DE PRINCIPIOS Y DE RECETAS

Por Ernesto Parga Limón

“El amor, principio, medio y fin de todo quehacer humano,

la persona principio y termino de la educación”

Tomás Melendo Granados

Sobre la educación de los hijos, se escriben cada año miles de libros, se imparten también miles de conferencias, corren ríos de tinta electrónica a través de cientos de miles de páginas en artículos de periódicos y en sitios web. Es de entenderse debido al interés y la preocupación de los padres, también de los maestros, muchas veces “padres sustitutos” de sus alumnos.  No es difícil suponer que la   educación de las personas sea motivo de interés público para la sociedad en su conjunto, ya que resulta sencillo inferir que la calidad de la educación, que se provee a los niños y jóvenes, determina la calidad, la salud, y la prosperidad de una comunidad.

Casi un axioma puede ser esta idea: Cómo sea la familia, será la persona y así la sociedad.

Que bueno que se trate en todos los medios y de manera tan abundante este tema, que bueno que se revise, se contraste y se propongan nuevas posibilidades. Sin embargo, es también muy notorio el desconcierto creciente, la perdida de foco de los padres y de los educadores en general, que abrumados no solo por lo copioso de la información, sino, por lo contradictorio de la misma, discurren a tientas, dando tumbos, intentando, como suele hacerse con las dietas, hoy una teoría, mañana otra.

Esos padres desconcertados buscan respuestas; (en un extremo, cada vez más complejas y en el otro, meras recetas de fácil aplicación), a la pregunta que siempre ronda en la cabeza de todo padre, ¿qué debo hacer para que mis hijos sean felices?

 Para formar a los hijos no se requieren doctorados, la prueba de ello más clara son nuestros padres, que todo parece indicar lo hicieron mejor que nosotros. Pero tampoco es posible enfrentar la conducción de los hijos y su preparación para la vida futura a través de recetas simplistas y consejos generales, con pretendida aplicación para todos los casos. Lamentablemente de eso se escribe y se habla abundantemente en libros y en redes masivas de comunicación.

Dice, acertadamente, G. Courtois en” El arte de educar al muchacho hoy”, –la educación es un poco de ciencia y de experiencia, mucho sentido común y mucho, mucho amor- Es decir más que ciencia arte, arte superior, formar y preparar para la vida.

Veamos, entonces, la radical diferencia entre recetas (soluciones simplistas, que no reconocen la singularidad de cada caso) y principios educativos (fundamentos operativos inobjetables, por ejemplo: la dignidad compartida, la capacidad de amor también común a todos, y la indudable capacidad de crecimiento en cada ser humano).

Sobre estos fundamentos inamovibles, muy ligados a la intuición y al respeto a la persona humana, se puede levantar un proyecto educativo con ilusión y esperanza, en donde los principios funcionen como guías maestras de toda la intencionalidad educativa. Así entonces, ya que busco hacer crecer a mi hijo, nunca lo ofendo disminuyendo su valía, ya que busco su libertad, nunca lo someto dictatorialmente a mi capricho etc.

La sabiduría popular nos enseña acertadamente, que educar es fundamentalmente hacer migrar los valores, en los que se cree, de una generación a otra, y que el vehículo más eficiente de esa transmisión es el ejemplo de los educadores: padres, maestros, tíos, abuelos.  Entender que la mejor herramienta educativa que poseemos los padres, no viene de fuera, que la mejor herramienta, la más rotunda y trasformadora es la persona misma del educador, que  educa desde su   vida misma.

El día en que los padres se hacen cargo de que la felicidad de sus hijos depende en gran medida; de cómo se comportan, ellos, como esposos, como hijos, como hermanos, en fin,como ciudadanos.  Ese día lejos de angustiarles el entorno un tanto ajeno a ellos, asumen que lo importante para la felicidad de sus hijos es la construcción de ese ámbito de amor, y que eso sí es de su total competencia, de ese espacio íntimo, diminuto e inconmensurable a la vez, que llamamos familia. eso es una magnífica noticia pues coloca al educador como un auténtico protagonista del proceso educativo de su hijo.

Cornelio Fabro, bellamente sintetiza este principio educativo cuando dice: –La única pedagogía es la profundidad de nuestro ser-.

Otra cosa que se debe asumir con claridad es que, además, de la intención y de los deseos que se tengan, todo proyecto educativo necesita tiempo.  No solo en el sentido de empezar a tiempo a inculcar los valores, lo cual es casi imprescindible, sino en el sentido, también, de que los valores para ser asimilados y volverse; en palabras de Aristóteles -como una segunda naturaleza- requieren de repetición y paciencia por parte de ambos; educador y educando.

Así la sinceridad, la honradez, la prudencia, y los demás valores que se desean trasmitir, solo serán incorporados a la vida del hijo, después de verlos representados repetidamente en acciones en el comportamiento   cotidiano de sus padres y luego él mismo hacer repetidamente acciones en esa misma dirección. Claramente este movimiento pendular formativo requiere tiempo de ambos.

El escritor clásico romano Horacio nos informa de la importancia de empezar a tiempo la propia mejora y por extensión la de los hijos.

-Determínate a ser virtuoso, empieza; diferir la mejora de la propia conducta, es imitar la simplicidad del viajero que, encontrando un río en su camino, aguarda que el agua haya pasado; el río corre y correrá eternamente. –

Un tercer y último principio educativo que deseo tratar aquí es el denominado, según expresión de Tomas Melendo, “educación en positivo”.

Para lograr una eficiente transmisión de los valores, en los que se cree y sin los cuales se considera imposible la felicidad de los hijos, no basta el tiempo, ni el mostrarlos desde la persona misma del educador, importa también el cómo ha de hacerse esto.

La educación en positivo contrarresta esa tendencia, casi inconsciente, de educar haciendo palanca en el miedo, en el deber por el deber, y no en el gozo natural de hacer lo que se debe hacer.  La educación en positivo es mostrar atractivamente el bien que se desea comunicar, el gozo superior que siempre, siempre trae consigo el hacer lo correcto lo que va de acuerdo con nuestros principios.

¡Qué bien lo hace el educador feliz!, que ama y disfruta lo que hace.  Los padres cuyo compromiso no les supone una carga, un fardo que hay que llevar “obedientemente” sobre sus espaldas, sino que se entregan al reto educativo con deportividad, gozando con la dicha de servir, de influir alegremente en la formación de otras personas.

¡Suerte en el empeño!

ADIÓS A LAS ARMAS

Por Ernesto Parga Limón

A mis amigos les adeudo la ternura
Y las palabras de aliento y el abrazo
El compartir con todos ellos la factura
Que nos presenta la vida, paso a paso

Alberto Cortez

Los medios de comunicación masiva, el Facebook especialmente, como todo en la vida requiere de gestión, de administración inteligente, para que realmente sirvan a buenos propósitos, de los propósitos deliberadamente malos no me ocupo, no hay nada que decir. Para algunos de los que utilizamos estos medios, el propósito puede ser, expresar alguna idea, compartir gustos en temas de literatura, música, cocina, contar chistes, otras personas gustan de compartir las historias de su familia, los éxitos de sus hijos, de su cónyuge, su pasión y orgullo por algún equipo deportivo etc.

 Hasta ahí todo me parece dentro de los terrenos de lo razonable. Sin embargo, implica ya un posible problema, lo que suelo denominar con fines meramente explicativos como “el síndrome Second Life”, seguramente me extenderé en este tema en próximo articulo debido al interés y la actualidad que me parece que tiene. Por lo pronto solo comentaré que este síndrome supone el problema de “vivir” una vida virtual alterna con mayor intensidad que la propia vida real; quizás como una fuga de la vida real o como un refugio en la vida alterna; con variables que se puedan controlar. El síndrome supone un abandono de las posibilidades y de las experiencias vitales concretas, en favor de emociones creadas de manera ficticia, viviendo al fin la “vida” que se quisiera vivir y no la que se tiene. Repito, ya volveré sobre ese particular.

Hoy lo que ocupa mi reflexión es analizar el hecho reciente de la política en las redes: Facebook, Twitter, WhatsApp; ¿Cómo es y por interés de quién, es qué se convirtieron en arena, ring y campo de batalla del tópico y de la pasión política?

¿Será este otro reflejo del síndrome de Second Life?, ¿Vivo mi vida, sin caer en cuenta, como una extensión o una proyección de la vida de los políticos?

En la última semana entre mis conocidos he visto la ejemplificación perfecta de lo que llamamos polarización política, muchos amigos me han comentado el haber discutido acaloradamente en las redes con familiares, amigos y compañeros de trabajo, y no se diga con desconocidos. Si discutir con conocidos y parientes de política me parece un desatino, hacerlo con desconocidos es un soberano disparate.   Alguien me comentó haber abandonado un chat que le costó mucho esfuerzo armar entre excompañeros de colegio, que tenían 30 años sin saber nada de sus vidas, debido a que el tema dominante terminó siendo la política y las ofensas aparecieron.

¿Desde cuándo criticar a un político se volvió crítica a su seguidor? Hoy vemos que al hablar de tal político sus fanáticos se sienten personalmente ofendidos como si al decir Andrés, Felipe o Enrique se esté pronunciando el nombre del seguidor.

 La crítica a los políticos es connatural al ejercicio de la política, sucede en cualquier democracia y en cualquier forma de gobierno. Es, además, en cierta manera, un derecho del gobernado que exige a sus servidores, (esos son los políticos), que hagan bien su trabajo, que mejoren en su desempeño. Es, también, una vía genuina de mantener aterrizados a los políticos como contrapeso de la adulación de sus círculos cercanos, lo que el pueblo sabiamente ha llamado desde siempre; lambiscones.

La historia ha dejado constancia de lo milenario y de lo útil de la práctica de la crítica y de la necesidad de ubicación que tiene todo político, como salvaguarda ante el mal que puede hacerle el excesivo poder del que dispone.

Cuando un victorioso general regresaba a Roma y hacía su entrada triunfal, uno de sus esclavos, que lo acompañaba en el mismo carro, le iba susurrando al oído, en clara contraposición a los vítores y aclamaciones que recibía: – Memento homo es! ¡Recuerda que eres hombre! -. Agregando también –Memento morí-; Recuerda que morirás. La vida es fugaz, el poder aún más.

Así que la crítica dirigida a los políticos no debe ser sentida por el pueblo, que no es él el político ni tampoco es del círculo de sus íntimos. Pienso que, en la mayoría de los casos, a los políticos muy acostumbrados y muy cínicos, la crítica no les hace mella. ¿Por qué debe ser motivo de ofensa para el seguidor?

Hasta hace pocos años, criticar al político que seguía tu amigo, era lo mismo que decirle que su equipo de fútbol era muy malo, es decir nada, no significaba deterioro alguno en la relación de amistad; ahora las cosas no son así desafortunadamente.

Esto es lo nuevo, lo inédito de la política que merece ser repensado, basta de polarización, de crispación, es demasiado y muy peligroso el nivel del encono social, a nadie, a nada sirve eso, así no se hace patria, no nos confundamos, los únicos que sacan partido son los políticos, recordemos que pronto se van. Que no nos dejen los rencores, los agravios y la profunda tristeza de haber ofendido a alguien que queremos.

