DOS PUEBLOS, DOS INCENDIOS, UNA VIDA.

Por Ernesto Parga Limón

“Nadie se va del todo siempre y de algún modo algún trocito quedará, de su alegría, de su nostalgia, de aquella luz que había en su mirar y la verdad que había en sus palabras”.                                                                                                              Sergio Esquivel (canción popular)

 

Llegó del sur ya que el destino, que no siempre sabe de querencias, lo lanzó allá, “pal norte”, con una interrogación en la cabeza y otra más en su contrito y solitario corazón.

Mantuvo siempre, como el viejo tango El corazón mirando al sur, porque allá habían quedado todos sus amores.  Honró con su trabajo honesto y su infatigable esfuerzo al solar que le acogía; la antigua Villa del Refugio, la que nunca se deja ganar en hospitalidad, generosa porción del suelo patrio, que da, a orillas del Río Bravo, un sueño nuevo a todo sueño cancelado.

Así era él, vida vivida para desvivirse por los suyos: sus hermanas, sus padres, su esposa, sus hijos y sus nietos. Su larga vida consistió sistemáticamente en hacerse a un lado para que, por él, otros fueran felices. –Siéntate a mi lado y serás felizsolía repetir casi como un estribillo de poética canción de cuna.

Alguna vez leí que la verdadera descripción de amor se encierra en esta expresión: En el amor uno no cuenta. Y ese fue su credo. Así era él.

 Recuerdo ahora la parábola de los dos hermanos, que ante la pregunta que se le hace   al niño mayor que ha subido la ladera escarpada con su hermanito a horcajadas sobre su cuello -¿No te cansas? responde, dibujando una sonrisa en su rostro fatigado. -No me pesa, es mi hermano-. Así era él.

La tierra de Agustín Yáñez le vio nacer, aquel “pueblo de mujeres enlutadas”, de imponente parroquia de cantera, de exquisitas arcadas delineadas con maestría por artesanos que aman su añejo oficio de cantero, pueblo de chile de árbol, de picones , de papas en vinagre  y de domingos de “jardín” en que la música ambiental se confundía con los vocingleros  piropos lanzados por los hombres  a las bellas  alteñas de ojazos tapatíos,  y con el tronar de los tostados cacahuates  que  van amontonando su cascara en la acera ante la mirada amenazante del barrendero que empuña su enorme escoba de popotes.

 Y fue un día que fiel a su costumbre de ayudar, él, siendo el responsable de la pequeña terminal, ante la falta de choferes, toma el volante de un viejo autobús, y como siempre se cumple la conseja popular de que en los bienes y en los quehaceres ajenos cae la desgracia, esto exactamente sucedió, un pasajero llevaba gasolina y otro fumaba, las llamas se esparcieron raudas abrasando a su paso fierros y personas.

 Y perdió todo, todo se le arrebató al hacérsele responsable. Y tuvo que salir, buscando nuevos horizontes, dejando por allá jirones de su alma. Aquel suceso le dejó cicatrices en la frente, en ambos brazos y en la mente que lo acompañaron a lo largo de su vida.

En las calles del centro en los 50s, fue un matamorense más, aunque seguía su corazón mirando al sur. En la calle Ocho con circulación de sur a norte, entre paleteros y paletas, entre fritos y friteros pasó sus días y muchos de sus años.

La Capilla que era en aquella época aun un barrio familiar, fue su espacio vital para combatir las añoranzas hijas de su soledad acumulada.  Recorría la calle 10 y cumplía su precepto dominical en la iglesia del Sagrado Corazón que edificó el recordado Padre Ornelas, justo al lado del Mercado Quintanilla. La Capilla cuna del guayín, mágica cura de la cruda de beodos amanecidos, favorito de obreros, de estudiantes sin fondos que haciéndose la pinta compartían mesa, en ecuménico convite, con jubilados, con vendedores de cachitos de lotería o con chicas de galante vida, todos ellos visitantes asiduos de La Jarochita, El Victoria, El Deportivo, El Buen Gusto y otras loncherías de idéntico formato.

Y la marquesina del cine Alameda anunciaba la doble función de películas del Santo, mientras que los luchadores locales intentaban, justo al lado, emular sus piruetas en el Auditorio Matamoros aquel mismo que infatigablemente prometía en su estentóreo sonido publicitario “Munchas, pero munchas emociones”. Y el santo, vivificante y ancestral olor a café recién tostado del expendio “La Cordobesa” inundaba toda la placita, y se metía hasta la médula en cada uno de sus desocupados transeúntes.

Pasaron los años y el norte le sentó de maravilla, reunió de nuevo a su familia y prosperó dándole a sus hijos pan, carrera, y con su ejemplo, el impagable regalo de vivir con la frente en alto. Así era él.

Y acrisoló en su vida lo mejor de ambos mundos, la cultura del esfuerzo tan propia de estos pueblos, aprendida en parte, de tantos “árabes y libaneses” asentados por los “nortes” de la patria, pero conservando, al mismo también, las costumbres propias del occidente mexicano. El negocio cerraba sus puertas de 2 a 4 de la tarde para comer en familia, igual que en el pueblo alteño de sus recuerdos. Y se comía y se hacía familia a la de antes, no solo por el hambre, sino en celebración al hecho de estar juntos. El padre ocupaba el lugar de honor y aunque dispuesto lo cedía, la madre obstinadamente lo impedía con la misma tajante admonición, -Ya saben que es el lugar de su papá- y el anhelo de ocupar la silla renacía al día siguiente con idéntico resultado.

Y sucedió de nuevo, el fuego apareció y arrasó con la única fuente de sustento, el comercio en el que tanto se esforzó sucumbió al implacable ataque de las llamas, y ahora ya, con 60 sobre sus espaldas y muchos deberes familiares por cumplir, el destino aciago lo golpeaba nuevamente. Pero el fuego solo espoleó al gigante del amor, sacudida la tristeza, despertó de nuevo y luchó y se aseguró una vez más, que por él todos fueran felices. Y resultó más fácil levantarse ya que ahora los suyos estaban a su lado, esta vez no había ni norte ni sur, estaba situado en el mejor de los puntos cardinales, en el epicentro mismo del amor genuino; su familia, que siempre dio rumbo a su existencia. Así era él.

