pueblo. Ambos coincidimos en aquella urbe por idéntica razón. Yo le conocí en San Pedro. Todos le llamaban Rodo; algo que siempre me pareció extraño ya que su nombre era Román y no Rodolfo.

Nuestro trato fue largo, así que tuve tiempo de conocerle más a fondo y saber de su pasado. Él era una muestra extraña entre introspección y locuacidad. Supe que su madre y su hermana le sostenían económicamente con mucho esfuerzo de su parte. Quizá en este punto, amigo lector, habrás de recordar alguna historia similar o incluso, la tuya misma se asemeje.   Rodo lo agradecía en el alma, pero también sentía vergüenza por no ser capaz de mantenerse a sí mismo, su madre y su hermana insistían en que él debía dedicarse solamente a sus estudios. Rodo estudiaba Derecho.

Como tantos otros, yo mismo lo hice, descuidó sus estudios, y eso le dolía aun más ya que engañaba a su familia. El contraste entre el pueblo, de vida agreste y campirana y la metrópoli, espacio de mil luces que nunca duerme, además de la influencia de algunos amigos, pero especialmente la mala selección de las lecturas le llevó a dejar a un lado sus estudios, sumido en profundas reflexiones. Por aquel tiempo se aficionó en demasía a Nietzsche.

Mi vida siguió un poco en paralelo con la suya, lo encontraba a veces en la biblioteca de la facultad, donde yo también estudiaba, nos saludábamos con afecto a la distancia. Siempre que lo encontraba una rara desazón me acompañaba por varios días. No lo sé; tal vez esa mirada suya, con esos ojos de ícono bizantino, cargada de tristeza o las frases enigmáticas que deslizaba en nuestra conversación.

En una ocasión, ahora lo recuerdo como si fuera un sueño, con la intención de ponerse al corriente en sus estudios, me pidió que le ayudara, me citó a las cinco de la tarde en su casa, en realidad una buhardilla desaseada y en pésimas condiciones que rentaba a una señora mayor a la que nunca le pagaba, pues se gastaba todo lo que su familia le enviaba en sus libros. Su librero era lo único que tenía cierto orden ahí.

A pesar de permanecer despiertos toda la noche, en realidad no estudiamos ni una sola página. Cigarro tras cigarro, palabra tras palabra, Rodo me abrió su vida como se abre un libro.

Cuestionaba todo, influenciado por sus lecturas, le parecía que la falsa moral debía de ser abolida y que nuevos paradigmas de justicia social estaban próximos. Yo leía en su actitud cierto desvarío ya que se sentía como llamado a una causa grande que yo no alcanzaba a comprender.

Supe días después que enfermó de gravedad ya que no comía casi nada, perdió, según me contaron, el conocimiento y estuvo a punto de morir. También supe que se metió en problemas muy graves con la policía.  que dejó finalmente sus estudios, y que vagaba de bar en bar. Se le vio muchas veces deambular sobre el lecho vacío del rio que divide la ciudad. 

Algunos de sus compañeros intentamos ayudarle, pero la pérdida de sentido y el nihilismo parecían un embudo que se tragaba su cordura. Su familia fue alertada sobre su comportamiento, ellas hicieron presencia a su lado, pero poco consiguieron. El remordimiento por sus actos errados le devanaba y devoraba los sesos, ya no tenía sentido su vida; lo mejor era morir…nos comentaba con tal dramatismo que nos helaba la sangre.

Pero algo sucedió, el bien siempre emerge en tanto, aun en medio de la maldad, encuentre un resquicio, tan solo un minúsculo resquicio, una herida por la cual entre también la luz y la esperanza.   

Un día al salir de un bar en compañía de un amigo ocasional con quien llevaba varios días bebiendo, este tropezó y a trompicones terminó por caer en medio de la calle en donde fue atropellado, Rodo, después me enteré, cargó con el herido varias cuadras para entregarlo a su familia, les ayudó cuanto pudo, les llevó comida y pagó por la atención médica, gastó quizás los restos de su ultimo atraco.

Sofi, la hija del desventurado amigo agradecida por la noble actitud de Rodo, y notando en su mirada el mar profundo de la desolación y la desventura de su vida; se vio reflejada en su propia historia; Rodo era como ella, triste y desesperanzado, eran iguales, eran el uno para el otro… nos contó Sofi, llena de pudor lo que experimentó desde que vio a Rodo por primera vez, su vida era para él, para llevarle consuelo y alegría. -Lo amé desde el primer instante-. 

Supe que Rodo la rechazó pero que ella insistentemente caminó a su lado tratando de mostrarle con su amor, una vida nueva llena de fe.

Yo regresé a mi ciudad sin saber si finalmente Rodo sanó, enderezó su vida y aceptó el amor de Sofi.

Te preguntarás amigo lector, porqué recuerdo esto después de tantos años, la razón es simple, ayer revisando y limpiando la bodega tropecé con una caja con un rótulo que decía:” fotos, documentos y libros de Monterrey”.

Vi fotos de mis amigos, de mi graduación, boletas de calificaciones, billetes de camión, una vieja credencial de acceso a la biblioteca del estado. Muy al fondo topé con una foto; era Rodo con esa mirada de abandono que me volvió a conmover. Era Rodo en la portada de mi viejo libro” Crimen y Castigo”.

Volveré a leerlo para recordar que el amor, que siempre triunfa, le regresó la vida y la esperanza a Rodión Románovich Raskólnikov, en esta obra cumbre de la literatura universal que ahora te animo a leer.

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