RECONCILIACIÓN…EN SERIO

Por Ernesto Parga Limón

En su libro “Un largo camino hacia la libertad”, el padre de la nueva Sudáfrica, el que erradicó el apartheid nos regala un retrato honesto, sincero, desprovisto de poses y de auto exaltación, que nos puede ayudar a conocer y a entender a una de las figuras políticas paradigmáticas de nuestro tiempo. Nelson Mandela.

Sin duda es parte del ADN del alma política, de la mayoría de los gobernantes y estadistas de todos los tiempos, soñar con un puesto en la historia; que los siglos venideros reconozcan su legado indiscutible, su poder de transformación y su genio incomparable.

Claramente, la inmensa mayoría de ellos lo hace más desde su propia megalomanía que desde una realidad radical y seria. Casi todos anhelan, porque su ego los alimenta, un lugar en el panteón de los grandes hombres de la historia, y se sueñan al lado de sus héroes.

Cuántos de quiénes ahora gobiernan los países de nuestra época tienen ese mismo deseo, y cuántos, como en el pasado, se engañan a sí mismos y ciegos, ante la realidad de su pequeñez, prefieren oír el seductor, aunque mentiroso, canto de las sirenas que les cantan su falsa melodía de inmortalidad.

Quién de los actuales actores relevantes en la geopolítica, resistirá el juicio de la historia, quién pasará la criba de la historia; esa enérgica diosa que pone, inflexiblemente, a cada uno en su lugar.

Nelson, el niño negro en un país de negros, gobernado por la minoría blanca, nos narra en este apasionante libro de su vida, su historia familiar, su infancia, los oprobios recibidos por su color de piel, su formación académica, sus errores, sus pecados, su admiración por las mentes claras, y finalmente el aprendizaje, quizá la única virtud que de sí mismo reconoce, que lo  llevó a encabezar  la revolución que hizo  caer al régimen de segregación que imperaba en su país.

La manera más segura de perder ese puesto en la historia es que los políticos se expresen con un discurso en un sentido y que sus obras caminen por otro derrotero, pretendiendo engañar con la palabrería hueca. Justicia y amor por la tarde y en la mañana palos y descalificaciones.  

Mandela pronto entendió que la única salida para su patria era la reconciliación autentica y la unidad de todos los sudafricanos, sin importar cuál haya sido la naturaleza de los agravios y sin importar quién los haya sufrido. Mandela no le hablaba al oído del seguidor, esperando su aprobación, le hablaba a la verdad, y a la necesidad real de su pueblo.

Tal vez el mejor indicador de la grandeza del estadista se pueda aquilatar en su propensión al futuro, el trasformador mira hacia adelante, no mira al pasado más que para perdonar y abraza la reconciliación con el otro, con el diferente, con el que me ofendió, sin exigirle disculpas, le ofrece la posibilidad de una nueva convivencia al amparo de nuevas reglas justas para todos.

Mandela pasó 27 años en Robben Island y en otras cárceles, su movimiento el CNA (Congreso Nacional Africano) estaba proscrito, perdió a muchos camaradas de lucha civil. Al salir y tomar el poder pudo sentirse justificado para emprender una justa venganza contra aquellos que habían ofendido y dañado a su pueblo y a él mismo. Pero así se mide la grandeza, cuando sin complejos, sin venganzas escondidas con la careta de “mandatos del pueblo”, se busca la paz, porque se sabe que solo así esta perdurará.

El auténtico líder no azuza a su pueblo a la violencia, no distingue, ni clasifica, ni divide a sus gobernados; se empeña, muy por el contrario, en unirlos a pesar de que esto le significa pérdida de popularidad; porque esta no es factor que decida su actuar.

 Sin discusión “Madiba” tiene, sin buscarlo su lugar en la historia.

Hay un montón de ejemplos de su decisión por el perdón y la reconciliación, incluyó blancos en su gabinete y en sus equipos de trabajo. Aceptó y recibió el premio Nobel de la Paz junto al presidente de Sudáfrica Frederik de Klerk; el mismo que lo liberó tras 27 años en prisión. Mandela y de Klerk fueron presidente y vicepresidente de la nación en la era post apartheid.