Por esta razón, yo hoy llamo a esta columna “Adiós a las armas”, como aquella magnifica y estremecedora novela de Ernest Hemingway, en donde florece el amor en medio de la locura de la guerra. Yo al menos, en medio de esta crispación digo también, adiós a las armas, la política no merece que pierda un solo amigo. Afortunadamente sobran temas para tratar aquí con ustedes mis amigos.

Me quedo con “Daniel”, con su pasión por la historia y la diplomacia … En espera de que podamos, superada la contingencia sanitaria, tomarnos un café y darnos un fuerte apretón de manos.

Me quedo con “José”, con el exquisito gusto en el diseño que tanto admiro.

Me quedo con “Juan”, maestro ejempar, hombre bueno.                                                             

 Me quedo con ellos que son mis amigos, con sus lealtades probadas, con sus vidas reales que edifican en la mía.

Los prefiero a Andrés, Felipe o Enrique que son para mí, menos que una idea, y que pronto serán solo bruma en el recuerdo.

CANCIÓN DE AMOR A LA ESPALDA DE MI MADRE

 

Por Ernesto Parga Limón

“Es imposible que se pierda un hijo entre tantas lágrimas”

Dicho por San Ambrosio a Mónica la madre de San Agustín

Intentar describir las íntimas vivencias, aquello a lo que se está más unido y que se atesora en lo más hondo del corazón y la memoria, resulta más que difícil de lograr; imposible de conseguir. Siempre queda un regusto amargo de proyecto no cuajado, ya que lo que se expresa parece que no retrata la experiencia profunda de lo que se quiere comunicar.  Eso me sucede siempre cuando quiero hablar y escribir sobre mi madre.

 Sin embargo, hoy gana la necesidad al deseo de pretendida perfección literaria y aquí voy, de a poco, sacando el corazón que reboza de recuerdos y poniéndolo a latir sobre estas líneas.

Rosa esposa y madre extraordinaria, nació en 1920 en tierras y en tiempos de la guerra cristera (1926-1929) La persecución religiosa la tomó con una edad que le dejó recuerdos para el resto de su vida, vio y sufrió como todos, en aquellos pueblos, los abusos del bando federal.

Presenció, bajo la doble arcada de cantera de su casa, la detención, público escarnio y maltrato del sacerdote Román Adame posteriormente fusilado a las afueras del panteón municipal. Esa experiencia cristera acrisoló su fe, una fe sin grietas que la acompañó el resto de su vida.

Soy el menor de seis hermanos. Mi padre salió de casa en el pequeño pueblo de los altos de Jalisco, un poco antes de yo naciera, para hacerle frente a la adversidad y para buscar fortuna acá en el noreste siempre generoso. Pasaba más de la mitad de año separado de mi madre Rosa María, le costó mucho trabajo asentarse y lograr estabilizarse. La reunión definitiva de la familia se dio hasta que tuve cumplidos doce años.

Siendo yo el menor, dormía en el cuarto de mi madre, jugaba a sus pies mientras ella, vuelta de frente sobre la máquina, cosía la ropa familiar o mientras preparaba, vuelta de frente, sobre la estufa, en larguísimas sesiones, la comida para sus hijos. Yo niño, siempre a su lado, con el tierno cobijo de su espalda que bregaba infatigable: Hoy en la distancia amo la espalda de mi madre

Espalda ternura,

Espalda raíz; hogar al que se vuelve,

Espalda alas; para volar el ancho mundo,

Espalda aliento; que regala sueños,

Espalda; metáfora perfecta del amor y la oblación.

Rosa; faz hermosa, dulce mentón de azúcar, sonrisa eterna y olor a rosa.

Mis más poderosos recuerdos infantiles están ligados a esa espalda que me ofrecía la seguridad de su presencia y el calor de su cercanía.

Rosa, aunque era muy sociable, nunca necesitó nada más allá de su hogar, encontraba ahí todo lo que necesitaba para ser feliz a través del servicio y la entrega sin concesión a su familia.  Ella nos llamaba, con una expresión ponderativa, rotunda y   cargada de sentido; los míos, y convencida agregaba bonitos y buenos  los míos. Y yo caminaba seguro, mundo arriba, sabiéndome y sintiéndome de Rosa, ¿Quién contra mí? Menuda clase de autoestima. Esa fue ella.

Rosa; faz hermosa, dulce mentón de azúcar, sonrisa eterna y olor a rosa.

Esposa y madre extraordinaria; recoleta, moderna y rebelde al mismo tiempo: sabía al igual que Mónica que los hijos se salvan, en esta vida y en la otra, con una madre que reza de rodillas. Dotada naturalmente de un gusto exquisito;  entendía, sin salir de casa,  lo que iba y  lo que no iba tratándose de moda: tocaba y observaba las telas,  hurgando, como nadie,  con  deleite en la trama, el color y la textura;  amaba el pelo largo de sus hijos;  en un pequeño acto de desobediencia civil me dijo muchas veces , refiriéndose a la monja de mi colegio, – si  te dice que te cortes el pelo, no le hacemos caso, me gusta tu cabello de príncipe valiente-. Y aquel pequeño de Rosa era feliz y me soñaba como ella me quería. ¡Se puede desear mejor infancia!

Vuelta de espaldas en su máquina, (pensando siempre en voz alta, hablaba consigo misma, con Dios y con sus muertos) confeccionando para sus hijos la ropa que la moda reclamaba. Aún recuerdo aquel pantalón de dos colores (café y guinda) envidia de mis amigos, con una enorme bolsa a lado de cada pierna y una campana inmensa que debía cubrir el zapato entero.

Rosa; faz hermosa, dulce mentón de azúcar, sonrisa eterna y olor a rosa.

Verla comer era una delicia; Rosa cerraba los ojos, casi en místico arrebato y mientras con santa expresión comía “de todo” le afirmaba a Dios y al mundo su ingente gusto por la vida.

Pero Rosa era como toda madre de su tiempo, energía y suavidad en perfecto equilibrio. Todo era posible, mientras yo no llegara tarde a misa diaria; el platillo preferido, el anhelado permiso, o que la casa fuera centro de reunión de mis amigos; casa mini estadio, casa casino para jugar a las cartas, casa teatro para ensayar, con medio grupo, la poesía que al día siguiente presentaríamos. Desde cualquier rincón del pueblo donde me encontrara, el mundo se detenía al 10 para las 7 de la tarde. Todo se paraba, el futbol, las escondidas, la visita a casa del amigo y en frenética carrera, calle abajo, llegar rayando puntualito a misa.

Recuerdo aquella vez que fallé en mis cálculos y no fui puntual, temiendo la reprimenda me puse tres bancas  delante de mi madre y ella con el gancho de su mirada me atrajo hacia sí y me colocó justo a su lado, y sin dejar de pronunciar la invocación ritual que corresponde, cruzó su brazo y sin siquiera mirarme tomó mi blanco e inocente  bracito y me recetó tremendo “pellizcón” de dos y media vueltas con tirabuzón incluido; yo sabía que si me movía, venía otra caricia igual, así que solo atiné a  decir… Y con tu espíritu.

Y Rosa con creces cumplió con el adagio; sirvió para vivir porque vivió para servir.

Rosa norte,

Rosa sur,

Rosa de los vientos,

Rosa faro en la distancia,

Rosa; faz hermosa, dulce mentón de azúcar, sonrisa eterna, gozo de vivir y olor a rosa…

TIEMPOS DIFÍCILES

Por Ernesto Parga

“Amar, queriendo como en otro tiempo
Ignoraba yo aun que el tiempo es oro
Cuanto tiempo perdí, ay! cuanto tiempo.”

Renato Leduc

 

Indudablemente nuestros tiempos son tiempos difíciles: inseguridad galopante, descrédito de la política, epidemias, contaminación ambiental, aguda crispación y polarización social por temas raciales, de género, ofensiva disparidad económica entre países y entre personas, crisis religiosa y de fe. Tiempos en los que sentimos que hemos perdido el rumbo, navegando al garete en medio de la mar embravecida, sin norte ni faro y con el cielo encapotado sobre nuestras cabezas.

Creo que todos los hombres tenemos y hemos tenido, no solo en relación con la historia entera de la humanidad sino de nuestra personalísima historia de vida, la sensación de que todo tiempo pasado fue mejor.

Pudiéramos preguntarnos ¿Son estos realmente los tiempos más difíciles de la historia para ser felices, para vivir en armónica comunidad y para formar a nuestros hijos?  No lo sé. La historia nos enseña que en épocas pasadas los hombres se sintieron y vivieron, como nosotros ahora; desconcertados, experimentando vivamente su desazón en medio de los tiempos que consideraban los peores. Se atribuye a Cicerón decir hace 2000 mil años la frase siguiente “Estos son malos tiempos. Los hijos  han dejado de obedecer a los padres y todo el mundo escribe libros” Pudo esto escribirse hoy mismo.

Podemos, sin embargo, a la luz de la historia, entender que cada momento tiene sus crisis, unas obviamente hijas de su tiempo. algunas otras, las más, compartidas como compartida es la naturaleza humana.

Saber que esta angustia ha sido común a los hombres de todas las épocas, puede ser un alivio, para no desfallecer en el intento de vivir con entereza buscando aportar desde su concreta realidad todo lo que cada uno puede y debe aportar.

De la misma manera, también el ansia de felicidad y especialmente la de proveer de felicidad a los que se ama han estado siempre presentes entre los hombres.

Algunas veces pienso que la pregunta sobre cuál es peor de los tiempos es de cierta manera irrelevante, porque el único tiempo con consistencia para operar el proyecto de vida personal, profesional y familiar es el tiempo actual. Porque el pasado ya se fue y el futuro aún no llega.

Es, entonces, el presente con su doble carga de transitoriedad y permanencia simultánea, el que reclama radicalmente nuestra entrega, (hay mucho en el presente que se va, pero también mucho que se queda a hacerse historia y un poco… eternidad).  Ese presente habrá de ser entendido como el único tiempo con el que se cuenta, y como el campo donde cada uno ha de librar su batalla con la historia.

Es natural que cada uno situado y sitiado en su propia circunstancia: su actividad, su vocación, su profesión, sus obligaciones, confeccione sus dudas a manera de preguntas de calado hondo.

¿Qué debo hacer para no ser mero espectador de la historia?

¿Estoy a la altura del reclamo de los tiempos?

¿Soy desde mi omisión cómplice en este estado de cosas?

Quizá, gran parte del problema radica en imaginar que debemos hacer grandes gestas para cambiar el derrotero de las cosas. Me parece que la repuesta es más sencilla, pero a la vez más poderosa, al menos para la inmensa mayoría de las personas; aquellos que cotidiana, infatigable y anónimamente vivimos intentando ser felices y hacer felices a los nuestros.

No estamos llamados a encabezar revoluciones, que no nos  quite el sueño esto, que no nos desvíe de nuestro deber real.  No es misión nuestra hablarle al oído al gobernante en turno para hacerle comprender sus errores e injusticias, no es tampoco labor nuestra convencer al capo para que se redima y retome el carril del bien que hace mucho tiempo abandonó, nada de eso nos corresponde.  Nada de eso sirve.  No es nuestro campo de acción verdadera, no es ahí en donde somos realmente insustituibles.

