Donde el «bien mucho» se volvió «bastante»

Ernesto Parga Limón

La experiencia de ser migrante es muy compleja. Son migrantes, en cierto modo, también aquellos cuyos padres lo fueron, ya que en ellos se funde una doble historia: la del terruño propio y la de sus antecesores, con la carga emotiva que este contraste supone y que lo barniza todo, desde lo más superficial hasta lo más significativo. La otra tierra siempre está presente; ambas viven y laten en el corazón del migrante.

Yo me cuento entre ellos. Hasta los doce años crecí en Yahualica, Jalisco; pueblo cristero y recoleto, excepcional de muchas maneras. A 1880 metros sobre el nivel del mar, con clima seco y frío —todo cuenta, todo marca—, emigré con mi familia al noreste. Allí fui un fronterizo más, adaptado a nuevos usos, sabores, palabras y clima, aunque siempre con el corazón mirando al occidente.

Como una anécdota de ese cambio, ahora recuerdo que dejé de decir “¿qué te llama?” cuando preguntaba por el parentesco a alguien y aprendí a decir “¿qué es tuyo?”. Olvidé decir “bien mucho” para aprender a decir “bastante”.

Instalado ya en la nueva realidad del Matamoros de mediados de los setenta, y superado el choque cultural, entendí que vivía simultáneamente entre varias fronteras. La primera, vestida de río, que divide por capricho humano una misma tierra y una misma gente; una frontera casi fracasada que no puede contra la obstinación del amor al terruño y a la familia, y que separa solo lo que las leyes logran separar. La otra, la de mi propia edad, que me empujaba a cruzar el umbral que dejaba atrás mi niñez, aun sin yo desearlo.

Recuerdo con viveza las primeras impresiones de mi ciudadanía fronteriza recientemente adquirida. El espectáculo estrafalario de ver, en el verano, a los señores sentados en el porche de su casa, Coca-Cola en mano, vistiendo solo un short y con la barriga al aire, sin importar lo prominente que esta fuera. ¿Idiosincrasia de la frontera norteña, o quizá mera necesidad climática?

O el recuerdo dulce que se ha negado al olvido: de visita en casa de algún nuevo amigo presenciando el hecho tan norteño y casi religioso de la elaboración, en torno a las 5 de la tarde, de las tortillas de harina que serán el “lonche” de mañana, pero que obligaba a repartir las primicias como en santa ofrenda a los impacientes feligreses. Veo venir una tortilla de impecable redondez untada en mantequilla, otra más con frijoles recién refritos y chorizo del Empalme. Acá, bien adentro, guardo su olor y su sabor.

Supe de otra frontera en el espacio en que la vida me instaló en la nueva ciudad. Unos altos en madera sobre el negocio de mi padre, la paletería Helados Delicias, improvisaban lo que se deseaba fuera una casa. Sin duda la mejor de todas, porque por fin reunía a la familia tras muchos años de separación. Estaba sobre la calle 8, que rasgaba la realidad para presentar ante mis ojos dos mundos contrastantes y complementarios a la vez. Yo tuve un pie en cada lado de esta frontera citadina.

Al este, dirigiéndome a la calle 7, cruzaba el linde para acceder al espacio de lo formal, la cara ordenada de ese mundo, sede de las instituciones bancarias, del poder político, de comercios de muebles y de artículos deportivos, de papelerías y de restaurantes de buen comer, como aquellos dos que enfrentaban sus fachadas: el US Bar y el Texas Bar en dos esquinas de la plaza principal.

Todo esto bajo la mirada complaciente de Nuestra Señora del Refugio, que habita en la catedral y que dio, por algún tiempo, nombre a una población de innegable y permanente vocación de acogida al migrante. Por años hice ese viaje a lo formal, de la calle 8 hasta la 4, acompañando a mi padre a los bancos o a la presidencia a pagar contribuciones, y para acudir a la Secundaria #3 en el edificio que hoy alberga a la Escuela Superior de Música.

Por el lado opuesto, al oeste, caminando tan solo 100 metros de la céntrica frontera, se arriba al Barrio de la Capilla, un espacio formidable que amalgama todas las diferencias de lo humano. Allí vivían familias bien, algunas con prosapia, que compartían espacio con beodos tan alegres como insumisos, con chicas que intercambiaban caricias por monedas, con comerciantes que a viva voz ofrecían sus productos entre regateos y quejas de la avispada clientela que entiende como pocos el oficio de estirar el presupuesto.

La Capilla era —y yo deseo que lo siga siendo— polícroma; olía a todo: a cacahuate recién tostado en la Cordobesa, a menudo de La Vaquita y a los guisos de sus incontables cafés: la Jarochita, El Victoria o el Deportivo, entre otros. El barrio se vive con el ritmo de la música de Rigo y de los Terrícolas, que se cuela entre los anuncios de la cartelera del Auditorio Municipal: la otra catedral, la de la lucha libre. La Capilla se apura en el correr de los pasajeros que deprisa localizan la «pesera» para volver a sus ejidos, o en la parsimonia de las señoras que, cubierta la cabeza, cruzan la plaza para adentrarse en la iglesia.

Cada día, por muchos años, asistí justo en este barrio al espectáculo, como quien observa un lienzo surrealista, de todo el universo de fe, de pecado y de virtud; de redención y de contumacia tan propio de lo humano. Y todo esto sucedía mientras el recuerdo del pueblito de donde vine, lejos de perderse, se volvía cada vez más firme y vinculante.

Hoy, más que nunca, me reconozco como un ser de múltiples fronteras. A algunas llegaré con la alegría de quien sabe agradecer el contraste que da riqueza a la existencia; y otra, la última, se presentará sin invitación, inexorable.

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