DEMOCRACIA BAJO LA LUPA

Por Ernesto Parga Limón

“Los educados difieren de los no educados tanto como los vivos del os muertos”

Aristóteles

Pocos, muy pocos, dudan de la “superioridad moral” de la democracia frente a cualquier otra forma de organización política de un país o de una comunidad, claramente casi todos preferimos la democracia frente a la autocracia en cualquiera de sus manifestaciones actuales o pasadas …  monarquía, totalitarismo comunista, regímenes teocráticos o de partido único.

La democracia vista como el resultado de arrebatarle el poder a uno solo o a unos cuantos, para decidir sobre nuestra vida presente y futura, y hacerlo radicar en el pueblo para que este sea, finalmente, a través de sus representantes, quien autogestione las soluciones a la problemática social y política de sus comunidades, nos parece justo y racionalmente incontestable.

Sin embargo, asumida que es la mejor y más justa forma de gobierno  y que nunca será perfecta y siempre perfectible, deberá asumirse, también,  que la democracia y especialmente la incipiente como lo es la mexicana;  tiene sus debilidades, y que es aun muy persistente la tentación autócrata  entre aquellos que habiéndose servido de la democracia para llegar al poder, una vez en el ejercicio del mismo, la democracia les  parece un lastre que les impide gobernar a contentillo siguiendo su apetito dictatorial.

 Por esta razón, entre otras, la democracia debe ser depositada en organismos ciudadanos y garantizadas con “tres candados” su independencia y su autonomía.

La democracia para aspirar a la permanencia debe de alimentarse de un mínimo de educación cívica (no necesariamente académica) en todos sus ciudadanos, sin excepción de la clase social a la que pertenezcan.  La pretendida sabiduría popular y su infalibilidad parecen ser mas un argumento de control y de utilización por los políticos que la esgrimen, que una genuina apreciación de la realidad cultural de nuestro entorno.

Educar a los ciudadanos supone que entendamos y valoremos el poder trasformador de nuestra participación política, como votantes, como activos agentes sociales y como generadores de contrapesos y equilibrios.  Sin embargo, aún no nos cabe en la cabeza que los políticos tienen por nosotros un poder delegado.  Un pueblo inculto, democráticamente hablando, aun ve al político en el poder como aquel que puede ofrecerle la dádiva o la oportunidad del negocio nacido al amparo del tráfico de influencias. –“Si llega este o aquel, al fin me hará justicia la revolución”-, parece ser el esquema de pensamiento de los ciudadanos en las sociedades que no tienen una democracia consolidada. Eso es lo que la educación debe cambiar.

Los organismos ciudadanos, los gobiernos genuinamente democráticos, las instituciones educativas, los empresarios y las familias mismas tienen una tarea enorme, un desafío mayúsculo y una obligación inexcusable… hacer comprender a los ciudadanos, a la prensa y a los propios partidos políticos que ganamos más bajo el amparo   de la ley y la democracia que bajo el autoritarismo discrecional y la anarquía. Que la dádiva paternalista y la tranza generan, al final, un daño a cada uno de nosotros.

+ Un ciudadano maduro exige trasformaciones serias y sostenibles, no se conforma con el pez, quiere, porque merece, ser enseñado a pescar.

+ Un ciudadano educado cívicamente, cree radicalmente que el bien común es bien para todos y que toda ventaja tomada injustamente terminará por lesionar el orden y revertirse en su contra y en la de los suyos.

+ Un ciudadano educado exigirá a su partido y a su gobierno responsabilidad democrática, apego la legalidad y respeto a las instituciones.

La educación debe ayudarnos a romper con el flagelo de la corrupción que permea, por desgracia, muchas acciones de la vida social y política. Por la educación los ciudadanos debemos entender que las virtudes humanas cívicas son el camino auténtico del progreso y la justicia, que la honestidad, la legalidad y el respeto a los principios son la base de todo proyecto personal y social que merezca la pena. Eso es, después de todo, la vida ciudadana; la capacidad de vivir en la polis respetando los derechos ajenos y respetado en los míos. Entendiendo que el bien común es por definición bien para mí.

Hoy más que nunca el estado y los partidos políticos deben de apoyar y consolidar la autonomía y la independencia del INE y de los organismos electorales locales, no hacerlo porque no se pliegan a sus demandas es una inmoralidad política y en términos democráticos… un verdadero harakiri; que a nadie favorece. El cuestionamiento permanente y sistemático, va vulnerando la credibilidad y la confianza, eso a nadie sirve:  es destruir por destruir.

Los partidos y los gobiernos son corresponsables de la permanencia de la democracia y no quienes socaban, sembrando dudas, a las instituciones que tanto trabajo nos han costado y que tanto necesitamos, hoy en día, si pretendemos alcanzar la justicia social y el desarrollo económico que merecemos.

No se puede patear el pesebre y no esperar consecuencias.

3 comentarios en “DEMOCRACIA BAJO LA LUPA

  1. Amigo Ernesto que tema tan interesante, importante y multifactorial tocaste.
    La cultura política mexicana no ha logrado ser totalmente democrática gracias a las malas prácticas y a los rasgos autoritarios de los actores políticos y a los gobernantes.
    Actualmente predominan características que no fomentan una participación autónoma y propositiva cómo el clientelismo y el corporativismo.
    Entre las principales causas de nuestra incipiente democracia está la desinformación con la cuál los políticos les resulta más fácil manipular y hacer promesas que nunca se cumplen.
    Otro aspecto que también cuenta es el poco interés de parte de la población en la política y la desconfianza en las instituciones.
    Otras causas son la corrupción, la impunidad, la mala gestión de algunos gobernantes, la gobernabilidad sin rendición de cuentas y la compra de votos que ha adquirido nuevas formas de operación.
    Con todo y esto, coincido contigo que debemos defender nuestra democracia y a los encargados de vigilarla.

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