Nuestra misión es mayor y más sagrada. Servir siempre que podamos, amar todo cuanto podamos; en estricto sentido hacer bien, en clave de excelencia, todo aquello que nos corresponde por insignificante que parezca ser y sin importar el rol que nos haya tocado vivir.

¡Bajo mi manto al rey mato! dice Miguel de Cervantes Saavedra en el exquisito prólogo de su inmortal Don Quijote, en clara alusión al inconmensurable poder para “matar” al peor de los tiempos y para dar vida solo a lo mejor en nuestro entorno, a ese poder que todos tenemos para influir en los círculos más íntimos de nuestra interacción, ahí donde la gente que nos rodea nos quiere y cree en nosotros. Es ahí donde nosotros hacemos el bien o nadie lo hace en lugar nuestro. Es ahí donde el bien, la bondad, la esperanza y la alegría encarnados en acciones pueden trasmitirse vía el ejemplo. Esa es la auténtica humilde y silenciosa gesta que nos corresponde a cada cual. Una verdadera cadena de valor.

No dar alegría cuando se puede hacerlo, no infundir esperanza cuando se debe hacerlo, no servir y no amar cuando es menester hacerlo, son terribles omisiones que hacen de nuestro tiempo, el único con el que contamos, el peor momento de nuestra historia.

En referencia al tiempo no somos solamente espectadores sufrientes de sus calamidades somos, ante todo, agentes con posibilidad real de gestionar el bien, y de hacerse cada uno arquitecto y señor de su propio tiempo.

VIVIR SIN BAILAR

 

Por Ernesto Parga

                                                            “El ruido no hace bien; el bien no hace ruido”

San Vicente de Paúl

 

Ramón María me dijo, frunciendo el entrecejo, – esto no es una crítica, es tan solo un comentario. Nunca me han gustado las bodas, las coronaciones, las graduaciones o cualquier tipo de celebraciones similares con música y baile.  Hoy menos que nunca. Parece que hay una extraña correlación entre el volumen de la música y mi edad, a mayor edad… sonido más elevado de la música.

-Que no se me juzgue a la ligera pensando que es cosa de la edad solamente; repito, nunca me han gustado esas fiestas-. Añadió cargando de más fuerza a los ademanes que acompañaban a sus enérgicas palabras

– ¿Quién impone esta regla (la del altísimo sonido), que según sé, no a pocos disgusta, pero que se respeta más que el divino decálogo recibido por Moisés o que la Constitución que nos da ley y orden, quién la impone?

Intenté poner alguna objeción a la manera de esas de: Mira Ramón María, no seas egoísta…pero una mano levantada en señal de alto y una mirada de taladro me hicieron callar.

-Egoísmo dices, al contrario, misericordia y clemencia es lo que pido. ¡Qué alguien piense en la pequeña minoría que no gusta de la estridencia y el zangoloteo!, ¡Es qué algún derecho debemos tener!, Ojalá que algún día seamos también un estandarte para lo políticamente correcto y el partido político de los inalienables derechos de las “minorías minoritarias”, nos defienda prohibiendo que haya música en las fiestas. ¡Qué paz y que goce puedo anticipar! – y casi cerrando su idea me dijo, -tampoco suena tan descabellado; mira que ahora se defiende cada cosa.

Agregó, para dar más énfasis a sus razones -caray que, con ese salvaje ruido, nadie puede hablar, ni escuchar lo que te dice el primo al que hace 20 años que no vemos y que al día siguiente retorna a la ciudad en la que vive. –

Pensativo, Ramón María guardó silencio al tiempo que se recuperaba de la agitación que le produjo el arrebato anterior. Yo aproveché para ordenar mis pensamientos y contraponer alguna idea a sus esquizofrénicos argumentos, pero pronto caí en cuenta, que más allá de las exageraciones había mucha verdad en su postura. Ramón María, dejándome sus inquietudes, se fue dibujando en el aire, todavía molesto, un enérgico corte de manga.

También yo, amigos, me confieso sufridor de ruidosas fiestas, y especialmente de las que conllevan el, para mí, complicadísimo espectáculo del baile. Nunca he bailado, ni en mi propia boda, por la sencilla, e incomprendida razón de que no soy capaz de dar un paso, uno solo, en armonía con la melodía. Por favor, pido como Ramón María misericordia para que no se me clasifique como inútil y desadaptado en una época en donde bailar como ajonjolí tostándose es marca y seña de triunfo y de poder. Pienso que alguna otra habilidad puedo tener o desarrollar antes de que ser llevado al patíbulo por inservible. No soy culpable; soy la víctima.

En mi defensa, puedo argüir sinceramente que disfruto un rato; no 5 horas, viendo las habilidades dancísticas de los invitados a la celebración, con la más honesta de las envidias y suspirando como Cervantes de Saavedra por “la gracia que no quiso darme el cielo”.

 Allá uno, ya en sus años, que  con  aires  de Travolta atemporal  sacude la polilla, acá otro más que mira con desprecio a sus rivales sintiéndose  un Barýshnikov degradado que tiene que alternar con émulos fallidos de Cantinflas; y aquel grupo en éxtasis,  que bajo el supuesto  anonimato que proporcionan los grotescos  antifaces  se permiten los más inconcebibles desfiguros, armados de silbatos (para regalarle dos decibeles más a mis atormentados oídos),  de espadas luminosas, y de  collares en colores que lastiman la retina.

 El resto de la velada, en ese tipo de alucinantes convites que me parecen interminables en las pocas veces que obligadamente me apersono, (la boda de un hermano, la graduación de un hijo), se me va en dar enésimas explicaciones a todos aquel que se siente, repentinamente, con el grave deber moral y casi con la misión de vida de sacarme de mi “aburrimiento”.

El desfile de mis “rescatadores” es variopinto, pero homogéneo en sus intenciones, todos quieren compartirme generosamente la verdad a la que han llegado en esa etapa de sus vidas: La felicidad amigo, nunca lo olvides, me dicen todos, está en el arte del estremecimiento corpóreo del baile.  Cada cual intenta a su modo hacerme su prosélito, con el mismo entusiasmo evangelizador de un neo cristiano, de un ex alcohólico, o del gordito aquel que nos comparte los secretos ocultos de su nueva dieta, todos tienen el “fua” de un motivador de libros de autoayuda.

 Por eso no me gustan esas fiestas. Yo nunca acatarro con mi entusiasmo por la cocina o por el fútbol  a aquellos que no gozan de mis gustos.

Claro está, hay sus excepciones, recuerdo lo bien que la pasé en la boda de Arturo, mi concuño y amigo; ya que tenía bajo amenaza de exilio, excomunión y muerte en “garrote vil” al sorprendido y ofendido director del grupo musical que tocó en su boda, el cual acostumbrado a hacer siempre lo que le paga en gana, no podía creer lo que le pasaría si le subía al volumen o tocaba uno sola canción no autorizada.

Pude platicar con Lourdes y con Arturo, los esposos, sin necesidad de gritar.  Al felicitarlo por el ambiente agradable que se gozó, él me dijo lo recuerdo bien, -uno es el que se casa y uno mismo el que paga, que sea como uno quiere, ¿no crees?. Ni cómo no estar de acuerdo con semejante argumento.

En el otro extremo, recuerdo aun la celebración por el aniversario de un colegio cristiano en alguna ciudad de cuyo nombre no quiero acordarme. Los organizadores con los que compartía mesa, no tan avezados como Arturo, no intervinieron dando indicaciones sobre la intensidad del sonido y sobre la selección de piezas a tocar. Así fue como cenamos bajo el sonoro rugir de las trompetas de la Sonora Santanera y su muy poco cristiana melodía, “fue en un cabaret donde te encontré bailando, ofreciendo tu amor al mejor postor…

Transcurrida la cena y como en penitencial silencio por alguna inconfesada culpa, después de dos horas de miramos las largas caras, sin tener la más mínima posibilidad de ser escuchados y de comprobar que en las demás mesas acontecía lo mismo, para contento de muchos, el salón se fue vaciando mucho antes de la hora prevista.

Por eso no me gustan esas fiestas, estoy seguro de que hubiera concluido Ramón María.

 A decir verdad, con tanto ruido en el recuerdo, no puedo ya aventurarme en asegurar  si la conversación arriba citada con Ramón María fue real o tal vez sea solo un recurso a través de un alter ego para compartir la rareza de vivir sin bailar y ser enteramente feliz en el intento.

EN DEFENSA DE LOS PATIOS

Por Ernesto Parga Limón

El hombre actual sabe el precio de todas las cosas y el valor de ninguna”.

Frase atribuida Oscar Wilde

La gente se queja del encierro. Yo sí salgo. Cada vez que siento que el tedio avanza sobre mí, intentando conquistar mi ánimo, gobernar mis pensamientos y marcar el ritmo de mis emociones huyo de él, me rebelo y salgo.

No hago caso de la insana imposición que pretende tomarnos por rehenes, ejerzo mi derecho inalienable a la libertad; porque sé según me enseñó el ilustre caballero de la triste figura Don Quijote de la Mancha, que esta es: “uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.

Haciéndome, pues, cargo de todas las consecuencias deliberadamente desoigo toda indicación a clausurar la vida y salgo.  Abro la puerta trasera de mi casa: salgo y abro también el universo todo. Todo mi universo que se hace síntesis, que se concentra y se reduce a sus mismos fundamentos en el patio de mi casa.

En este patio como en cualquier otro patio, con estos árboles como en cualquiera otros arboles; está todo lo que cada uno hemos sido, lo que somos y todo lo que podemos recordar o aprender.

Un signo, en Semiótica, es un objeto o evento presente que está en lugar de otro objeto o evento ausente, pensemos un poco ¿Por qué conservamos la moneda aquella, el reloj vetusto, o el anillo de boda que nos regaló nuestro padre o nuestra madre?, la respuesta sin duda es; porque son vinculaciones presentes que, con un secreto lenguaje, nos remiten a la realidad ausente que amamos.

Dice Leonardo Boff que nuestro entorno está lleno de cosas que nos hablan, pero que se necesita de un cierto espíritu que vaya un poco más allá del mundo técnico-científico para entender este lenguaje que corre como un rio subterráneo y que, a través de estos signos, brota como fuente con un caudal de recuerdos que nos permite de cierta manera volver a vivir.

Así los patios, con sus árboles tantas veces trepados por tus niños, con sus rincones depósito de los restos de las queridas mascotas que fueron parte de la vida familiar, así los patios que fueron campitos de futbol, pista de patines con la infantil patinadora ataviada con vestidito de princesa, arena de batallas campales bajo la lluvia con globos de agua, espacio de la ilusión en aquel club de amigos de la casita del árbol que prometía ser eterno. Por eso salgo al patio en busca del signo que active la memoria del pasado que me vincula con el yo, de este mi presente.

Álvaro Cunqueiro el magnífico escritor gallego autor de Las Mocedades de Ulises comenta que: añadirle a la comida que comemos siempre un poco de literatura, un poco de fantasía y otro poco de historia hace que aquello que nos gusta; nos guste aún más.