Y otro día, cumplida la tarea, se fue sin irse, se fue tras la Rosa marchita que prometió cuidar eternamente, pero que el destino que no sabe de querencias, meses antes le había arrebatado. Se fue sin irse.  Se quedó, como se quedan aquellos que descifraron en su vida la clave grande del amor: Uno no cuenta.

20/mayo/2020-

DE PUDORES FEMENINOS Y MASCULINOS

                                                                           Por Ernesto Parga

«No enseño ni adoctrino, lo que hago es relatar.» Michel de Montaigne

Cualquiera, en estas condiciones de encerrona por Covid-19 se vuelve más observador, más analítico, a falta de distractores y de prisas se aguza la mente, se comparan con parsimonia tiempos, géneros, edades, nacionalidades y gustos. No hay merito alguno. En realidad es la natural consecuencia de la ralentización a que inopinadamente fue sometido nuestro casi frenético y descerebrado uso del tiempo. Así como la naturaleza y la vida animal están recobrando espacios que les fueron arrancados; de igual manera la mente va recuperando y reconquistando sus capacidades de inquisición ante cualquier realidad que se le ponga enfrente.

¿Cómo le hacen en otros países para ser felices sin tortilla y chile?

¿Quién habla más, el hombre o la mujer?

¿Cómo hubiera sido esta encerrona hace 20 años sin celular y sin Netflix?

Y así un largo etcétera en esta línea de “profundísimas especulaciones metafísicas” cuyos únicos servicios son, por una parte, la lubricación de la oxidada capacidad de pensar y por el otro, proveer a la enclaustrada humanidad de la falsa sensación de que el tiempo trascurre más rápido una vez que se ha resuelto la cuestión en turno y aun incluso sin haberla resuelto.

El más reciente episodio de esta acometida mental, que bien pudiera llamarse “De pudores femeninos y masculinos”, me sucedió apenas ayer, cuando un tanto atribulado por el excesivo cobro del ultimo recibo de luz, perdón me corrijo aquí, el más reciente, ojalá que alguna vez fuera el último, pero un contrato con la compañía de luz exige igual indisolubilidad que el matrimonio cristiano; hasta que la muerte nos separe.

 En virtud que el cobro en cuestión tenía más ceros que días la sana distancia, determinamos todos en casa, aprovechando el fresquito que dejó la lluvia, apagar el aire acondicionado y retomar la no tan antigua costumbre de abrir las ventanas. (Cualquiera que haya pasado su infancia en el húmedo verano del noreste de México, se recordará durmiendo en el piso con las puertas abierta y las infaltables mosquiteras como único mecanismo de seguridad ante moscos, sancudos, grillos, famélicos perros, borrachos trasnochados, ladrones y almas en pena.)

Una vez levantadas las ventanas, modernas guillotinas del rocío y del sereno, nos vimos en la imposibilidad, al llegar la hora de dormir, de activar la alarma ya que cada ventana cuenta con un sensor que se acciona al estar abierta, el dilema, entonces, se nos planteó muy complejamente:

O aire natural y consiguiente ahorro de energía con su toque de remembranza por los tiempos idos, o seguridad de alarma y más ceros a la cuenta de los relojes en el medidor que volverían a girar como hélices de supersónica nave.

Mi mujer atajó pronto, -ni loca me duermo con la ventana abierta y corrida la cortina, ¡te queda claro!, todos los “viejos” nos verían, ni loca ¡eh! – Yo insistí con el argumento fracasado de otras tantas veces, de que sin correr la cortina el aire rebota y escapa por donde llegó, y adiós el fresco.

En ese momento por la sabiduría que otorga la experiencia de vida supuse que mi derrota era cosa cantada.

De cualquier manera, ya por el mero gusto de recuperar por la cuarentena el viejo oficio de pensar, intenté dilucidar.

¿Por qué se experimenta tan diametralmente opuesto el pudor entre hombres y mujeres?

¿Quizás el pudor masculino tiende más proteger y a salvaguardar la idea que de uno mismo se quiere proyectar, quizás por eso el hombre llora menos y calcula más cada una de sus palabras o expresiones? A lo mejor el hombre piensa, -no importa que se asomen por mi ventana con tal que no se asomen a mi alma.

¿Qué cómo experimentan y viven el pudor las mujeres? No lo sé, pero sí sé que ni en mil cuarentenas mi mente masculina lo comprenderá.

Pero la vida aún a los 57 nos tiene reservadas algunas novedades. Mi hijo, que por mera obra del azar escuchó el desparejo debate conyugal decidió intervenir, creo que, por mera solidaridad en rescate del compañero caído, y bien armado con el doble e imbatible poder de ser el hijo mayor y además varón, con el aplomo que da la certeza en aquel que se sabe ganador con o sin razón, con asombroso sosiego y una levemente acusada soberbia… Pontificó; ¡Ay ma si se mete un viejo la Trufa le ladra! Y la ventana se abrió y las cortinas se corrieron como el agua sumisa del mar rojo ante la divina orden; el milagro se reeditó. ¡Poder es poder!

Y esa noche dormí sereno sin pensar en los relojes del medidor de la CFE, y dormí con el dulce sopor que me produjeron las oleadas repentinas del sereno que llenaban nuestra habitación.

Pero, ya se sabe que no hay felicidad perfecta, justo a la mitad de la jornada nocturna me despertó la acuciosa necesidad de dirimir una cuestión más de esas, de “profundísima especulación metafísica” y además, esta, de urgente respuesta para todo norteño bien nacido.

¿Cuándo volverán a prender el carbón mis hijos?

