VER LA VIDA PASAR

La tarde cae con lentitud, es verano y la luz estira su presencia. Los postrimeros rayos de sol mudan de color la piedra cantera omnipresente en ese pueblo.  El niño sentado en la banca bajo el portal ve pasar la vida multifacética. Él no lo sabe, lo sabrá después, pero al estar atento y concentrado en la vida que bulle a su alrededor, está practicando el filosófico y necesario dolce far niente (la dulzura de no hacer nada), fuente y depósito de las memorias que ahora, en la distancia, se pueden contar.

Su casa, de frente a la iglesia parroquial y a la plaza señorial, justo al lado del cine, es camino obligado de todos y de todo. El mercado a una cuadra, la primaria y la prepa a la vuelta. No hay espacio para el aburrimiento en este permanente desfile de colores y de formas. Transeúntes que visten pantalones acampanados y faldas a cuadros y flores de terlenka, la moda marca cuellos largos y puntiagudos, parches de “happy face”, y cortes de pelo afro para los chinos y príncipe valiente para los lacios. El niño ve y atesora.

– ¿Cómo les fue en el examen?, -grita la madre por encima del niño, a dos de los compañeros de su hijo mayor.

Nos sacamos 10 madrecita, -ataja rápido uno de los estudiantes, diez entre los dos, -sentencia el otro-. La madre prorrumpe en sonora carcajada celebrando el humor y la desfachatez juvenil. El niño no entiende, pero ríe también, entenderá después.

En tanto, su madre gasta generosa sus horas zurciéndole los pantalones a él y a sus hermanos que han sufrido las embestidas de los juegos propios de la edad. Ambos están acostumbrados a la silente compañía, cada uno en su mundo, la madre hacedora de milagros, toda su energía se troca en servicio a los suyos, el niño sueña, sueña, ese su oficio principal.

Sigue cayendo la tarde, el pueblo parece otro, la luz del sol cede poco a poco ante los focos y los reflectores, las formas se proyectan caprichosas sobre las vetustas paredes. El radio de gabinete, al lado de la máquina de coser de la madre, toca la canción Felicidad del Pirulí:

“Felicidad
Hoy te vengo a encontrar
Cuanto tiempo
Huiste de mí…”


Es 1969, es un éxito, y el niño tiene 7 años y no sabe que recordará ese momento.

La plaza que es el lugar de todos, el Jardín le dicen, es en realidad el teatro de la vida en donde cada uno representa su papel frente a los ojos del niño y de los demás; el enamorado que corteja a la chica se sirve, para sus propósitos, de un ramo de flores y otro de palabras que enderecen la voluntad de su amada en su favor. Los viejos que comparten banca desde hace años y que ya son como niños, hablan todos y cada uno cuenta su historia, no les interesa que los oigan, el resultado de aquella Torre de Babel es simplemente delicioso.

Un grupo de mujeres enlutadas cruza el atrio y mientras dejan caer la última ave de su rosario, penetran en el jardín que es la otra cara de la vida. Recogimiento y comunicación, sosiego y algarabía, templo y plaza, dos formas complementarias de la vida buena.

El niño ve pasar la vida frente a él, ve en manos de otros los juguetes que desea, la patineta, los zapatos de futbol, la peteca muy de moda entonces, no hay tristeza; ya que en aquella infancia el desear era la forma más sublime y prolongada del tener.

El niño ve pasar a sus amigos que camino al Jardín empiezan a congregarse, avisa a su madre y se reúne con ellos. Seguirán, como cada noche, dos horas de risas e infantil jaleo. El olor a cacahuates y semillas tostadas en anafre de carbón, que marchanta un viejo de desaseada barba, es casi invencible; solo las ganas de jugar lo vencen.

El niño juega y sueña, corre y sueña, brinca y sueña, se esconde y sueña, no sabe, porque no puede ni siquiera imaginarlo, que dejará de jugar algún día, aunque no de soñar, porque aprenderá con el tiempo a recordar… que es una manera distinta de seguir soñando.

Los viejos se recogen temiendo al sereno, las madres llaman a sus hijos; es hora de dormir, el pueblo enmudece, los niños abandonan sus juegos con la promesa siempre cumplida de que mañana al caer la tarde volverán a verse.

Yo ahora, en el filosófico y necesario oficio de mi dolce far niente vespertino y estival, te saludo.

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