De esta manera, la añosa higuera que en este momento me ofrece por centenas su fruto dulce que me gusta tanto, me gusta tanto más porque sé que es símbolo de la lealtad, que ha acompañado al hombre por milenios (hay vestigios en el Valle del Jordán de higueras cultivadas por el hombre alrededor del 9400 AC). Desde que sé que las higueras fueron la primera planta domesticada por el hombre, unos mil años antes que la cebada y que el trigo, este conocimiento hace que agradezca que cada año vuelva a reverdecer y hace que los higos me gusten todavía más.

Y este nogal que nos regalará de nueva cuenta su fruta otoñal y por ahora su benevolente sombra bajo la que escribo estas letras y que ha sido por años, espacio de solaz, de charlas vespertinas con amigos y parientes ante un buen plato de tostaditas. Signo todo ello de palabras sin sonido a las que vengo en rebeldía para mitigar las penas de este encierro.

Y el par de limoneros omnipresentes en la vida familiar, ya en el perfumado y blanco azahar de primavera o en el ácido, jugoso e inagotable fruto de verano, o en el té de sus hojas que en invierno nos protege y sana de las gripas y de casi todas las dolencias.

Pero que tristes son los patios devenidos en perpetuo depósito de objetos sin signo, mudos cacharros sin lenguaje, que asfixian el espacio vital de la convivencia, que se atesoran como atesora Harpagón, el enfermizo personaje del Avaro de Moliere, solo porque tienen precio, aunque carezcan de valor. Antonio Machado solía decir que el necio es aquel que confunde valor y precio.

Uno de los primeros tópicos que enfrentan quienes se acerca al estudio de la filosofía es el de entender que la filosofía “no sirve para nada” es decir que no es instrumento de nada… para producir nada; que la filosofía “solo” busca inquirir el porqué y el para qué de las cosas, de todas las cosas, para dotar con ello de un sentido y una razón al universo mismo.

Yo pienso que ese afán tan humano de buscar sentido, de filosofar, de recordar lo vivido, de proyectar lo porvenir, de descifrar el mensaje de las cosas, de entender que lo Eterno nos habla también a través de lo efímero, que los cosas son también silabas de otro alfabeto. Es la mejor señal de que seguimos vivos.

Creo, en defensa de los patios, que esa actividad de traducción de signos y de códigos, requiere además del deliberado propósito de abrir muy bien la mente y los ojos, de un poco de utilería: una copa de noble vino, un café cargado y un despejado patio familiar.

Es hora de retornar al encierro antes que los 36.6 grados a la sombra de la milenaria higuera derritan mi rebeldía.

Ya aligerado del encierro, entro en casa y veo que otros signos me saludan.

Julio/11/2020

EL TEATRO DEL ABSURDO

Por Ernesto Parga Limón

  “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que  no lo rehará. Pero su tarea acaso sea más grande. Consiste en impedir que el mundo se detenga”.  Albert Camus

En estos tiempos de tan aguda polarización es pertinente empezar con una aclaración.

Esto no es una diatriba en contra de los que están ahora, ni tampoco un panegírico en favor de los que estuvieron. Quizás la peor consecuencia de la polarización política sea la desaparición de las opiniones intermedias o aún más la posibilidad de estar parcialmente de acuerdo o en contra de algo. La polarización te empuja a idolatrar irreflexivamente a algo al tiempo mismo que te empuja a odiar, también irreflexivamente, a la postura que se supone contraria. Estás conmigo o en contra mía. Se cancela, entonces, la esencia misma de la democracia, de la crítica y del diálogo, de la corrección fraterna y del consejo del que sabe más. Solo queda espacio para la descalificación del que no piense como uno.

Dicho lo anterior; quiero hablar, ahora, del manejo de la comunicación pública que han hecho los responsables de trasmitir la información de esta pandemia en las conferencias diarias de las 7 pm. Solo de eso trataré hoy en este espacio.

El teatro del absurdo, (cuya exponente principal es el dramaturgo inglés Samuel Beckett con su emblemática obra Esperando a Godot), es un tipo de género artístico en donde se expone   todo aquello contrario y opuesto a la razón, lo que no tiene sentido, lo que resulta descabellado, chocante, contradictorio, disparatado, irregular, además, extravagante.

Qué esperar cuando en su cotidiana intervención sobre el informe técnico el doctor responsable te saluda, con la inconexa e incomprensible frase “Buenas tardes con todas y con todos” la cosa, tratándose de claridad informativa, pinta mal, por no decir que pinta esquizofrénica. ¿Es qué cuesta tanto trabajo hacer algo bien, saludar normalmente por ejemplo?

Y abierta ya la puerta de lo estrambótico, se prosigue con la infaltable afirmación diaria del mismo doctor Alomía: “hoy observamos que afortunadamente continúa a la baja la tendencia en el número de casos confirmados situándose en solo alrededor del 22 % del número total de contagiados, es decir, este número corresponde a la epidemia actualmente activa.”

¿Qué sentido tiene esta afirmación y este porcentaje? ¿Y qué sentido tiene decir “afortunadamente”? Ninguno. Mero territorio de lo absurdo. Resulta una verdad de Perogrullo decir que hoy tenemos menos casos activos que el total de contagiados, la inmensa mayoría, ya no lo está, por el solo hecho de haber transcurrido el tiempo que dura su enfermedad.

La afectación que produce el Virus Sars Cov 2 es temporal. El Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos nos dice que” el tiempo promedio que dura la enfermedad en el cuerpo humano es de entre 10 y 14 días para casos leves, y en los casos de pacientes más graves se ha tenido registro del virus en su organismo por 21 días o hasta por seis semanas después de la exposición al virus”.  

 La gran mayoría de los contagiados, el 80% aproximadamente, por razones naturales han dejado de ser una estadística en el número global de los activos, sin apenas hacer nada. Insistir cada día en eso como si de un éxito se tratase, no solo raya en lo absurdo, sino que es, en definitiva, una torpeza en términos de comunicación.

 La seria, muy seria, pregunta se debe plantear en esta manera; ¿Tenemos un número menor de contagiados alrededor del mundo cada día?  y aún más concretamente ¿En México hay disminución del número de contagios? La respuesta tajante a ambas interrogantes es un terminante NO. Hoy estamos peor.

Hoy, 4 de julio, la OMS informa del récord de contagios en el mundo en las últimas 24 hora 212, 326. Nuestro país contribuyó con 6742 rompiendo su propio récord de contagios en un día. Para entender esto un poco mejor, ofrezco un par de datos más; hace justo un mes, el 4 de junio, los contagios sumaron 131,432 y hace dos meses, 4 de mayo, se contagiaron en el mundo, en 24 horas, 79 429 en plena cresta de la curva en Europa. Y el doctor Alomía hoy mismo vuelve a decir que se domó la curva.

¿Cómo se sostiene Gatell, sin sostener un solo dato? De qué sirve toda su “ciencia” sino es capaz de predecir nada, ni la cresta de la curva, ni el número de muertos, ni el fin de la pandemia, nada, absolutamente nada.  Sus predicciones “científicas” que han fluctuado, absurda o descaradamente, desde los 6,000 decesos, pasando por los 30,000 que ahora tenemos contabilizados, pero que estos en realidad pudieran ser el triple según su última declaración.

 ¿Hay ciencia posible con semejante margen de error? Si la hay, es que vivimos ya en los confines de lo absurdo.

¿Es posible, qué envidien el manejo mexicano de la crisis en otros países? Incluso cuando estamos en el quinto lugar de muertes en el mundo.

Es Gatell tan incapaz que no entiende si siquiera que en cada conferencia trasmite un contradictorio, disparatado, e irregular informe. O lo sabe perfectamente y hace cálculo político y juega   a ser el rockstar que lee poesía, que contradice y que regaña en cadena nacional a la OMS, al NYT, a los científicos más expertos y connotados en el orbe, a las mejores universidades y a quién ose mostrarle sus absurdos.

 O quizás Gatell es un incomprendido dramaturgo al que no hemos valorado suficientemente,  que cada tarde desde Palacio Nacional representa la nueva joya del teatro del absurdo, que utiliza deliberadamente datos y alegatos disparatados, incoherentes  e ilógicos con el artístico  afán de ponernos a pensar; porque  lo mejor en el  teatro del absurdo es  no  dar respuestas o no dar las  respuestas  que se esperan,  para dejar  que el  asombrado espectador,  saque sus propias conclusiones,  que obtenga sus propios datos: si se aplanó o no la curva, si se domó o no la pandemia, si la epidemia tiene uno o muchos picos, si sirven o no las pruebas, si portamos o no cubrebocas, es cuestión de cada uno… todo es posible en el teatro del absurdo. 

Cada vez hay más espectadores escépticos en espera de que la ciencia de Alomía y de Gatell les dé un solo dato, uno solo, una solo respuesta lógica y fundamentada.

Yo en tanto seguiré… Esperando a Gatell.

AMIGO DE LETRAS

Por Ernesto Parga

“Decir amigo
me trae del barrio
luz de domingo
y deja en los labios
gusto a mistela
y a natillas con canela”.

Joan Manuel Serrat

Ayer, Insospechadamente, Ramón María me lanzó su confidencia cuando ni siquiera nos habíamos saludado. Yo quedé sorprendido, engarrotado. No tanto por lo intempestivo de la confidencia, créanme no me refiero a un problema de modales, sino porque no me correspondía a mi hacer nada en ese tema, las reglas estaban dadas y no solo eran claras… eran sus propias reglas.

Quizá haga falta ofrecerles un poco de contexto que ayude a entender mejor…

Ramón María me llama su amigo de letras, obviamente me gusta el título, pues tiene que ver con mis aficiones y tiene garbo. Me agrada porque sé, además, que él otorga esos títulos en exclusiva y solo después de pensarlo mucho. Sin embargo, aunque en varias ocasiones me ha comentado su extraña teoría y praxis de la amistad, no consigo acostumbrarme del todo.

Recuerdo perfectamente la primera vez que Ramón María me explicó esta idea tan suya, a nadie más le he escuchado cosa semejante. En esa ocasión hablábamos de Borges, a ambos nos gusta mucho, y discutíamos sobre cuál es su mejor cuento, yo sostenía en voz alta que el Aleph es fascinante, él, en cambio, se empeñaba en convencerme que el Inmortal es muy superior. Quiero confesar algo aquí; en verdad Funes el memorioso me gusta más pero nunca se lo digo porque no quiero oírle descalificándolo.

Ese día ante mi insistencia para que cambiáramos de tema, teníamos entonces poco tiempo de ser amigos de letras y yo quería  que habláramos  de política,  Ramón María me dijo con gravedad –nunca he estado de acuerdo con esa expresión popular que dice que; los amigos verdaderos son tan pocos que se cuentan con los dedos de una mano, no es mi experiencia, yo tengo muchos y aunque lo son de manera distintas porque distintos son los intereses que nos unen en amistad, todos son verdaderos. Tú eres uno de ellos. Y aun con más énfasis añadió – a mí me gusta respetar a los amigos y a la fuente de la amistad que nos hace serlo, no es bueno mezclarlos-. Nunca más insistí, a pesar de no estar en nada de acuerdo con esa idea sobre la amistad.