18/mayo/ 2020

Las novelas y la pandemia

                                                                                                 Por Ernesto Parga

  “Nunca permitas que el futuro te perturbe, lo encararás si debes hacerlo, y con las mismas armas con las que hoy combates el presente.” Atribuido a   Marco Aurelio               

Don Miguel de Unamuno, el célebre escritor vasco, acuñó un neologismo para denominar con un género distinto a sus novelas, las llamó nivolas, para distanciarlas intencionalmente y como una muestra de rechazo de los parámetros de la novela realista tan en boga en el siglo XIX. Quizá el ejemplo más logrado y al mismo tiempo más conocido sea la nivola “Niebla”, también se recomienda la lectura de la apasionante nivola “Abel Sánchez… una Historia de pasión”

Unamuno en boca de uno de los personajes de Niebla, Víctor Goti, el íntimo amigo del protagonista Augusto Pérez, describe las características de una nivola:

—Pero ¿te has metido a escribir una novela? —¿Y qué quieres que hiciese? —¿Y cuál es su argumento, si se puede saber? —Mi novela no tiene argumento, o, mejor dicho, será el que vaya saliendo. El argumento se hace él solo. —¿Y cómo es eso? —Pues mira, un día de estos que no sabía bien qué hacer, pero sentía ansia de hacer algo, una comezón muy íntima, un escarabajeo de la fantasía, me dije: voy a escribir una novela, pero voy a escribirla como se vive, sin saber lo que vendrá. Me senté, cogí unas cuartillas y empecé lo primero que se me ocurrió, sin saber lo que seguiría, sin plan alguno.

¿Les suena esto conocido?, “un día en que no sabía que hacer, sin plan alguno” Extraña declaración hasta hace unos pocos meses, cuando nuestras vidas regidas por rigurosos calendarios, horarios, pensamientos y acciones, se ajustaban al ritmo frentico que impone el paradigma del bienestar capitalista,  que busca, ahora lo sabemos,  erróneamente  la seguridad ante todo, esa seguridad que se manifiesta  como un intento de atraer y de anticipar el futuro para poder de esta manera  colocar, en el presente, las piezas del puzle de nuestro devenir, fijarlas de tal manera que este quede definido de conformidad a nuestra propia  conveniencia.

Siempre me pareció, amén de inútil, muy poco poético el empeño necio por la   ultra-seguridad que se gasta su presente real en aras de construir un futuro que aún no es. Recuerdo haber leído en alguna ocasión qué si algo define al futuro es precisamente la certeza de su incertidumbre, eso es y en eso radica la naturaleza de la vida  futura; tiempo por vivirse.

Hoy la vida en pandemia, que aún nos parece surrealista, lenta y en ocasiones insoportable, nos coloca casi como personajes de una nivola, historias sin futuro cierto, así como se vive, sin saber lo que vendrá nos explica Víctor Goti el citado personaje unamuniano.  

El coronavirus que hoy se yergue como un moderno iconoclasta, que nos arrasa derrumbando muchos de nuestros falsos dioses, los dioses en los que depositábamos la certeza radical de nuestra seguridad, o quizá aún más grave y doloroso, este virus también derrumba, vence y pisotea al dios cuasi omnipotente en que cada uno de nosotros se había más o menos convertido al compás del ritmo que las ideas al mando nos imponen con jerárquica e ineludible autoridad.

¿Catástrofe o era nueva? las opiniones las hay y son variopintas, hay quien ven esto como el fin del mundo, el triste omega de la humanidad y otros como la inesperada oportunidad para renacer de nuestras miserias y despertar como humanidad a otro estado de conciencia.

No quiero suscribir ninguna de las  dos visiones sobre  esta pandemia.  Rechazo la una por fatalista, por que creo que la vida sigue su derrotero y todavía quedan muchos capítulos por escribirse en el libro de la  comedia humana y rechazo la otra por ingenua, por que supone que la humanidad en su conjunto, aprenderá una lección y que todos, dominadores y dominados, siervos y señores caminaremos al fin juntos en busca del nuevo sol. Casi como el  feliz final de  una película futurista.

Creo que esta contingencia si es algo de catástrofe u oportunidad lo es, solo, en clave personalísima y no colectiva.  ¿Qué nos deja a cada uno? ¿Qué nos quita a cada uno?, ¿me derrumbo o me levanto, me quejo de lo perdido o recupero lo olvidado, lo valioso? Se impone una respuesta personalísima, es decir cada uno cargará  y deberá responder a su propia pandemia.

Hecha añicos la seguridad, el loco afán de medir el futuro y de pretender acomodar antojadizamente sus infinitas variables, – el barril de petróleo a 49 dólares-,  -15 millones de turistas al año y su contante derrama económica- podemos, ahora, parafrasear a Pablo de Tarso para preguntarnos  ¿Dónde está, oh seguridad tu victoria?

Así en tanto, creo que viene bien un poco de sana incertidumbre, un poco de nivola en nuestras historias, que se escriban así como se van viviendo. Un poco de poético, romántico e inasible futuro de ese  que se alimenta de la esperanza en el azaroso porvenir, también nos viene bien.

abril 2020

SOBRE LA UTILIDAD DEL DOLOR

                                                                                    Por Ernesto Parga

      ¿Tiene algún objeto la reflexión ya sea personal o colectiva que nos lleve a través de la especulación filosófica a preguntarnos sobre la adversidad y sobre la presencia del dolor y del mal en nuestras vidas?, ¿O solo queda, según la conseja popular, “hacer de tripas corazón” e intentar seguir viviendo en medio del desgarro que supone una pérdida?

 No son pocos quienes se preguntan confundidos y quizá influenciados de la mentalidad actual que sobrevalora el bienestar por encima de cualquier otra consideración vital:

¿Es útil regodearse en el dolor?, ¿ No hay en ello una suerte de autoflagelación?

 La filosofía clásica piensa absolutamente lo contrario. Establece que una ponderada reflexión sobre sufrimiento supone en realidad una pregunta por el sentido de la vida. Una oportunidad para valorar el efímero instante, lleno de posibilidades, que llamamos vida.

Y la vida es claramente mucho más que bienestar, es amor y es odio, es pertenencia y es pérdida, es placer y es dolor, es fatiga y es reposo, es hambre y es saciedad, es luz y es sombra. Por ello es que una reflexión sobre el dolor resulta amen de  útil tremendamente imprescindible.

