VIVIR SIN BAILAR

 

Por Ernesto Parga

                                                            “El ruido no hace bien; el bien no hace ruido”

San Vicente de Paúl

 

Ramón María me dijo, frunciendo el entrecejo, – esto no es una crítica, es tan solo un comentario. Nunca me han gustado las bodas, las coronaciones, las graduaciones o cualquier tipo de celebraciones similares con música y baile.  Hoy menos que nunca. Parece que hay una extraña correlación entre el volumen de la música y mi edad, a mayor edad… sonido más elevado de la música.

-Que no se me juzgue a la ligera pensando que es cosa de la edad solamente; repito, nunca me han gustado esas fiestas-. Añadió cargando de más fuerza a los ademanes que acompañaban a sus enérgicas palabras

– ¿Quién impone esta regla (la del altísimo sonido), que según sé, no a pocos disgusta, pero que se respeta más que el divino decálogo recibido por Moisés o que la Constitución que nos da ley y orden, quién la impone?

Intenté poner alguna objeción a la manera de esas de: Mira Ramón María, no seas egoísta…pero una mano levantada en señal de alto y una mirada de taladro me hicieron callar.

-Egoísmo dices, al contrario, misericordia y clemencia es lo que pido. ¡Qué alguien piense en la pequeña minoría que no gusta de la estridencia y el zangoloteo!, ¡Es qué algún derecho debemos tener!, Ojalá que algún día seamos también un estandarte para lo políticamente correcto y el partido político de los inalienables derechos de las “minorías minoritarias”, nos defienda prohibiendo que haya música en las fiestas. ¡Qué paz y que goce puedo anticipar! – y casi cerrando su idea me dijo, -tampoco suena tan descabellado; mira que ahora se defiende cada cosa.

Agregó, para dar más énfasis a sus razones -caray que, con ese salvaje ruido, nadie puede hablar, ni escuchar lo que te dice el primo al que hace 20 años que no vemos y que al día siguiente retorna a la ciudad en la que vive. –

Pensativo, Ramón María guardó silencio al tiempo que se recuperaba de la agitación que le produjo el arrebato anterior. Yo aproveché para ordenar mis pensamientos y contraponer alguna idea a sus esquizofrénicos argumentos, pero pronto caí en cuenta, que más allá de las exageraciones había mucha verdad en su postura. Ramón María, dejándome sus inquietudes, se fue dibujando en el aire, todavía molesto, un enérgico corte de manga.

También yo, amigos, me confieso sufridor de ruidosas fiestas, y especialmente de las que conllevan el, para mí, complicadísimo espectáculo del baile. Nunca he bailado, ni en mi propia boda, por la sencilla, e incomprendida razón de que no soy capaz de dar un paso, uno solo, en armonía con la melodía. Por favor, pido como Ramón María misericordia para que no se me clasifique como inútil y desadaptado en una época en donde bailar como ajonjolí tostándose es marca y seña de triunfo y de poder. Pienso que alguna otra habilidad puedo tener o desarrollar antes de que ser llevado al patíbulo por inservible. No soy culpable; soy la víctima.

En mi defensa, puedo argüir sinceramente que disfruto un rato; no 5 horas, viendo las habilidades dancísticas de los invitados a la celebración, con la más honesta de las envidias y suspirando como Cervantes de Saavedra por “la gracia que no quiso darme el cielo”.

 Allá uno, ya en sus años, que  con  aires  de Travolta atemporal  sacude la polilla, acá otro más que mira con desprecio a sus rivales sintiéndose  un Barýshnikov degradado que tiene que alternar con émulos fallidos de Cantinflas; y aquel grupo en éxtasis,  que bajo el supuesto  anonimato que proporcionan los grotescos  antifaces  se permiten los más inconcebibles desfiguros, armados de silbatos (para regalarle dos decibeles más a mis atormentados oídos),  de espadas luminosas, y de  collares en colores que lastiman la retina.

 El resto de la velada, en ese tipo de alucinantes convites que me parecen interminables en las pocas veces que obligadamente me apersono, (la boda de un hermano, la graduación de un hijo), se me va en dar enésimas explicaciones a todos aquel que se siente, repentinamente, con el grave deber moral y casi con la misión de vida de sacarme de mi “aburrimiento”.

El desfile de mis “rescatadores” es variopinto, pero homogéneo en sus intenciones, todos quieren compartirme generosamente la verdad a la que han llegado en esa etapa de sus vidas: La felicidad amigo, nunca lo olvides, me dicen todos, está en el arte del estremecimiento corpóreo del baile.  Cada cual intenta a su modo hacerme su prosélito, con el mismo entusiasmo evangelizador de un neo cristiano, de un ex alcohólico, o del gordito aquel que nos comparte los secretos ocultos de su nueva dieta, todos tienen el “fua” de un motivador de libros de autoayuda.

 Por eso no me gustan esas fiestas. Yo nunca acatarro con mi entusiasmo por la cocina o por el fútbol  a aquellos que no gozan de mis gustos.

Claro está, hay sus excepciones, recuerdo lo bien que la pasé en la boda de Arturo, mi concuño y amigo; ya que tenía bajo amenaza de exilio, excomunión y muerte en “garrote vil” al sorprendido y ofendido director del grupo musical que tocó en su boda, el cual acostumbrado a hacer siempre lo que le paga en gana, no podía creer lo que le pasaría si le subía al volumen o tocaba uno sola canción no autorizada.

Pude platicar con Lourdes y con Arturo, los esposos, sin necesidad de gritar.  Al felicitarlo por el ambiente agradable que se gozó, él me dijo lo recuerdo bien, -uno es el que se casa y uno mismo el que paga, que sea como uno quiere, ¿no crees?. Ni cómo no estar de acuerdo con semejante argumento.

En el otro extremo, recuerdo aun la celebración por el aniversario de un colegio cristiano en alguna ciudad de cuyo nombre no quiero acordarme. Los organizadores con los que compartía mesa, no tan avezados como Arturo, no intervinieron dando indicaciones sobre la intensidad del sonido y sobre la selección de piezas a tocar. Así fue como cenamos bajo el sonoro rugir de las trompetas de la Sonora Santanera y su muy poco cristiana melodía, “fue en un cabaret donde te encontré bailando, ofreciendo tu amor al mejor postor…

Transcurrida la cena y como en penitencial silencio por alguna inconfesada culpa, después de dos horas de miramos las largas caras, sin tener la más mínima posibilidad de ser escuchados y de comprobar que en las demás mesas acontecía lo mismo, para contento de muchos, el salón se fue vaciando mucho antes de la hora prevista.

Por eso no me gustan esas fiestas, estoy seguro de que hubiera concluido Ramón María.

 A decir verdad, con tanto ruido en el recuerdo, no puedo ya aventurarme en asegurar  si la conversación arriba citada con Ramón María fue real o tal vez sea solo un recurso a través de un alter ego para compartir la rareza de vivir sin bailar y ser enteramente feliz en el intento.

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