Lo más que se permite, en algunas contadas ocasiones, es comentarme a muy grandes rasgos de sus charlas con sus otras amistades, desde luego sin permitir intercambio alguno de ideas, yo únicamente debo escucharle. Por esas pequeñas libertades es por las que sé que tiene otros muchos amigos de temas, materias y disciplinas muy variadas y disímbolas.  A algunos los conozco.

Por ejemplo, de Edgardo su amigo de cocina, me comentó alguna vez, que estuvieron   hablando del  gazpacho y de las ventajas o desventajas de colarlo, -en los  ingredientes estuvimos de acuerdo, que por eso somos amigos, entre menos  mejor: tomate guaje, nunca de  bola, pepino y morrón, poco de ambos, que el tomate  es el rey, ajito, aceite virgen extra, una  cosita más, a la nevera y ya lo tienes-, apostilló con aire de suficiencia y con  la seguridad de todo un chef.

Sé que tiene otros amigos para hablar de futbol, me dijo en otra ocasión, – ahí sí, pero solo ahí, no importa que sean varios ya que el futbol es juego en equipo. También me ha dicho que es con Manuel es con el más habla de ese grupo, con él elabora y reelabora el once ideal de todos los tiempos, discuten también sobre si Messi, está a la altura de Pele y Maradona. A mí me parece que no, pero no puedo externar mi opinión porque cada tema tiene sus amigos y nadie se ubica en dos categorías diferentes, porque no es bueno mezclarlos como dice Ramón María.

Esto siempre se respetó entre nosotros, y sé que también entre sus otras amistades, alguna otra vez Ramón María me platicó que el amigo con el que charla de política quería venir con nosotros a hablar de Borges alegando que había leído el Poema de los dones y el magnífico cuento denominado El otro; Ramón María me dijo que atajó rápidamente esa intentona de burlar las normas. diciéndole escuetamente –te gustaría que hablase de política con otro– su interlocutor simplemente se quedó mudo.

Pero ayer todo pareció quebrarse, quizá algún presagio milenario apareció  cumpliendo su fatalidad en esa hora, o tan solo  una terrible conjunción de cosas extrañas: este inesperado  clima en el mes de junio,   la pandemia que lejos de ceder se fortalece o  los  polvos del Sahara, terminaron haciendo flaquear su compostura y Ramón María se dejó llevar rio abajo y olvidando su regla de oro (no es bueno mezclar)  sin ponerme sobre aviso,  me lanzó su confidencia como se arroja al viento una esperanza  ¡Estoy enamorado!

A punto estuve de decirle, querido, nunca olvides que tú y yo solo solo hablamos de letras.           

Y no sé por qué terminé diciéndole, ¡vamos cuéntame!, que el amor inventa nuevas reglas y rompe todos los esquemas, abrázate al amor para que no digas como Borges:

– ¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada? –

Y agregué sinceramente, me entusiasma que al fin transitemos a la verdadera amistad la que se da profunda y casi eterna, la que nos une fuerte al corazón de tan solo unos cuantos que se cuentan suficientemente cono lo dedos de una mano.

Me miró aliviado y cambiando las letras por la vida; respiró profundo y comenzó diciendo, es que ella es tan buena y además quiero decirte que…

VIVIR DE RENTAS

Por Ernesto Parga Limón

“Aprendí a llorarte sin saber que en cada mañana,
bajabas el sol para traer, luces de esperanza.”

Milonga: Sobran las palabras de Jose Larralde

Hay momentos en que no se ve la luz al final del túnel, momentos en que parece que todo se ha perdido de forma irremediable, en los que no se observa que haya salida en medio de la crisis de la vida, momentos donde todo se derrumba porque se ha perdido lo que se ama, porque aquello por lo que se luchó con infatigable denuedo yace en el suelo hecho añicos. Irrecuperable.

La adversidad tiene muchas caras, todas ellas terribles,  y se presenta muchas veces en nuestra vida, con ropajes  también diversos: La  muerte de un hijo, del cónyuge, de los padres, la  pérdida de un empleo, el divorcio, una traición insospechada que hace perder la fe en la humanidad,  las enfermedades terminales e interminables por su larga secuela de dolor, los fallidos proyectos, el destierro del solar que se ama, la prisión, el secuestro, la reclusión en campo de concentración, los terremotos,  los incendio, las pandemias y otros más de origen natural o surgidas con  crueldad  inimaginable  de la mano del hombre que es, muchas veces,  lobo del hombre.

No hay forma de negar la sacudida brutal, el impacto estremecedor y la estela de sufrimiento de estas manifestaciones de la adversidad en la vida de los hombres.

Sin embargo, pocos tópicos, a lo largo de la historia del pensamiento humano, tienen un consenso más universal que el de la utilidad y las bondades de la adversidad.

Para muchos pensadores entre ellos, prácticamente todos los autores clásicos, estadistas y poetas; la adversidad es la verdadera maestra de la vida y la fuente de la que manan todos los valores; –Sufrir instruye al hombre– nos dice Esquilo el padre de la tragedia griega, por su parte Stefan Sweig, el autor de Momentos estelares de la humanidad y de 24 horas en la vida de una mujer, nos dice que; –Toda ciencia viene del dolor, el sufrimiento busca siempre la causa de las cosas-.  El exquisito poeta sufí Rumi, sentencia con lacónica belleza –La herida es el lugar por donde entra la luz-.

Quizás, en el mismo hilo, la respuesta más rotunda venga desde la voz de C. S. Lewis probablemente la última gran mente que ha abordado este tema. Es muy notable su obra El problema del dolor y especialmente la desgarradora reflexión en carne viva llamada Una pena observada, escrita al compás de su propio duelo por la muerte de su esposa, escuchémosle:

-No creo que Dios quiera exactamente que seamos felices, quiere que seamos capaces de amar y de ser amados, quiere que maduremos, y yo sugiero que precisamente porque Dios nos ama nos concedió el don de sufrir; o por decirlo de otro modo: el dolor es el megáfono que Dios utiliza para despertar a un mundo de sordos; porque somos como bloques de piedra, a partir de los cuales el escultor poco a poco va formando la figura de un hombre, los golpes de su cincel que tanto daño nos hacen también nos hacen más perfectos.-

Profundísimas palabras, muy difíciles de entender en un mundo que busca desaforadamente el bienestar, el placer y la comodidad como regla sistemática de vida y que como aspiración máxima huye del dolor; rehuyendo, al mismo tiempo, de la sabiduría que nace de la experiencia de la adversidad.  

 Existe, entonces, no solo la dura realidad de apenas sobrevivir llevando a rastras lo poco que quedó de nosotros, sino que es posible salir avante y enfrentar la vida con nuevas actitudes, con más amor y mayor liberalidad de ánimo.  Pero ¿Cómo se transita de la desesperanza a la ilusión, cómo es que algunos pueden y otros no; en qué estriba la diferencia entre los renacidos y los que se queda muertos en vida?

Viktor Frankl, el médico austriaco creador de la Logoterapia, una voz muy autorizada en esto, que padeció lo indecible en cuatro campos de concentración, perdió casi a toda su familia en ellos, vio a mucha gente abandonarse y a otra luchar y salir adelante como él mismo lo hizo, nos dice que los que lograban llevar mejor las penalidades cotidianas, el hambre, la tristeza y el cansancio, no eran los de mayor fortaleza física sino aquellos de mayor y más   profundo calado espiritual.

 Aquellos que, habiendo tenido un pasado rico en experiencia espiritual, eran capaz de encontrar la belleza en medio de la desolación reinante. Esa es la fuerza indomable y creativa del espíritu humano.

Vivir de rentas es una expresión cargada de sentido.  Vivir del rédito de aquello que supimos atesorar y aquilatar, ahorrando un poco de la verdad, de la bondad, de la belleza y de la unidad que en sus múltiples manifestaciones la vida nos puso enfrente. Vivir poniendo cara a la adversidad de hoy, con lo que llevamos dentro, en el hondón del alma misma. El pesado ricamente cimentado, es el escudo y es la espada con lo que se luchan las batallas de hoy.

Vivir de rentas, de la fuerza indomable que dan las obras bien hechas, los amores bien amados, los amigos bien queridos, los libros bien leídos, los diálogos con Dios y la certeza de su presencia a nuestro lado.

Vivir de rentas, de la confidencia bien guardada, de los favores ofrecidos, del café de intenso aroma, del intenso color rubí del buen vino que la copa recoge, de escuchar el viejo tango que hace gemir al alma al ritmo del quejumbroso bandoneón, de reaprender por mero gusto el viejo poema de las juveniles preferencias. Vivir aquí y ahora que escribo estas 1000 palabras ¿Vivir… tan solo vivir!

¿Cómo nos encontrará la próxima adversidad? ¿Con qué cara y con qué ropaje nos acometerá? ¿Quién puede saberlo?  Lo único que se sabe es que inexorablemente llegará con su carga de dolor.

Ojalá sigamos llenando nuestra alforja de vida bien vivida, de amaneceres, de amores, de abrazos y de risas.

Ojalá sigamos llenando nuestra alforja de vida bien vivida, de amaneceres, de amores, de abrazos y de risas.

¡ENTRESUEÑO!

Por Ernesto Parga Limón

     “Sueño con el pasado que añoro, el tiempo viejo que lloro y que nunca volverá.”  Tango, Cuesta abajo.

Hace varios días que no puedo dormir bien, de forma recurrente viene a mi mente, sin alguna aparente razón, un relato detallado y casi biográfico de un niño pueblerino.

Este pensamiento y la extraña sensación que me produce se apodera de mí en cuanto llego al entresueño, esa zona nebulosa, que se ubica entre la vigilia y el sueño.

Creo que la mente tiene sus maneras de protegerse de este confinamiento, la mía se inventa una historia, un viaje en la distancia y en el tiempo que compensa y equilibra. Pudiera ser, también, un recurso para evitar la pena de volver a sufrir, ahora en el sueño, las insensateces diarias del vodevil de la política al que estamos expuestos, ofreciéndome a cambio una historia alternativa con matices de recuerdo. No lo sé.

Así que hoy haré publica esta historia de mis nocturnas inquietudes, un poco con el afán de exorcizar al fantasma intruso que me impide dormir y otro tanto solo por el gusto de evocar, un pasado que en algo se parece al mío. Ojalá, que ustedes también se vean reflejados en este relato.

No esperen, por favor, en esta historia: nudo, clímax y desenlace tal como sucede en las épicas leyendas de los héroes. No. Aquí, si acaso, encontraremos solo un poco de la tímida belleza que se esconde en la simplicidad de lo cotidiano y que suele producir un regusto dulce, quizás, por la similitud entre la historia que se lee y nuestra propia vida.  Podríamos decir que Chavito, de quien trata esta historia, es efectivamente solo Chavito, el personaje imaginario de mis sueños, y al mismo tiempo, también, cualquiera de nosotros.

Situemos, pues, nuestra historia en un pueblo como cualquier otro de esos diseminados por montones a lo largo y ancho de la geografía de la patria. Chavito es un niño como todos en aquellos tiempos: libre; esencialmente libre, con el pueblo entero como patio de sus juegos. Libre de cables y ataduras electrónicas, libre para pedalear cuesta arriba en bicicleta alquilada, a dos pesos la hora, o para perseguir, cuesta abajo, entre empujones con sus amigos el balón por las empinadas calles de su pueblo. Libre para entrar, sin llamar, en las casas de sus amigos todas ellas de puertas abiertas al aire fresco y a la gente.