Sin embargo saberlo no es lo mismo que sufrirlo, por eso cuando el hacha del dolor cae sobre nuestra alma  parece que se nos acaban todos las respuestas y se multiplican, entonces,   todas las preguntas.  

Así a lo largo de la historia a través de la religión, de la filosofía, de las artes mismas o del intento de comprender su propia sique, el hombre ha intentado resolver la pregunta de todas las preguntas.

La pregunta de todas las preguntas

Es la pregunta tan radical y de tal gravedad que lleva incluso por extensión a  preguntarse por los   mismos atributos  de Dios, por  su bondad, y  por  su omnipotencia.

Es el conocido problema de la teodicea o problema del mal que, desde Epicuro, intenta justificar y hacer convivir la existencia de un Dios bueno y poderoso con la presencia del mal en el mundo…se plantea de esta forma:

¿Es que Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente.
¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces no es bueno
¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces el mal?

Pero el problema del mal se revela aún más doloroso cuando más allá de los cuestionamientos filosóficos o teológicos,   las preguntas las pronuncia el propio doliente  desde su experiencia existencial.
 ¿Por qué yo?  O quizá aún más desolador resulta escuchar   ¿Para qué sufro, qué sentido tiene  mi sufrimiento?

 Dice, Robert Speamann, “La pregunta acerca del sentido del sufrimiento es la pregunta acerca de la experiencia de la falta de sentido, pues justamente en esa experiencia consiste el verdadero sufrimiento. ¿Qué sentido tiene la experiencia de lo sinsentido?”

Algún sabio dijo que los hombres somos capaces de sufrir tres veces por la misma cosa: Antes de que suceda, mientras sucede y después de que ha sucedido.  Es decir que agregado al incomprensible fenómeno de la perdida en sí, habrá que agregar el no menos incomprensible manejo emocional que de ella hacemos los hombres.

¿Dan estas disciplinas  (La religión, la filosofía o las artes) respuestas a esta acuciante pregunta? ¿O es que no necesitamos en realidad una respuesta sino tan solo saber que no estamos solos en el dolor y desde ahí encontrar un motivo que a manera de una causa o de un amor nos impuse a superar la pérdida más allá de comprenderla?

En la misma biblia conviven muchas veces, las preguntas sin respuesta  ante el inefable misterio del dolor Humano, con la certeza de saberse siempre acompañados:

– “¿Hasta cuándo Señor, me seguirás olvidando? ¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro? ¿Hasta cuándo he de estar angustiado y he de sufrir cada día en mi corazón?”—Salmos 13:1–2

-“Mis lágrimas son mi pan de día y de noche, mientras me echan en cara a todas horas: ‘¿Dónde está tu Dios?’”—Salmos 42:3

-“Me has echado en el foso más profundo, en el más tenebroso de los abismos.”—Salmos 88:6

Conviven, repito, las preguntas sin respuesta con la seguridad del acompañamiento divino en nuestros momentos de mayor dolor, La biblia sobre todos nos provee   la certeza de que no sufrimos solos, que el mismo Dios sufrió lo indecible por mero amor a nosotros. Abrazando, para el perdón de nuestros pecados, su calvario y su muerte de cruz. Así lo expresa con poético énfasis Miguel de Unamuno en este fragmento de su magnífico poema El Cristo de Velázquez:

“Desde entonces

por Ti nos vivifica esa tu muerte,

por Ti la muerte se ha hecho nuestra madre,

por Ti la muerte es el amparo dulce

que azucara amargores de la vida;

por Ti, el Hombre muerto que no muere

                            

En su  libro  “The View from a Hearse,” Joe Bayly,  comparte   la historia de dos hombres que vinieron a consolarlo tras la muerte de sus tres hijos. El primero vino con respuestas. Dijo que Dios tenía un plan, que Él lo resolvería para su bien, y que Dios le daría fuerzas. El segundo hombre vino simplemente a sentarse con él. No dijo  nada al menos que se le preguntara algo, pero rezó a su lado  y se sentó en silencio con él. Joe escribe que aunque ambos hombres tenían buenas intenciones, él   no podía esperar más, para que el primer hombre se retirara y no podía soportar que el segundo hombre partiera.

La añeja sabiduría popular refrenda esta idea de que la conciencia del dolor compartido es quizá la mejor forma de superación.

Viene a mi memoria una parábola “El grano de mostaza”. Que, en síntesis, refleja el dolor de una madre que ha perdido a su hijo pero que, sin embargo, confía en volverlo a la vida gracias a las artes mágicas de un sanador. Este no desalienta a la madre; solo le pide que para resucitar a su hijo le consiga un grano de mostaza obtenido en un hogar donde no se conozca la desgracia, la muerte o el dolor.

El final de la parábola se puede anticipar: el grano de mostaza, ese grano tan especial, jamás aparecerá, y el dolor de la madre se verá mitigado, en parte, al comprobar cuántos y cuán grandes son también los sufrimientos de todos los demás seres humanos.

Son incontables los pensadores que, a través de los siglos, han intentado encontrar sus propias respuestas, que si bien no nos aclaran sobre el porqué del mal si nos ofrecen pistas   sobre el para qué del mal, sobre la utilidad, en fin, sobre su sentido.

Así en Los hermanos Karamasov, Dostoievski hace hablar al monje Zossima, quien consuela al afligido Aliosha el menor de los hermanos por la muerte de su padre.  Diciéndole: “He aquí mi testamento busca la felicidad en las lágrimas”, y una vez muerto Zossima se le aparece en sueños a Aliosha para decirle con serena gravedad: “Sufrirás mucho, pero encontrarás tu felicidad en los mismos sufrimientos.”

En esa línea se ubica Frankl cuando en” El hombre doliente” nos explica de la posibilidad de convertir dolor en crecimiento.

Nos dice el padre de la Logoterapia. “podemos convertir el sufrimiento en acción trascendente, puesto que el sufrimiento aceptado con sentido positivo nos lleva más allá de nosotros mismos, haciéndonos más aptos para vivir valores humanos de rango superior”

-Rumi el exquisito poeta sufí, declara:

“La herida es el lugar a través del cual entra la luz”.

