MI MAESTRA DE VIDA

Por Ernesto Parga Limón

Antier, en virtud del día del maestro, en el chat de la familia, hubo un amable intercambio de opiniones, mi sobrina y ahijada, maestra de profesión, argumentaba que solo se debe felicitar a aquellos que son maestros titulados y no a otros profesionistas que imparten clases, a ellos, añadía mi sobrina, se les festeja en su día, (del abogado, del doctor, del ingeniero, etc.), otros manifestaban, en ese diálogo familiar, que maestro es todo aquel que enseña y que tiene alumnos. En realidad, no hay tal polémica, este es un debate de esos en el que al final todos tenemos un poco de razón.

Felicidades a todos los maestros; con, o sin diploma. A todos aquellos que guían (Educare) y que sacan lo mejor (Educere) de cada persona que se cruza en su camino; según la doble etimología de la palabra educación. Felicidades.

Adicionalmente hay, a mi parecer, otro tipo de maestros que, sin aula, ni pizarra, van mostrando el cómo y el para qué vivir. Son maestros de la vida, que con su ejemplo cotidiano son faro que ilumina y muestra un derrotero de esperanza y de amor. Todos tenemos uno o varios de ellos, personas que con independencia de nuestros padres o abuelos han significado enseñanza pura en nuestras vidas. Sin embargo, yo pienso que hay regularmente uno, que siempre se destaca sobre todos por su mayor impronta, porque su luz sigue iluminando cada día nuestro quehacer.

Hoy aquí con gratitud inmensa, cuento un poco de la historia y del impacto que la vida de la Señora Magda González de Argüelles: MAESTRA con mayúsculas y con toda la extensión de la palabra, ha tenido en mi propia historia.

Antes de conocerla yo trabajaba en el pequeño negocio que mis padres me heredaron, pasaba las tardes leyendo, había decidido seguir estudiando, aunque no solo para completar mi perfil de abogado, buscaba algo más, cursos o especializaciones en donde pudiera no solo aprender sino crecer también interiormente.

Un día me llamó mi hermano para decirme que había un diplomado anunciado en el periódico sobre Orientación Familiar para Maestros, eso es lo que necesito, pensé al instante. En ese momento mis hijos mayores tenían 9 y 6 años y yo daba clases de Derecho Romano en una universidad. Todo tenia sentido; yo era padre de familia, al tiempo que intentaba enseñar a mis alumnos, sentí que esto era providencial.

Inmediatamente me fui a inscribir, me informaron que era un programa de un año de duración y que ese año se celebraba ya su quinta edición.  Vi una foto que se exponía en la oficina y pregunté quién era la persona del retrato, me informaron que era la Señora Magda G de Argüelles la auspiciadora del programa que se llevaba a efecto también con el concurso del gobierno del estado. Esa fue la primera ocasión que escuché su nombre, sin embargo, reconocí su rostro. Lo había visto circunstancialmente años antes.

Mi negocio se ubicaba muy cerca de los Talleres Protegidos de la Asociación Gilberto que, supe después, también ella dirigía, la vi muchas veces llegar a visitar este centro de producción de artículos elaborados por personas con discapacidad. La ventana de mi negocio me permitía mirar directamente a la entrada de los talleres, vi innumerables veces que era recibida y despedida con mucho afecto por los operarios beneficiados de este programa, personas con ceguera, con sordera profunda, con síndrome Down, y con otras discapacidades físicas y mentales, que recibían una oportunidad para ser productivos, para sentirse útiles.  Vi siempre el tierno y paciente cariño que ella les prodigaba a cada uno. Me maravillaba ver a esa señora, desconocida para mí, tan llena de amor por aquellas personas tan necesitadas.

La primera lección de mi maestra de vida estaba dada por anticipado, la lección verdadera, no la del concepto o la definición de diccionario, sino la de la práctica amorosa del bien en todo momento y ante todos, la lección de la dignidad de la persona, del trato de excelencia que cada uno merece. Estudiamos las virtudes no solo para saber qué son, sino para vivirlas… se dice que enseñaba Platón.  Eso hace constantemente la señora Magda, respetar, promover, escuchar, en suma, amar a todos, lo he experimentado y atestiguado ahora ya por muchos años.

Una vez inscrito y asistiendo a las clases con expertos traídos de fuera, para formar profesores en la ciudad para que, como una piedra lanzada al lago, cada uno expandiera el bien, llevando su aprendizaje a sus alumnos y a los padres de sus alumnos, a través del fabuloso y transformador programa Escuela para Padres. Pero el verdadero aprendizaje estaba en ver la delicada y amorosa entrega de la Señora Magda, nada más que la presidenta de la asociación, a su programa, sin protagonismo, atendiendo a todos, cargando sillas, saludando y viendo a cada uno a los ojos, sonriendo, feliz de servir.

Incluso antes de terminar el Diplomado, quizá viendo en mi cierta hambre por el conocimiento, me llamó y me preguntó si yo tenía interés en formarme como Orientador Familiar, acepté con gusto, ya la disciplina corría a la par que la sangre por mis venas. El programa creció y llegó a todos los rincones del estado, se diplomaron en Orientación Familiar más de 8000 maestros, se instalaron más de 10,000 escuelas para padres, beneficiando a más de 500 mil personas, un auténtico portento nacido de una sencilla idea germinada en el corazón de un alma buena, servir y amar todo cuanto se pueda, y aun un poco más allá.

Lo demás fue verla e intentar aprender algo aun en mi pequeñez de espíritu, verla rezar con sincerísima devoción, verla leer, verla ayudar y sumarse a todas las causas, verla poner en práctica cada día su profunda creencia de que cada persona merece su atención y su amor. Dios le dio un talento y ella ha sabido ponerlo al servicio de la gente, todos aquellos que tenemos la fortuna de tratarla nos sentimos siempre queridos, importantes y con ello también capaces de querer.

En el amor uno no cuenta, suelen decir los clásicos, quien sabe amar busca en todo momento el bien del otro, nunca su bien, que de eso, se sabe también, de eso… se encarga Dios.

Cada día sigo recibiendo testimonios agradecidos de maestros, padres de familia y de alumnos por el enorme bien que los diferentes programas impulsados por la señora Magda, hacen en sus familias y en sus centros educativos, mostrándoles que siempre, siempre el amor es el camino.

¡Menuda lección de vida!

 Por siempre gracias, muy querida Señora Magda González de Argüelles. Maestra de mi vida