Asiste, Chavito, a un colegio de monjas de inspiración jesuítica, quizá el único “lujito” que permite la apretada economía familiar. Toma sus lecciones en dos tandas, hoy esto resulta inconcebible, por la mañana de 9 a 12 y las vespertinas de 3 a 5. Se levanta a eso de las ocho con tiempo suficiente para ponerse el uniforme, desayunar e ir andando al colegio al que escasas 6 cuadras separan de su casa.

En las mañanas las clases terminan con el toque de la campana que llama a formación para rezar el Ángelus justo a las 12, después el desenfadado correr de los muchachos a sus casas, que con la algarabía propia de la edad van, simultáneamente, pateando el desinflado balón, tirando piedras a los perros callejeros y haciendo “desatinar” con sus bromas al siempre presente “loquito” de su pueblo.

El largo receso de media tarde alcanza para comer, hacer siesta, realizar los deberes escolares y memorizar un poema de su libro de “Lengua Nacional” para la clase de mañana:

Niño querido:
Ya viene el sueño
por el camino
de los luceros.
Ya se sienten
galopar
sus caballos
de cristal…

En el colegio hay dos patios, el de los niños que justo a la hora de recreo se transforma en estadio, donde los arcos del corredor de los salones hacen las veces de porterías, en su mundo infantil todos sueñan ser los Enrique  Borja, o  los Nacho Calderón del futuro, lo único que empaña la felicidad es pensar qué dirá mamá, cuando lleguen a casa con el pantalón roto en  ambas rodillas, producto de una necesaria barrida frente al oponente que casi se escapaba.

Sin embargo, es en el patio de las niñas en donde las destrezas deportivas alcanzan altos grados de perfección y de belleza. Anonadados, los niños contemplan muertos de envidia y a escondidas (para seguir fingiendo que ignoran a las niñas), las portentosas habilidades de ellas al jugar a “la cuerda” y al “juego del elástico” dignas de saltimbanquis y afamadas estrellas circenses. ¡Qué gusto da ver aquel despliegue de gracia y armonía!

La Casa de Chavito, no lo he dicho, se sitúa justo en el centro del pueblo, desde ahí todo se vive y todo se atestigua. Desde la casa, frente a la parroquia, se puede saber quién muere, tras las campanadas que doblan a muerto o a quién bautizan y así rápido colarse entre los niños invitados para agarrar al menos tres tostones del “bolo” que generoso lanza por los aires el padrino.

Pero el momento estelar llega de 5 a 9; cuatro horas frenéticas de juego, de colores, de olores y sabores.  A las canicas en el atrio de la iglesia o en los hoyos de las bancas de cantera de la plaza: al trompo, yoyo, meta, mulo por mulo, declaro la guerra en contra de…, e infinidad de juegos más, todo esto aderezado con cucuruchos de cacahuates y semillas o dulce de tamarindo despachado sobre cuadritos de papel estraza.

Es sábado, día de baño, de tallarse –muy bien- las costras en los tobillos y por detrás de las orejas. Y ya bien limpito ir al parque en donde, como cereza del pastel de la semana, por unos centavos se alquilan las revistas que se exhiben, colgadas por la mitad, en el tendedero que se estira entre la reja del parque y el poste de la luz. Fantomas, Kalimán, y especialmente los estremecedores melodramas de Lágrimas y Risas; ahí lee Chavito, las fabulosas historias en entregas semanales de: Paulina, Orlando y Fabiola, Memín Pingüin, Juan Valjan, la adaptación de Yolanda Vargas Dulché del clásico Los Miserables de Victor Hugo y a escondidas, porque lo tiene prohibido, Rarotonga la mulata que enamora y seduce al Dr. Alejandro Rivera.

Se vive en el pueblo, se es niño y se cree, con algo de razón, que esto es felicidad para siempre.

En tanto, hoy parece, que yo le gano la partida al sueño, una especie de sopor con olor a remembranza me invade y me lleva a pensar como Segismundo, el personaje de Calderón de la Barca, que también sufre en cautiverio:

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

13/06/2020

¡YA ESTÁ DECIDIDO!

 

Por Ernesto Parga Limón

 

“Lo cotidiano es en sí mismo ya maravilloso. Yo no hago más que consignarlo”

 Franz Kafka

 

Ya está decidido, parece ofensivo adelantarse, pero ya está decidido. Esta vez, como pocas veces en la vida, los seis estamos de acuerdo sin mediar discusión alguna. Cuando ella muera eso haremos. Es justo el homenaje que merece, aunque aún no nos queda claro cómo lo haremos. Démosle tiempo al tiempo, al parecer falta mucho para que esto suceda ya que goza de estupenda salud. Lo importante es que ya está decidido.

 Aún recuerdo cuando llegó, a algunos de nosotros nos incomodó un poco su presencia, desde luego a mí ya que era una boca más que alimentar; y ya lo saben, sobrar lo que se dice sobrar, nunca sobra. Tampoco es que me arrepienta y me fustigue por haber sentido ese inicial rechazo, me queda claro que nunca se lo manifesté abiertamente. Además, uno siente lo que siente y no hay más que discurrir sobre este punto.

Hoy que ha pasado el tiempo y que ella ya está en el ánimo de todos, sé que como yo, en algún momento, todos se preguntaron si estábamos haciendo lo correcto. Quizás haya en esto una lección para aquellos que se fían demasiado de la primera impresión negándose, solo por los humores iniciales, a algo que puede llegar a ser importante en sus vidas. No todo son vibras, auras y energías; cuenta mucho más el conocimiento que se obtiene tras observar el comportamiento, experimentar las lealtades y los cumplidos compromisos. La certeza de que algo o alguien estará siempre a tu lado no es materia de primera impresión, más bien, de todo lo contrario.

Llegó a casa por un acontecimiento meramente fortuito, quizá ella intuya que fueron los dioses que desde el comienzo de los tiempos le tenían este espacio asignado, no he reflexionado suficientemente sobre este tópico así que dejaré de lado esta especulación.  Uno de los seis cometió una infracción de tránsito, ¡créanme!, en un carrito de golf, (ni el cineasta Luis Buñuel hubiera imaginado más surrealista inicio en una historia) y como no portaba licencia recibió como sanción la “condena” de realizar labor social en algún centro de actividades no lucrativas de apoyo a la comunidad.  ¡Y ahí estaba ella!, en el refugio de animales. Esperando, lo entendemos ahora, que la fortuna le enviara a alguno de los seis.

 Lo miró, según me comentó él, con esos ojos de tristeza por no poder hablar para decirle llévame contigo.  –Ella me escogió-, nos contó entusiasmado a toda de la familia. El resto, hasta el presente, lo relataré en esta historia.

Lo de su nombre no fue problema, tras un breve intercambio se arribó a feliz acuerdo. Aunque algunas veces he dudado si inconscientemente impuse mi jerarquía de jefe de familia. Tampoco se me culpe en demasía, téngase en mi descargo que su color negro marcaba casi el destino de su nombre. Sin embargo, nada me gustaría menos, debido a la propiedad compartida que sobre ella ejercemos los seis, que la pobre tuviera un nombre que no hubiera sido democráticamente elegido. Ahora creo, que se cumplió muy bien el objetivo porque, según entiendo, la función primaria de todo nombre es proporcionar identidad al individuo que lo porta. No conozco a otro u otra con ese nombre, y además me gusta, me parece sonoro y dulce a la vez, tiene firmeza y calidez al mismo tiempo. ¡Trufa!

Pasados los primeros desencuentros, fruto de su infatigable energía que producían mil y una travesura, poco a poco nos fuimos acoplando. Recuerdo el tiempo en que casi nos quedamos sin plantas de jardín e imposibilitados de colgar la ropa y las toallas en los tendederos.

Era una delicia ver a la madre discutir e intentar sin éxito arrebatarle la pieza de ropa íntima,  que con ausencia absoluta de pudor y de solidaridad de género, la Trufa exhibía en su hocico muy cerca del portón;   hasta que cansada, la madre, le propinaba un severo pero cariñoso escobazo en el lomo acompañado de la amenaza nunca cumplida –pero te voy a pegar más fuerte Trufa– y  salía la perra  despavorida con la cola entre las patas y con un aullido que sonaba a queja y llanto al mismo tiempo, pero volvía al cabo de unos pocos segundos para intentar  terminar su faena, pero la enhiesta escoba le hacía abortar  el plan y reculaba cargada de tristeza.

 Fue ganando peso, tamaño y madurez y con ella un sobresaliente sentido del deber. Nunca le explicamos sus funciones porque ni siquiera esperábamos que cumpliera alguna, ya que nos contentábamos con el regalo de su compañía. Sin embargo, su instinto le mandó con firmeza que debía cuidar del espacio y con empeño especial de los seis que eran ya su responsabilidad.

Y eso hace hoy con fervoroso celo, recorre infatigable cada rincón de nuestro patio avisando a todos los “posibles enemigos”: los perros del vecino o a cualquier caminante que pase por el frente de nuestra casa que sus amos, “sus excelencias”, están de vuelta y ella está para cuidarlos.  Es amiga de la calle y de las muchas fondas de nuestro barrio, “sabe” distinguir con claridad, entre propios, amigos, vecinos y extraños.

Cuando llueve y truena entra en pánico y su natural obediencia sucumbe ante el imperio de su instinto que le obliga a resguardarse dentro de la casa. A nadie que le pide que se salga obedece, solo a mí. No se tome esto como presunción, lo comento porque sé que a pesar del miedo que la paraliza, me obedece por compasión, diciéndose para sus adentros, –a este pobre, que juega a ser el jefe, nunca nadie le hace caso; ayudémosle.

Ir al Oxxo con ella, que siempre está dispuesta, es la mejor terapia en favor de la autoestima. La Trufa cruza la calle por delante sin importarle los carros, en su lógica estos tendrán que detenerse, si alguno intenta ejercer su derecho a transitar ella le lanza acremente una mirada de reproche, como diciéndole —que no ves, tontito, que sus altezas serenísimas están pasando– y uno se ve y se siente como caminando por alfombra roja directo a recibir la corona que lo acredite como Emperador de todo el universo trufístico canino.

Por todo esto bueno que aporta a nuestra vida, la nombramos desde ya: “Nuestro mejor perro familiar”, así que ya está decidido lo que haremos a su muerte: ¡una escultura! Ese será su homenaje, como a Hachikó el famoso perro japonés

Por fortuna falta mucho tiempo, ya que por ahora goza de cabal salud, pero ya está decidido. Solo faltan los detalles, habrá que definir, otra vez en democrática asamblea, el lugar en “su patio” en dónde la colocaremos, y el material (oro de 18 quilates, la más fina madera, o si nos alcanza, pues, de mármol de Carrara).

Ya juzgarán ustedes, mis amigos, si este plan es viable o si es solo una manifestación más de los desvaríos surrealistas que van produciendo este encierro interminable.

 A propósito, ¿En qué año estamos?