-Y mi muy admirado Carl S Lewis nos advierte por si lo hemos olvidado:

“Nos han prometido sufrimientos. Eran parte del programa. Nos fue dicho ‘Bien aventurados los que sufren’”.

Anatole France , el célebre autor francés  por su parte nos dice.   “El sufrimiento, qué divina incógnita, le debemos todo lo que hace amable la vida, le debemos el valor, le debemos todas las virtudes”.

Incógnita sea quizá el mejor nombre para el dolor, quizá nunca la mente humana pueda entender este inefable misterio de Dios.  Solo queda acaso convertirlo en aprendizaje sanador, y eso es posible; la experiencia así lo muestra.  Con toda seguridad algunos de los que están leyendo esto se dirán:

 ¿Pero cómo es que me levanté?

 ¿Quién me está sacando del pozo insondable de mi pena?

 ¿Cómo es que sigo aquí, intentando vivir, de donde sale esa fuerza?

 ¿Cómo es que ahora mi pobre fuerza es ahora fuerza que alivia a otro?

 Solo Dios lo sabe, por ahora es suficiente, pero quizá algún día nos será revelada esta incógnita en algún confín del cielo y de la eternidad.  Así, la única respuesta a la incógnita se resuelve en clave de esperanza, esperanza en la Providencia, Dios proveerá de fuerza ya que nunca da más de aquello que se sea capaz de soportar.

 Esperanza en el consuelo del tiempo que trocará atardeceres por amaneceres, así lo intuye el anónimo autor del Poema de Mio cid:

“Ya la oración se termina, la misa acabada está,

de la iglesia salieron y prepáranse a marchar.

El Cid a doña Jimena un abrazo le fue a dar

y doña Jimena al Cid la mano le va a besar;

no sabía ella qué hacerse más que llorar y llorar.

A sus dos niñas el Cid mucho las vuelve a mirar.

“A Dios os entrego, hijas, nos hemos de separar

y sólo Dios sabe cuándo nos volvamos a juntar.”

Mucho que lloraban todos, nunca visteis más llorar;

como la uña de la carne así apartándose van.

Mío Cid con sus vasallos se dispone a cabalgar,

la cabeza va volviendo a ver si todos están.

Habló Minaya Álvar Fáñez, bien oiréis lo que dirá:

“Cid, en buena hora nacido, ¿vuestro ánimo dónde está?

Pensemos en ir andando y déjese lo demás,

todos los duelos de hoy en gozo se tornarán.”.

En gozo, en olvido, en puñal traspasa y no da tregua, en soñoliento sopor que espera, cada uno lleva su dolor y va viviendo su tiempo.

EL ATRIO DE LOS GENTILES

                                              ATRIUM GENTIUM

                                       Por Ernesto Parga Limón

Si hoy se visita Jerusalén buscando lo que queda en pie de su famoso templo, solo se encontrará visible el Kotel, el muro de las lamentaciones, y de él solo 60 metros el resto de los 488 metros que lo conforman está oculto entre edificaciones en el barrio musulmán.

 Según la tradición el primer templo, construido por El rey Salomón en el siglo IX antes de Cristo, fue destruido y posteriormente Zorobabel ordenó su reconstrucción (segundo templo) iniciando los trabajos en el año 535 A.C.  Tiempo después, ya muy cercana la era cristiana (19 A.C.) Herodes ordenó una nueva reconstrucción incluyendo reformas y adiciones, entre estas, un espacio de acceso libre para los no judío, no circuncisos, neófitos  o sin linaje judío, en el primer templo esto no era posible. Este espacio de acceso libre se denominó Atrium Gentium, (el atrio de los gentiles) Ahí se reunían con la muchedumbre los maestros de la ley y los rabinos dispuestos a escuchar dudas y a contestar preguntas sobre Dios en un diálogo de apertura y respeto.

Un tercer templo de Salomón será erigido con el advenimiento del mesías judío.

Una reciente iniciativa del Vaticano (2009) retoma este nombre y este tópico- el Atrio de los Gentiles-, para abrir un nuevo diálogo entre creyente y no creyentes en la convicción de que sí se derriba el muro de la separación entre quienes tienen distinta cosmovisión del mundo, este mismo saldrá enriquecido y convencidos los participantes directos e indirectos de la necesidad urgente de hacer primar el respeto ante la exclusión, la paz ante la violencia y el amor ante el odio.

Supongo que cada lector tiene su propio atrio para gentiles o para creyentes según se ubique en alguna de estas dos cosmovisiones.

En Los conjurados, el ultimo poema publicado de Jorge Luis Borges; irremediablemente  se nos remite a pensar en el Atrium Gentium que Borges, tal vez, lo recuerda o proféticamente lo anticipa o solo es una feliz casualidad:

En el centro de Europa están conspirando.

El hecho data de 1291.

Se trata de hombres de diversas estirpes, que profesan diversas religiones y que hablan en diversos idiomas.

Han tomado la extraña resolución de ser razonables.

Han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades (…)

En el centro de Europa, en las tierras altas de Europa, crece una torre de razón y de firme fe.

Los cantones ahora son veintidós. El de Ginebra, el último, es una de mis patrias.

Mañana serán todo el planeta. Acaso lo que digo no es verdadero, ojalá sea profético.”

Así hablaba Borges, el inmenso Borges, el polémico Borges, el provocador Borges, me sirvo de su atemporal vigencia como un ejemplo de este diálogo interior que se suscita entre un escritor, auto declarado agnóstico, y un lector creyente. Este es mi atrio y ahí se pasea Borges a sus anchas.