Es muy conocida su frase: “Si quieres hacer las paces con tu enemigo, tienes que trabajar con tu enemigo. Entonces él se vuelve tu compañero”.

Mandela reunificó a un país devastado por la violencia y por el odio racial, sin maniqueísmos ridículos que reparte todo el mal en un lado y todo el bien en el otro, sabía que el mal está en todas partes y que también el bien puede estar en todas partes. “Los valientes no dudan en perdonar por el bien del pueblo”, solía decir.

Mandela entendía que el peor consejero y aliado es el odio, en sus años de prisión gustaba de recitar una y mil veces el poema Invictus del poeta inglés W. E.  Henley:

 “Ya no importa cuán estrecho haya sido el camino,

ni cuantos castigos lleve mi espalda,

Soy el amo de mi destino,

Soy el capitán de mi alma.”

Mandela siempre pensó que lo único que podría realmente encarcelarlo era el odio; que nublaría su razón para actuar haciendo el bien.

Pienso que “Un largo camino hacia la libertad”, de Nelson Rolihlahla Mandela el querido, “Madiba” (padre) del pueblo sudafricano, debería ser el libro de cabecera de muchos gobernantes, que hoy más que hacer el bien están embriagados anticipadamente de su posible presencia en el almanaque de la historia.

Mandela tiene mucho que enseñarles.

MORIR TRES VECES

Por Ernesto Parga Limón

En una tarde más de encerrona… es sábado, pero pudiera ser miércoles o lunes, da igual, las horas parecen meses y los meses siglos. Es difícil vencer la tentación. Sobre el buró de a lado; el control, la televisión enfrente, la recomendación del amigo presente, y el clic sin necesidad de zapping, va directo al objetivo. “Las tres muertes de Marisela Escobedo” en Netflix; estrenado apenas el día 14 de octubre. La experiencia… sobrecogedora, estremecedora, abrumadora y tan reveladora que nos cuestiona hasta la médula misma. No soy critico cualificado, pero este documental seguramente se llenará de premios y reconocimientos, quizá ya tiene uno, el convertirse por el tema que trata, (los muchos temas), y por su calidad, en vista obligada para todos los mexicanos, para entender la grave crisis de seguridad que ya por décadas arrastramos.

Recién se cumplieron 10 años de la muerte de Marisela Escobedo, la activista que movió mar y tierra para buscar justicia por el crimen artero de su hija de 16 años, Rubí Frayre Escobedo, el documental narra con entrevistas a funcionarios legales, familiares y  ONG involucradas,  la tremenda odisea de Maricela que desafío a autoridades y  persiguió por propia cuenta  al asesino y logró ubicarlo para ponerlo  de frente a sus juzgadores, en uno de los primeros juicios llevados bajo el nuevo sistema penal acusatorio. El asesino en pleno juicio pidió perdón a la madre; el veredicto…  absuelto por unanimidad.

El caso de Maricela nos pone de frente, sin posibilidad de fuga, ante la gravísima descomposición del aparato de justicia de nuestro país, en donde los ciudadanos hemos sido abandonados por el estado a nuestra propia suerte.

Nos revela la frialdad y falta de empatía de las autoridades ante los clamores desesperados de cientos de miles de familias que buscan justicia ante gobiernos sordos, coludidos y en el mejor de los casos ineptos e irresponsables.

Por lo menos a mí me hace entender el tamaño de la desilusión y del hartazgo ante el enorme desprecio de las autoridades por la vida de sus gobernados y ante la impotencia y vulnerabilidad que carcomen el espíritu de los mexicanos, que, por otra parte, necesitados de recuperar la esperanza, en un movimiento pendular, buscan afianzarse en algo, en promesas que den un poco de tregua y de sosiego en medio del tormento y de la angustia. Y surgen los vendedores de humo que prometen a sabiendas que poco o nada harán, pero que con desenfado aprovechan la rabia y el descrédito de los actores políticos pasados para recoger, una vez más, la esperanza y la necesidad de creer en la justicia y el hondo deseo, también, de no sentirse solos, abandonados.