CATARSIS

Por Ernesto Parga

 

            “Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”   Groucho Marx

Es indudable que una labor de primer orden entre aquellos que nos quieren es la de protegernos siempre. Aconsejarnos cuando con intención o sin ella nos acercamos a algo que pudiera ser dañino para nosotros; decirnos frente al peligro, sin importar la naturaleza que este tenga, -allí no hay nada bueno para ti, no te metas en camisa de once varas, perderás la más por lo menos- y así, con similares reconvenciones, intentar que seamos juiciosos. Todos sabemos que hay lugares y acciones de los cuales más vale mantenerse alejado y no pretender introducirse ni siquiera con la noble intención de ayudar. No te metas de redentor porque saldrás crucificado decían en estos casos nuestros abuelos.

Pero aun con todo esto mencionado existe el riesgo de que torpemente algunos decidan seguir adelante, buscándole tres pies al gato, tal es mi caso, necio al fin, genio y figura. Aquí voy.

No sé en qué estén pesando. Pero a lo que yo me referiré es más arriesgado que lanzarse en parapente y padecer a la vez problemas cardíacos, más arriesgado que cruzar a pie los desiertos de Sonora y del Mojave juntos. Más peligroso es hoy, sin duda, hablar y escribir sobre…política, ya que no hay posibilidad de sobrevivencia.

Me prometí nunca escribir sobre política, en primer término, porque tengo tan poco que decir, hay tantos a quienes yo leo que lo hacen tan correctamente aquí en este mismo medio Informativo.  Siempre se nos ha dicho que con, la familia, en el trabajo o con los amigos más vale no hablar de política, de religión y de futbol. A veces pienso que el futbol e incluso la religión parecen palidecer ante el poder de polarización y de generación de odio que tiene la política en nuestros días.

De cualquier manera, aquí voy, sin ningún afán, solo por necesidad, no quiero aportar nada al debate, no pretendo enseñar a los que no saben, ni corregir al amigo que se ha vuelto, ingenuamente, adepto o adicto a tal o cual movimiento de esos de: “Ahora si esta es la real acción revolucionaria y trasformadora”. Ni siquiera deseo mostrar, desde otro ángulo, no visto por nadie, mi visión de las cosas, porque creo que, en esto, no hay nada nuevo bajo el sol.

Hoy solo quiero sacar, en catarsis liberadora, lo que me pudre, solo eso, purificarme, purgarme. Pido perdón por usar este espacio para tan egoístas pretensiones.

Pienso que todo hombre cuenta con mecanismos de depuración para de alguna manera ir “sudando” toda aquello que le enferma, creo que es la humana vía para mantener el equilibrio emocional, sin embargo, hoy parece que esta función natural se atrofia ante la inmisericorde exposición a lo político que todos sufrimos a través de las “benditas redes” y por la creciente polarización que estas producen. Sin exagerar desayunamos, comemos y cenamos política y es esta tan mala y deplorable que la indigestión sobreviene necesariamente, haciendo urgente otra vía de sanidad. Sanar por expulsión provocada.  Esto es lo que pretendo y solo por eso es por lo que rondo hoy los pútridos confines de lo político. Que Dios me agarre confesado y me permita conservar algún amigo.

Suele decir mi estimado, Jorge Chávez, que hoy vivimos un gatopardismo político, expresión que significa que todo debe cambiar para seguir igual, no comparto totalmente esta ideal porque creo que en la política mexicana todo efectivamente cambia, pero para ser cada vez peor. Cada sexenio y cada trienio comprobamos asombrados que es posible estar peor que antes.

Es tan deleznable la política, que en nuestro país se ha vuelto rutinario que los partidos políticos se nieguen a sí mismos (a quien le importa una traición más) y se presenten ante el electorado con retorcidos argumentos retóricos como –somos un partido conformado por el pueblo no por políticos, – otro eslogan que recuerdo decía: –vota por nuestro partido, ayúdanos a sacar a los políticos del gobierno. ¡Vaya cinismo!

¡Convicciones, principios y esos qué son, con qué se comen!

En un triste panorama de trinquetes, traiciones, golpes bajos y fuego amigo, pan de cada día en la política mexicana, sin poder creerlo, vemos como cotidianamente se politiza lo que uno supondría que no debería ser politizado, las medicinas para los niños con cáncer, la muerte de Geovanny López, o el escandaloso conteo de los decesos por la enfermedad del virus del Covid-19. Para nuestros políticos no hay “paz ni tregua de Dios” ante la posibilidad de ganar una elección ya que al parecer   un solo voto “bien vale una misa”; así sea con el diablo. Todo lo alcanza la fétida y purulenta mano de la política.

En el desfile de “impolutos” especímenes de nuestra pérfida galería de políticos (que no son según ellos sino humildes servidores a quienes mueve un incontrolable y casi místico deseo de servir a la justicia, a la libertad y a la democracia), podemos observar entre otros muchos a:

-Un prometedor joven azul con mucho talento, pero mayor más ambición, que prefirió en su camino al poder, talar el bosque de camaradas correligionarios antes de ceder un milímetro en sus aspiraciones.

Un niño verde que de verde solo tiene su inmadurez y que sería capaz de vender el Cañón del Sumidero a cambio de tres votos

Y una caterva de maduritos guindas que antes fueron tricolores, o verdes o azules y que han mutado de otrora encendidos opositores a comparsas con insospechada vocación de floreros.

Y unos, ya muy pocos, deslavados tricolores que buscan un nuevo y desesperado acomodo en el tren de la patria del que fueron expulsados.  No creo que sea necesaria la aclaración, pero desde luego que a estos patriotas tricolores no les importa el destino del tren que ya lo único que cuenta es montarse rápido antes que la historia les olvide.

Suficiente.  Ha terminado la catarsis, no vaya a salir peor el remedio que la enfermedad.

07/junio/2020

DOS PUEBLOS, DOS INCENDIOS, UNA VIDA.

Por Ernesto Parga Limón

“Nadie se va del todo siempre y de algún modo algún trocito quedará, de su alegría, de su nostalgia, de aquella luz que había en su mirar y la verdad que había en sus palabras”.                                                                                                              Sergio Esquivel (canción popular)

 

Llegó del sur ya que el destino, que no siempre sabe de querencias, lo lanzó allá, “pal norte”, con una interrogación en la cabeza y otra más en su contrito y solitario corazón.

Mantuvo siempre, como el viejo tango El corazón mirando al sur, porque allá habían quedado todos sus amores.  Honró con su trabajo honesto y su infatigable esfuerzo al solar que le acogía; la antigua Villa del Refugio, la que nunca se deja ganar en hospitalidad, generosa porción del suelo patrio, que da, a orillas del Río Bravo, un sueño nuevo a todo sueño cancelado.

Así era él, vida vivida para desvivirse por los suyos: sus hermanas, sus padres, su esposa, sus hijos y sus nietos. Su larga vida consistió sistemáticamente en hacerse a un lado para que, por él, otros fueran felices. –Siéntate a mi lado y serás felizsolía repetir casi como un estribillo de poética canción de cuna.

Alguna vez leí que la verdadera descripción de amor se encierra en esta expresión: En el amor uno no cuenta. Y ese fue su credo. Así era él.

 Recuerdo ahora la parábola de los dos hermanos, que ante la pregunta que se le hace   al niño mayor que ha subido la ladera escarpada con su hermanito a horcajadas sobre su cuello -¿No te cansas? responde, dibujando una sonrisa en su rostro fatigado. -No me pesa, es mi hermano-. Así era él.

La tierra de Agustín Yáñez le vio nacer, aquel “pueblo de mujeres enlutadas”, de imponente parroquia de cantera, de exquisitas arcadas delineadas con maestría por artesanos que aman su añejo oficio de cantero, pueblo de chile de árbol, de picones , de papas en vinagre  y de domingos de “jardín” en que la música ambiental se confundía con los vocingleros  piropos lanzados por los hombres  a las bellas  alteñas de ojazos tapatíos,  y con el tronar de los tostados cacahuates  que  van amontonando su cascara en la acera ante la mirada amenazante del barrendero que empuña su enorme escoba de popotes.

 Y fue un día que fiel a su costumbre de ayudar, él, siendo el responsable de la pequeña terminal, ante la falta de choferes, toma el volante de un viejo autobús, y como siempre se cumple la conseja popular de que en los bienes y en los quehaceres ajenos cae la desgracia, esto exactamente sucedió, un pasajero llevaba gasolina y otro fumaba, las llamas se esparcieron raudas abrasando a su paso fierros y personas.

 Y perdió todo, todo se le arrebató al hacérsele responsable. Y tuvo que salir, buscando nuevos horizontes, dejando por allá jirones de su alma. Aquel suceso le dejó cicatrices en la frente, en ambos brazos y en la mente que lo acompañaron a lo largo de su vida.

En las calles del centro en los 50s, fue un matamorense más, aunque seguía su corazón mirando al sur. En la calle Ocho con circulación de sur a norte, entre paleteros y paletas, entre fritos y friteros pasó sus días y muchos de sus años.

La Capilla que era en aquella época aun un barrio familiar, fue su espacio vital para combatir las añoranzas hijas de su soledad acumulada.  Recorría la calle 10 y cumplía su precepto dominical en la iglesia del Sagrado Corazón que edificó el recordado Padre Ornelas, justo al lado del Mercado Quintanilla. La Capilla cuna del guayín, mágica cura de la cruda de beodos amanecidos, favorito de obreros, de estudiantes sin fondos que haciéndose la pinta compartían mesa, en ecuménico convite, con jubilados, con vendedores de cachitos de lotería o con chicas de galante vida, todos ellos visitantes asiduos de La Jarochita, El Victoria, El Deportivo, El Buen Gusto y otras loncherías de idéntico formato.

Y la marquesina del cine Alameda anunciaba la doble función de películas del Santo, mientras que los luchadores locales intentaban, justo al lado, emular sus piruetas en el Auditorio Matamoros aquel mismo que infatigablemente prometía en su estentóreo sonido publicitario “Munchas, pero munchas emociones”. Y el santo, vivificante y ancestral olor a café recién tostado del expendio “La Cordobesa” inundaba toda la placita, y se metía hasta la médula en cada uno de sus desocupados transeúntes.

Pasaron los años y el norte le sentó de maravilla, reunió de nuevo a su familia y prosperó dándole a sus hijos pan, carrera, y con su ejemplo, el impagable regalo de vivir con la frente en alto. Así era él.

Y acrisoló en su vida lo mejor de ambos mundos, la cultura del esfuerzo tan propia de estos pueblos, aprendida en parte, de tantos “árabes y libaneses” asentados por los “nortes” de la patria, pero conservando, al mismo también, las costumbres propias del occidente mexicano. El negocio cerraba sus puertas de 2 a 4 de la tarde para comer en familia, igual que en el pueblo alteño de sus recuerdos. Y se comía y se hacía familia a la de antes, no solo por el hambre, sino en celebración al hecho de estar juntos. El padre ocupaba el lugar de honor y aunque dispuesto lo cedía, la madre obstinadamente lo impedía con la misma tajante admonición, -Ya saben que es el lugar de su papá- y el anhelo de ocupar la silla renacía al día siguiente con idéntico resultado.