Cómo no sentirse asombrado y abrumado ante la portentosa inteligencia de Borges, de su descomunal curiosidad por las variopintas metafísicas de oriente y occidente tan recurrentes en su obra. Borges confesó en repetidas ocasiones que si pudiera creer pensaría más en una suerte de energía panteísta que en un Dios personal y agregaba que menos, aun, podía creer en la indescifrable Trinidad. todo creyente siente la tentación de darle vuelta a la página; pero Borges vuelve y atrapa con su palabra poderosa de íntima y dolorosa confesión:

“Mi mente se aplicó a las simétricas porfías del arte que entreteje naderías

Me legaron el valor. No fui valiente

No me abandona. Siempre está a mi lado

 la sombra de haber sido un desdichado

Y así nadaba sin descanso Borges en los misterios indescifrables de la religiosidad humana, quizá buscando Algo interminablemente, pero atrapado en su laberinto sin fe y asombrado y confundido ante la palabra que revela al Verbo sin mediar comentarios, en una casi trascripción, dedica este soneto al pasaje bíblico de Juan capítulo 1 versículo 14:

Así hablaba Borges, el inmenso Borges, el polémico Borges

            Juan, I, 14

   “Refieren las historias orientales

    la de aquel rey del tiempo, que sujeto

    a tedio y esplendor, sale en secreto

   y solo, a recorrer los arrabales.

    Y a perderse en la turba de las gentes

    de rudas manos y de oscuros nombres;

    hoy, como aquel Emir de los Creyentes,

   Harún, Dios quiere andar entre los hombres.

    Y nace de una madre, como nacen

    los linajes que en polvo se deshacen.

   Y le será entregado el orbe entero,

   aire, agua, pan, mañanas, piedra y lirio,

   pero después la sangre del martirio,

  el escarnio, los clavos y el madero”.

Borges declara en el prólogo de los Evangelios apócrifos, que Jesús de Nazaret es -la figura más vívida de la memoria humana- aunque siempre negó la divinidad de Cristo.

Dice Pierre Reverdy que “Hay ateos feroces que tienen más interés por Dios que los creyentes” quizá ese sea   el fruto misterioso e incomprensible del diálogo literario privado, entre un autor como Borges y sus creyentes lectores, tal vez la infructuosa búsqueda del agnóstico termina por acrisolar la fe del creyente. ¿Quién puede saberlo?

Declaro, no sin cierto sentimiento de vana soberbia y de torpeza, que pienso en otro efecto que Borges a través de su vida y de su obra provoca en el lector creyente; una suerte de triste empatía, por la soledad de Borges, soledad y ceguera de Dios y del mundo que lo acompañaron hasta su muerte.

Soledad y ceguera, que, en sus poemas, cual radiografías de sus estados de ánimo, se refleja, ya bien como serena aceptación:

 “esta penumbra es lenta y no duele;

 fluye por un manso declive y se parece a la eternidad”

 O de velado reclamo que no admite conmiseración:

 “Nadie rebaje a lágrima o reproche

esta declaración de la maestría

de Dios, que con magnífica ironía

me dio a la vez los libros y la noche.

Pero al final Borges es siempre, el otro Borges, el agnóstico provocador que vuelve a incomodar:

“Cristo en la cruz. Los pies tocan la tierra.

Los tres maderos son de igual altura.

Cristo no está en el medio. Es el tercero.

La negra barba pende sobre el pecho.

El rostro no es el rostro de las láminas.

Es áspero y judío. No lo veo

y seguiré buscándolo hasta el día

último de mis pasos por la tierra.”

Que lástima que su ceguera haya impedido que la luz penetrara su conciencia disipando su soledad y saciado su metafísico apetito; pienso, es solo mi interpretación, que, entonces nunca hubiera escrito:

“He cometido el peor de los pecados

que un hombre puede cometer. No he sido

feliz. Que los glaciares del olvido

me arrastren y me pierdan, despiadados.”

En tanto, Borges ese acróbata de las palabras del oxímoron y del retruécano, ese hacedor de milongas de porteño ritmo y de orientales fantasías seguirá paseándose en mi atrium y mi fe seguirá abrevando de su duda y de su búsqueda por los laberintos y los confines de lo eterno.

LOS POETAS DE LA FE

La poesía mística y religiosa siempre ha rondado por mi vida -sementera de  reflexiones, disipadora de  dudas- dándome certezas cuando se pierde el faro y el oriente se difumina en incierta bruma. Nunca, en las diferentes etapas de mi vida, ni en la niñez de mi fe  cándida y sencilla, ni en las  rebeldes pero lógicas preguntas  de la adolescencia confundida, ni por fortuna en la vida adulta casi siempre  distraída en las necesidades materiales  reales o inventadas, nunca  ha faltado el poeta  y  ahora aquí declaro mi gratitud,  que me refiera a Dios, escondida   su voz  entre los estantes o en  las páginas de un libro a veces casi marchito por el tiempo o raído  por el servicio ya prestado a tantos otros antes que a mí.  Nunca ausente el poeta ha estado para  hablarme   de la gloria su fe,  para recordarme como en Kierkegaard  el “Temor y el Temblor” al que le  mueve  la grandeza de su  Dios,   ese  Dios  que lo cimbra en su poder y lo confunde   en la incomprensible    gratuidad de la locura de su cruz.

 ¡Nunca  me ha faltado la lira de la fe!

 Apenas ahora me percato que  esta presencia permanente en mi vida,  sea quizá   una sutil declaración no solo de Su ubicuidad sino especialmente de Su paternal predilección por este  que ahora les escribe.

Hoy les hablaré solo de dos de estos poetas de mi fe.

Los versos primeros que recuerdo en mis colegiales mocedades son de una de las piezas literaria más célebres en el mundo entero; sin duda una de las oraciones más proclamadas  por judíos y cristianos de todos los tiempos; el  salmo 23 “El Señor es mi Pastor”, recuerdo que lo memoricé,  pido disculpas por la digresión autobiográfica,  a los 9 años en ocasión de un concurso de declamación en mi colegio, para mi desgracia enfermé justo el día del evento, teniendo que guardar cama, con profunda tristeza en la postración de mi recuperación solo acertaba a repetir una y otra vez como consuelo a mi infantil quebranto:

El Señor es mi pastor, nada me falta.
En prados de hierba fresca me hace reposar,
me conduce junto a fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.
Me guía por el camino justo,
por el honor de  su Nombre.
Aunque pase por cañadas oscuras,
ningún mal temeré,
porque Tú estás conmigo.
Tu vara y tu cayado me acompañan.
Me preparas un banquete
enfrente de mis enemigos,
me unges la cabeza con perfume
y llenas mi copa hasta los bordes.
Tu amor y tu bondad me acompañarán
todos los días de mi vida;
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.

