LA ISLA DEL PADRE EN TRES HISTORIAS CORTAS

1.- Un pescador en las escolleras:

Es sábado, vacié un poco la agenda para aceptar la invitación de mis compadres. Cruzamos el regio puente Queen Elizabeth (Isabel I de Castilla) nombre que revela el pasado español de la Isla del Padre.

Ya instalados. Los dos matrimonios caminamos entorno de la estatua del Cristo de los Pescadores, llegamos a las escolleras en donde ver el romper de las olas empujadas por la fuerza imponente de la mar infinita es todo un espectáculo. Los pacientes pescadores se afanan en su tarea, ya encuerdan, ya lanzan con fuerza y con el infatigable anhelo de que esta vez algo morderá el anzuelo. Una Joven pescadora siente el estirón en su caña, recoge el hilo y observa un poco decepcionada, camina a donde está su abuelo, este con la destreza que dan los años, suelta la presa y la regresa al mar. No media entre ambos ni una palabra.

Mi ignorancia es total en este oficio, lo cual es una ventaja, todo me asombra y todo me maravilla. Con un poco de vergüenza me doy valor para romper ese casi místico silencio, y pregunto con un poco de pudor, quiero saber la razón del porqué regresó ese espécimen al mar, tengo una sospecha que quizá en el tamaño pueda estar la clave. El pescador me mira y piensa en su ultimó silencio. Mi pregunta ha destapado el tarro de las esencias, de quien ama su silencio, pero ama más el compartir el secreto hondo de su pasión por la pesca.

Me dice, – es un gato, no sirve-, y prosigue una amplia cátedra sobre lo que merece la pena conservar y sobre lo que no, sobre cuáles son los lugares mejores, este no, -dice con vehemencia-, me gusta más Boca Chica; por ahí vivo yo-. Saca su teléfono de bisagras, una reliquia del pasado, lo abre ante mis ojos y me muestra orgulloso en unas diminutas fotos sus trofeos; “hermosos ejemplares”, -presume como todo pescador que se precie-.

Lo que siguió fue pura delicia, escuchar su historia detallada.

– Nací en el Soliseño, mi madre me arregló los papeles, ella compró, por cinco dólares, la partida de nacimiento de una de mis hermanas a la partera, con eso en cadenita nos vinimos todos. Yo trabajé en Miami, allá están mis hermanos, es un paraíso, ni como negarlo, pero a mí me gusta estar aquí, soy feliz pescando con estos chamacos que son mis nietos. Mi mamá me contó que una prima mía y toda su familia se hicieron ciudadanos porque demostraron que sus antepasados nacieron en Rio Rico, ¿Si sabe usted esa historia del desvío del Río Bravo que hizo que un pueblo cambiara de nación? –  Asentí con un rápido movimiento de cabeza, y antes de que continuara su alegre charla me despedí porque mi mujer y mis compadres habían seguido la caminata, gozándose del clima y del regalo divino de nuestra amistad.

Un hermoso memorial se destaca en esta zona. Es el Cristo de los Pescadores, situado en el extremo sur en el Parque Isla Blanca. Con un poco de atención, leyendo las placas, uno entiende el golpe anímico que supuso la tragedia en la vida familiar. Las placas consignan el nombre del pescador, el año de su muerte, el nombre de su barco y alguna sentida oración en su recuerdo por sus deudos. El majestuoso Cristo abre sus manos mientras mira de frente al mar.-

 Puedo, por un momento, escuchar en mi mente las infinitas oraciones dedicadas al Cristo por parte de los pescadores que van camino a la mar abierta, cierro mis ojos y los ve levantar su mirada y santiguarse respetuosos ante Él, son sus hijos temerosos, piden humildes poder regresar.  

 Bajo los pies del Cristo de los pescadores, en la base circular que lo sustenta, está escrita una frase sobrecogedora que se repite en la placa de granito que identifica al monumento y a su intención:

Padre: Recibe las almas de estos valientes pescadores quienes habiendo salido a navegar a través de este paso nunca regresaron.

Ineludiblemente el momento y el Memorial me llevan a pensar en el valor de la vida, de la familia y de la fe. Recuerdo de inmediato el bellísimo cuento de Anatole France: El Cristo del Océano. Retiro mi mirada del Divino Rostro, la poso en las escolleras, veo la gente que se baña y los barcos con turistas, observo a los pescadores cumpliendo impecables su ritual y retomo mi paso, el cielo policromado por el atardecer parece decirme; estás vivo, ¿Qué harás entonces con tu vida?, ¿Cómo honras ese milagro?

3.- La vida en una autocaravana

Yo que soy incapaz de clavar un clavo o de atornillar el más pequeño de los tornillos, admiro las habilidades de mi compadre, desune la casa rodante de la camioneta en la que la trasporta. Con un taladro baja y aprieta los soportes que le darán estabilidad, no olvida ir por el nivel para cerciorarse que no hay inclinación, conecta por allá una manguera del drenaje, otra más a la toma de agua, un cable para la electricidad mientras grita a su mujer para que encienda el a/c y el refrigerador. Me explica acerca del peso, las dimensiones, la autonomía, la velocidad ideal en carretera, etc.

 Yo escucho con atención las prolijas explicaciones de mi querido compadre, al tiempo que pienso que leer los mamotretos del farragoso Carl Marx debe ser tarea más fácil.

Como una paradoja extraña de la vida, el sueño dorado de mi mujer es de viajar en una autocaravana como hacen Charo y Carlos, sus admirados youtuber del canal La Gaviota Viajera que seguimos y disfrutamos ambos, ellos vendieron su casa y viven permanentemente de viaje en La Gaviota, así llaman a su autocaravana. Creo que mis compadres van por ese mismo camino; él, ya jubilado, está acariciando el sueño, ya tiene su Gaviota por lo pronto.

El parque de remolques de Isla Blanca está colmado, tenemos vecinos por doquier, me dice mi compadre que ese mundo es toda una industria, Observo a los vecinos y su vida placentera y desprovista de preocupaciones mundanas, sacan al perro, leen por la tarde, camina muy temprano, y así en cíclico ritual se gastan a sus anchas la vida.

Después de la caminata ya comentada disfrutamos de una velada inolvidable, compartimos tentempiés y unas copas de vino, brindamos por nuestras vidas y deseamos para nuestros hijos el bien, todo el bien posible, solo el bien en sus vidas.

Mi mujer entorna los ojos, pienso que imagina nuestra propia autocaravana, olvida las habilidades mecánicas que esto supone, todas ausentes en mi vida. Yo también entorno los ojos y recuerdo un verso del Viaje al Parnaso de Cervantes que nos explica que hay gracias que no quiso darnos el cielo.

Sé disfrutar y sé agradecer…eso sí.

Es de mañana es tiempo de regreso a casa.

1 comentario en “LA ISLA DEL PADRE EN TRES HISTORIAS CORTAS

  1. Avatar de Jaime

    Con tu relato disfruté la caminata y los lugares que visitaste, gracias Parga por trasportarme a esos lugares. Un abrazo con mis saludos.

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