Y sucedió de nuevo, el fuego apareció y arrasó con la única fuente de sustento, el comercio en el que tanto se esforzó sucumbió al implacable ataque de las llamas, y ahora ya, con 60 sobre sus espaldas y muchos deberes familiares por cumplir, el destino aciago lo golpeaba nuevamente. Pero el fuego solo espoleó al gigante del amor, sacudida la tristeza, despertó de nuevo y luchó y se aseguró una vez más, que por él todos fueran felices. Y resultó más fácil levantarse ya que ahora los suyos estaban a su lado, esta vez no había ni norte ni sur, estaba situado en el mejor de los puntos cardinales, en el epicentro mismo del amor genuino; su familia, que siempre dio rumbo a su existencia. Así era él.

Y otro día, cumplida la tarea, se fue sin irse, se fue tras la Rosa marchita que prometió cuidar eternamente, pero que el destino que no sabe de querencias, meses antes le había arrebatado. Se fue sin irse.  Se quedó, como se quedan aquellos que descifraron en su vida la clave grande del amor: Uno no cuenta.

20/mayo/2020-

DE PUDORES FEMENINOS Y MASCULINOS

                                                                           Por Ernesto Parga

«No enseño ni adoctrino, lo que hago es relatar.» Michel de Montaigne

Cualquiera, en estas condiciones de encerrona por Covid-19 se vuelve más observador, más analítico, a falta de distractores y de prisas se aguza la mente, se comparan con parsimonia tiempos, géneros, edades, nacionalidades y gustos. No hay merito alguno. En realidad es la natural consecuencia de la ralentización a que inopinadamente fue sometido nuestro casi frenético y descerebrado uso del tiempo. Así como la naturaleza y la vida animal están recobrando espacios que les fueron arrancados; de igual manera la mente va recuperando y reconquistando sus capacidades de inquisición ante cualquier realidad que se le ponga enfrente.

¿Cómo le hacen en otros países para ser felices sin tortilla y chile?

¿Quién habla más, el hombre o la mujer?

¿Cómo hubiera sido esta encerrona hace 20 años sin celular y sin Netflix?

Y así un largo etcétera en esta línea de “profundísimas especulaciones metafísicas” cuyos únicos servicios son, por una parte, la lubricación de la oxidada capacidad de pensar y por el otro, proveer a la enclaustrada humanidad de la falsa sensación de que el tiempo trascurre más rápido una vez que se ha resuelto la cuestión en turno y aun incluso sin haberla resuelto.

El más reciente episodio de esta acometida mental, que bien pudiera llamarse “De pudores femeninos y masculinos”, me sucedió apenas ayer, cuando un tanto atribulado por el excesivo cobro del ultimo recibo de luz, perdón me corrijo aquí, el más reciente, ojalá que alguna vez fuera el último, pero un contrato con la compañía de luz exige igual indisolubilidad que el matrimonio cristiano; hasta que la muerte nos separe.

 En virtud que el cobro en cuestión tenía más ceros que días la sana distancia, determinamos todos en casa, aprovechando el fresquito que dejó la lluvia, apagar el aire acondicionado y retomar la no tan antigua costumbre de abrir las ventanas. (Cualquiera que haya pasado su infancia en el húmedo verano del noreste de México, se recordará durmiendo en el piso con las puertas abierta y las infaltables mosquiteras como único mecanismo de seguridad ante moscos, sancudos, grillos, famélicos perros, borrachos trasnochados, ladrones y almas en pena.)

Una vez levantadas las ventanas, modernas guillotinas del rocío y del sereno, nos vimos en la imposibilidad, al llegar la hora de dormir, de activar la alarma ya que cada ventana cuenta con un sensor que se acciona al estar abierta, el dilema, entonces, se nos planteó muy complejamente:

O aire natural y consiguiente ahorro de energía con su toque de remembranza por los tiempos idos, o seguridad de alarma y más ceros a la cuenta de los relojes en el medidor que volverían a girar como hélices de supersónica nave.

Mi mujer atajó pronto, -ni loca me duermo con la ventana abierta y corrida la cortina, ¡te queda claro!, todos los “viejos” nos verían, ni loca ¡eh! – Yo insistí con el argumento fracasado de otras tantas veces, de que sin correr la cortina el aire rebota y escapa por donde llegó, y adiós el fresco.

En ese momento por la sabiduría que otorga la experiencia de vida supuse que mi derrota era cosa cantada.

De cualquier manera, ya por el mero gusto de recuperar por la cuarentena el viejo oficio de pensar, intenté dilucidar.

¿Por qué se experimenta tan diametralmente opuesto el pudor entre hombres y mujeres?

¿Quizás el pudor masculino tiende más proteger y a salvaguardar la idea que de uno mismo se quiere proyectar, quizás por eso el hombre llora menos y calcula más cada una de sus palabras o expresiones? A lo mejor el hombre piensa, -no importa que se asomen por mi ventana con tal que no se asomen a mi alma.

¿Qué cómo experimentan y viven el pudor las mujeres? No lo sé, pero sí sé que ni en mil cuarentenas mi mente masculina lo comprenderá.

Pero la vida aún a los 57 nos tiene reservadas algunas novedades. Mi hijo, que por mera obra del azar escuchó el desparejo debate conyugal decidió intervenir, creo que, por mera solidaridad en rescate del compañero caído, y bien armado con el doble e imbatible poder de ser el hijo mayor y además varón, con el aplomo que da la certeza en aquel que se sabe ganador con o sin razón, con asombroso sosiego y una levemente acusada soberbia… Pontificó; ¡Ay ma si se mete un viejo la Trufa le ladra! Y la ventana se abrió y las cortinas se corrieron como el agua sumisa del mar rojo ante la divina orden; el milagro se reeditó. ¡Poder es poder!

Y esa noche dormí sereno sin pensar en los relojes del medidor de la CFE, y dormí con el dulce sopor que me produjeron las oleadas repentinas del sereno que llenaban nuestra habitación.

Pero, ya se sabe que no hay felicidad perfecta, justo a la mitad de la jornada nocturna me despertó la acuciosa necesidad de dirimir una cuestión más de esas, de “profundísima especulación metafísica” y además, esta, de urgente respuesta para todo norteño bien nacido.

¿Cuándo volverán a prender el carbón mis hijos?

18/mayo/ 2020

Las novelas y la pandemia

                                                                                                 Por Ernesto Parga

  “Nunca permitas que el futuro te perturbe, lo encararás si debes hacerlo, y con las mismas armas con las que hoy combates el presente.” Atribuido a   Marco Aurelio               

Don Miguel de Unamuno, el célebre escritor vasco, acuñó un neologismo para denominar con un género distinto a sus novelas, las llamó nivolas, para distanciarlas intencionalmente y como una muestra de rechazo de los parámetros de la novela realista tan en boga en el siglo XIX. Quizá el ejemplo más logrado y al mismo tiempo más conocido sea la nivola “Niebla”, también se recomienda la lectura de la apasionante nivola “Abel Sánchez… una Historia de pasión”

Unamuno en boca de uno de los personajes de Niebla, Víctor Goti, el íntimo amigo del protagonista Augusto Pérez, describe las características de una nivola:

—Pero ¿te has metido a escribir una novela? —¿Y qué quieres que hiciese? —¿Y cuál es su argumento, si se puede saber? —Mi novela no tiene argumento, o, mejor dicho, será el que vaya saliendo. El argumento se hace él solo. —¿Y cómo es eso? —Pues mira, un día de estos que no sabía bien qué hacer, pero sentía ansia de hacer algo, una comezón muy íntima, un escarabajeo de la fantasía, me dije: voy a escribir una novela, pero voy a escribirla como se vive, sin saber lo que vendrá. Me senté, cogí unas cuartillas y empecé lo primero que se me ocurrió, sin saber lo que seguiría, sin plan alguno.

¿Les suena esto conocido?, “un día en que no sabía que hacer, sin plan alguno” Extraña declaración hasta hace unos pocos meses, cuando nuestras vidas regidas por rigurosos calendarios, horarios, pensamientos y acciones, se ajustaban al ritmo frentico que impone el paradigma del bienestar capitalista,  que busca, ahora lo sabemos,  erróneamente  la seguridad ante todo, esa seguridad que se manifiesta  como un intento de atraer y de anticipar el futuro para poder de esta manera  colocar, en el presente, las piezas del puzle de nuestro devenir, fijarlas de tal manera que este quede definido de conformidad a nuestra propia  conveniencia.

Siempre me pareció, amén de inútil, muy poco poético el empeño necio por la   ultra-seguridad que se gasta su presente real en aras de construir un futuro que aún no es. Recuerdo haber leído en alguna ocasión qué si algo define al futuro es precisamente la certeza de su incertidumbre, eso es y en eso radica la naturaleza de la vida  futura; tiempo por vivirse.

Hoy la vida en pandemia, que aún nos parece surrealista, lenta y en ocasiones insoportable, nos coloca casi como personajes de una nivola, historias sin futuro cierto, así como se vive, sin saber lo que vendrá nos explica Víctor Goti el citado personaje unamuniano.  

El coronavirus que hoy se yergue como un moderno iconoclasta, que nos arrasa derrumbando muchos de nuestros falsos dioses, los dioses en los que depositábamos la certeza radical de nuestra seguridad, o quizá aún más grave y doloroso, este virus también derrumba, vence y pisotea al dios cuasi omnipotente en que cada uno de nosotros se había más o menos convertido al compás del ritmo que las ideas al mando nos imponen con jerárquica e ineludible autoridad.

¿Catástrofe o era nueva? las opiniones las hay y son variopintas, hay quien ven esto como el fin del mundo, el triste omega de la humanidad y otros como la inesperada oportunidad para renacer de nuestras miserias y despertar como humanidad a otro estado de conciencia.

No quiero suscribir ninguna de las  dos visiones sobre  esta pandemia.  Rechazo la una por fatalista, por que creo que la vida sigue su derrotero y todavía quedan muchos capítulos por escribirse en el libro de la  comedia humana y rechazo la otra por ingenua, por que supone que la humanidad en su conjunto, aprenderá una lección y que todos, dominadores y dominados, siervos y señores caminaremos al fin juntos en busca del nuevo sol. Casi como el  feliz final de  una película futurista.

Creo que esta contingencia si es algo de catástrofe u oportunidad lo es, solo, en clave personalísima y no colectiva.  ¿Qué nos deja a cada uno? ¿Qué nos quita a cada uno?, ¿me derrumbo o me levanto, me quejo de lo perdido o recupero lo olvidado, lo valioso? Se impone una respuesta personalísima, es decir cada uno cargará  y deberá responder a su propia pandemia.

Hecha añicos la seguridad, el loco afán de medir el futuro y de pretender acomodar antojadizamente sus infinitas variables, – el barril de petróleo a 49 dólares-,  -15 millones de turistas al año y su contante derrama económica- podemos, ahora, parafrasear a Pablo de Tarso para preguntarnos  ¿Dónde está, oh seguridad tu victoria?

Así en tanto, creo que viene bien un poco de sana incertidumbre, un poco de nivola en nuestras historias, que se escriban así como se van viviendo. Un poco de poético, romántico e inasible futuro de ese  que se alimenta de la esperanza en el azaroso porvenir, también nos viene bien.

abril 2020