El escritor fundador de la estirpe davídica que alcanza hasta Jesús, Dios mismo, nos regala este poema hermoso, del pastor que cuida con esmero a su redil (versos  del 1-4) y del anfitrión  que acoge con presteza y generosidad a su angustiado huésped  hasta la misma eternidad, (versos (11-18). Remanso en cualquier aflicción,  verdadera terapia paliativa de penas y sinsabores.

Un lugar especial tiene los versos poderosos, dolientes y desafiantes del poeta jalisciense Alfredo R. Placencia quien en su magnífico poema “El Cristo de Temaca”  a la  par que fustiga la tibieza de la fe, se pregunta qué o quién provoca la tristeza del crucificado, allá en la peña.

EL CRISTO DE TEMACA

II

Mira al norte la peña en que hemos visto
que la bendita imagen se destaca.
Si al norte de la peña está Temaca,
¿qué le mira a Temaca tanto el Cristo?

Sus ojos tienen la expresión sublime
de esa piedad tan dulce como inmensa
con que a los muertos bulle y los redime.
¿Qué tendrá en esos ojos? ¿En qué piensa?

Cuando el último rayo del crepúsculo
la roca apenas acaricia y dora,
retuerce el Cristo músculo por músculo
y parece que llora.

Para que así se turbe o se conmueva,
¿verá, acaso, algún crimen no llorado
con que Temaca lleva
tibia la fe y el corazón cansado?

¿O será el poco pan de sus cabañas
o el llanto y el dolor con que lo moja
lo que así le conturba las entrañas
y le sacude el alma de congoja…?

Quien sabe, yo no sé. Lo que sí he visto,
y hasta jurarle con mi sangre puedo,
es que Dios mismo, con su propio dedo,
pintó su amor por dibujar su Cristo.

Es este Placencia, atormentado, que declara enfático  su amor por Cristo y quizá también su pecado[1]. Placencia que  trashumante en su pobreza deambuló por 20 pueblos y tres países[2], igualmente incomprendido por feligreses y  jerarquías. Es este Placencia, a la vez mundano y espiritual, que  refleja en el Cristo su propia angustia y la soledad de su contrito corazón. Quizá lo que le duele al Cristo de la roca es la indefensión del soñador poeta, que no sirve para nada según su propio obispo.

 ¿O serán otras las escondidas  cuitas que unen, al amoroso y tormentoso vate con su Cristo, por ser las mismas que Éste  padeció?

¿O será que yo también llevo tibia  la fe y el corazón cansado?


[1] Placencia,  a pesar de su condición de sacerdote, tuvo un hijo al que celebra en su poema “Ad Altare”. Además algunos investigadores de su vida y de su obra creen que  pudo ser alcohólico.

[2] Placencia debido a problemas con obispos fue cambiado de sedes como castigo. Estuvo en EEUU atendiendo migrantes a solicitud del obispo de Los Ángeles y en El Salvador huyendo de la persecución religiosa de la época.  

LA FE Y EL TORNILLO DE LA DUDA

 

El gran poeta Goethe dijo alguna vez que “en realidad todo anhelo humano es anhelo por Dios”, por su parte unos cuantos siglos antes San Agustín de Hipona, una de las mentes más brillantes de la historia dijo:


“¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera,
y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era,
me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste.

Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.
Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que,
si no estuviesen en ti, no existirían.

Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera;
brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo;
gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti;
me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti.”

Al fin cada uno a su paso, si realmente queremos o si Dios quiere aun a pesar nuestro, nos encontraremos delante de Él, unos rápido con fe sencilla e incuestionable, otros abrasados por la duda, tal como dijera Dostoievski quien solía explicar que él había encontrado a Dios a través del tornillo de la duda; aquí esta joya de su escritura, sin desperdicio alguno:


“Soy hijo de este siglo, hijo de la incredulidad y de las dudas y lo seguiré siendo hasta el día de mi muerte. Pero mi sed de fe siempre me ha producido una terrible tortura. Alguna vez Dios me envía momentos de calma total, y en esos momentos he formulado mi credo personal: que nadie es más bello, profundo, comprensivo, razonable, viril y perfecto que Cristo.
Pero además -y lo digo con un amor entusiasta- no puede haber nada mejor.
Más aún: si alguien me probase que Cristo no es la verdad, y si se probase que la verdad está fuera de Cristo, preferiría quedarme con Cristo antes que con la verdad”.

El converso francés , antes socialista de cepa, André Frossard comenta en sus escritos, que no era él  un ateo combatiente porque no había nada que combatir, Dios no existía ni el universo ni en su vida, Frossard relata que los ateos anticlericales le parecían ridículos y  su actitud trasnochada  y un tanto patética.  En su magnífico y pequeño libro titulado “Dios existe yo me lo encontré” Frossard narra con dulzura y profundidad  el exacto momento de su conversión:

“Sobrenaturalmente, sé la verdad sobre la más disputada de las causas y el más antiguo de los procesos: Dios existe. Yo me lo encontré. Me lo encontré fortuitamente -diría que por casualidad si el azar cupiese en esta especie de aventura-, con el asombro de paseante que, al doblar una calle de París, viese, en vez de la plaza o de la encrucijada habituales, una mar que batiese los pies de los edificios y se extendiese ante él hasta el infinito. Fue un momento de estupor que dura todavía. Nunca me he acostumbrado a la existencia de Dios.

Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra.”

Termino recordando, aquella vieja y hermosa enseñanza del Rabí Nachman de Breslau propicia para los momentos de desolación y desazón espiritual:

“Nunca te dejes abatir por sentimientos de soledad
no importa donde estés, Dios está siempre cerca
-Recuerda-
sentirte distante de Dios
es algo subjetivo, no objetivo
es un sentimiento tuyo, no la realidad”

LOS CAMINOS DE LA VIDA

Enrique González Martínez, fue un poeta y diplomático oriundo de Jalisco. En su hermosa y sorprendentemente actual “Parábola del camino” describe las dos únicas formas de transitar por el sendero de la vida, la una montado en el frenético tren de la velocidad, apurando siempre el paso para llegar primero, porque lo que importa es el destino y no el camino, sin importar cómo se llegue a ese destino; la otra, paso a paso abriendo los ojos y el alma entera a la maravilla de la vida que, presente en cada detalle, nos convoca al gozo fino de su contemplación.
Hay, según el poeta, diferencias, ganancias y pérdidas no solo en la apreciación del camino, sino fundamentalmente en cómo es que se arriba al final del trayecto por uno u otro medio.

Quizá la primera pregunta que este poema nos obliga a hacernos es en relación a qué tipo de peregrino somos; semejantes al que le seduce la meta en si misma y realiza el trayecto solo pensando en ese objetivo, llegar. O tal vez como aquel al que atrae el conjunto todo de lo que ve y siente.


Menuda lección nos ofrece González Martínez, a quien el crítico Pedro Henríquez Ureña llamó uno de los siete dioses mayores de la lírica mexicana. Lección de destacable vigencia para una sociedad que desdeña por improductivo e ineficaz, todo acto de introspección y dilatada reflexión, para una sociedad que huye del sentido profundo y del misterio que esconden las cosas y que teme al silencio quizá porque revela y anticipa el fracaso del vértigo de nuestras vidas.
El poeta nos mueve a preguntarnos, ¿Cómo llego al final de mi camino?, ¿Tengo algo que contar?, ¿Llegaré solo o en el camino he sabido ir sumando cariños, coincidencias e incluso respetuosas desavenencias?, ¿Va mi alforja llena de los demás y no solo de mí mismo?, ¿Me acompaña la alegre y a veces triste melodía de la vida o solo el monótono tintineo de lo contante y sonante?
Aquí les comparto la “Parábola del camino” y estas mis consideraciones, tal vez motivadas por la extraña desazón que produce la inactividad propia de un domingo por la tarde.


PARÁBOLA DEL CAMINO
La vida es un camino…
Sobre rápido tren va un peregrino
salvando montes; otro va despacio
ya pie; siente la hierba, ve el espacio…
Y ambos siguen idéntico destino.

A los frívolos ojos del primero
pasa el desfile raudo de las cosas
que se velan y esfuman. El viajero
segundo bebe el alma de las rosas
y escucha las palabras del sendero.

De noche, el uno duerme en inconsciente
e infecundo sopor; el tren resbala
fácil sobre el talud de la pendiente,
y el viajero no siente
que en la campiña próvida se exhala
un concierto de aromas…
El prudente
que marcha a pie, reposa bajo el ala
de un gran ensueño, y trepa por la escala
excelsa de Jacob. Cuando el Oriente
clarea, se echa a andar, pero señala
el sitio aquel en que posó la frente.

Ambos llegan al término postrero;
mas no sabe el primero
qué vio, qué oyó; su espíritu desnudo
de toda adoración se encuentra mudo.
El otro peregrino recuerda cada voz, cada celaje,
y guarda los encantos del paisaje.
Y los hombres lo cercan, porque vino
a traer una nueva en su lenguaje
y hay en su acento un hálito divino…
Es como Ulises: hizo un bello viaje
y lo cuenta al final de su destino

Porque la vida humana es un camino.

Destacado

La biblioteca de Alejandría

A manera de Justificación.

 La biblioteca de Alejandría llegó a contar con más de 900 000 volúmenes de obras de todas las ramas de saber, de todas las culturas. Entre historias y leyendas sabemos de lo mucho que la civilización perdió en el incendio de esta biblioteca en  el 48 A.C.,  hoy se piensa que en realidad fueron varios hechos, y no solo el provocado por la tropas de Julio Cesar al liberar a Egipto de los Persas,  los que llevaron a la perdida de semejante caudal de conocimiento, por desgracia irrecuperable. Más de un incendio y destrucciones intencionales por motivos de dominio político.

 Así también, a la manera de la Biblioteca de Alejandría, cada persona  va teniendo su propio, paulatino e inexorable incendio en la biblioteca de sus recuerdos.

 Este cuaderno virtual, tiene  tan solo la intención de  proteger del tiempo, que todo lo abrasa,  la muy particular pero irreparable pérdida  del olvido de mi memoria  a aquellas letras de aquellos hombres que me han acompañado a lo largo de la vida,  en momentos  de alegría o   de desánimo, en los que  tras la lectura, todo lo agrio se dulcifica, lo que parece grave se vuelve insulso y lo realmente importante se purifica en el crisol de la verdad.

Una segunda intención es que algunos de los lectores con quienes el azar me haga coincidir en este espacio,  recuerden  a algunos de estos autores y la significación que hayan  tenido en sus vidas. Es también mi humilde aspiración que esta página pueda  ser para otros, cual evangelio, noticia nueva  y descubrimiento que les provoque la necesidad de seguir leyendo para encontrar un poco de remanso en medio del agitado correr de nuestras vidas.

Bienvenidos a este espacio de reflexión, aquí encontrarás un poco de la poesía, la  filosofía y la  literatura  que he disfrutado tanto y que hoy  como mi nuevo amigo te comparto.

Ahora, como siempre,  cuando estoy  hecho un lío enredados en las palabras viene  en mi auxilio alguna cita rescatada del rincón de la memoria, que  clarifica mi torpeza, endereza el rumbo de mi extravió, –desface el entuerto- para comunicar lo que mi incapacidad no consiguió.

“ Cuando llega la noche, regreso a casa y entro en mi escritorio, y en el umbral me quito la ropa cotidiana, llena de fango y de mugre, me visto paños reales y curiales, y apropiadamente revestido entro en las antiguas cortes de los antiguos hombres donde, recibido por ellos amorosamente, me nutro de ese alimento que solo es el mío, y que yo nací para él: donde no me avergüenzo de hablar con ellos y preguntarles por la razón de sus acciones, y ellos por su humanidad me responden; y no siento por cuatro horas de tiempo molestia alguna, olvido todo afán, no temo a la pobreza, no me asusta la muerte: todo me transfiero a ellos.”                 Nicolás Maquiavelo

De nueva cuenta bienvenidos.