Esto no es una diatriba al partido que gobierna, es un repaso que incluye a los tres principales partidos políticos que nos han gobernado en los tiempos recientes; el PAN de Calderón, el PRI de Peña Nieto y el actual de MORENA. Insisto no es una diatriba, doy un solo dato para fundamentar mi aserto.

El terrorífico conteo de muertos por violencia en el sexenio de Calderón arroja números según el semanario ZETA de 83,000, el gobierno en su momento reconoció 64,786, sin embargo, hay quienes piensan que pudieron llegar hasta los 121,000, según información del INEGI, que comparte la revista Proceso. Los del sexenio de Peña Nieto rondan en la cifra terrible de 150,000, de acuerdo con la información del mismo INEGI. Por su parte los números del actual gobierno siguiendo la lamentable inercia, cada año superan al anterior, para el 2019 se contaron 35,588 en datos de la Secretaría de Seguridad Pública del propio gobierno federal, para este 2020 las estimaciones superan los 40,000, dando una cifra también estimada para todo el sexenio de más de 200,000.

Cada uno de estos números, los del pasado, los del presente y los del futuro tiene y tendrán nombre y rostro, tristes historias de familias sobrevivientes que, en palabras de Maricela Escobedo, son vueltas a asesinar espiritualmente por la ineficacia de los aparatos de procuración de justicia.  Son, a mi parecer, prueba indubitable de un estado fallido. 

Pasan los años, pasan las administraciones. ¿Algo ha cambiado?, ¿Nos sentimos más seguros?, ¿Nos sentimos más acompañados? Lamentablemente todas estas preguntas tienen una respuesta negativa. Sobre nuestros corazones solo la imperiosa necesidad de seguir creyendo en la justicia. En tanto el gobierno nos ofrece solo humo y nada más.

En algún momento del documental uno de los entrevistados  dice, casi sin pensarlo: –cuando todavía no nos habíamos acostumbrado a tanta muerte-, Ese es, tal vez, el único cambio real; hemos perdido la capacidad de asombro ante tanta barbarie, normalizando la locura de nuestra realidad.

El documental, tiene otra veta muy humana que ofrece muchas posibilidades de introspección y análisis: El duelo nunca superado, convertido en obsesión temeraria llevada al límite, la pérdida de generaciones de jóvenes atrapados en medio  de la carencia de futuro, que viven, por eso, solo el hoy frenético, el comportamiento solidario de la comunidad, la posibilidad, según lo refiere el hijo de Maricela, su acompañante en la devastadora lucha por la justicia, de reencontrase con nuevos caminos para intentar vivir, no dejando que el odio sea ya el único motor de vida; abriendo así  una rendija a la luz.

Apago el televisor como intentando apagar la realidad, dejo el control, intento huir de mis pensamientos. No lo consigo. Buscando catarsis escribo estas líneas, solo para mí.

EN LA EDUCACIÓN… ¿CALIDAD O CANTIDAD?

Por Ernesto Parga

Durante muchos años he impartido cursos y conferencias referentes a la educación de los hijos y en general a temas de familia y valores. De manera muy frecuente surge entre los participantes la necesidad de compartir su teoría acerca del “tiempo de calidad”, como una herramienta positiva para dar amor, para compartir y hacer migrar creencias y saberes de padres a hijos. En la explicación que repetidamente he escuchado, y que nunca pude cabalmente entender, se opone, por sus ventajas educativas, el “tiempo de calidad” al tiempo de cantidad. Algo así como: 5 minutos mágicos de amor, versus un día entero de vivir juntos sin propósito ni intencionalidad educativa. 

Sigo sin entender por qué, si 5 minutos de calidad son buenos, no serán aun mejores, 6, o 7 o 60 minutos. Creo que la ecuación adolece de falta de equidad, ya que enfrenta deliberadamente lo óptimo de una parte contra lo pésimo de la otra, así que el resultado está cantado, pues los dados están cargados.

Así las cosas, creo que podemos argumentar algunas ideas juntos y plantearnos algunas preguntas, buscando una mejor comprensión del tema que nos ocupa.

Recuerdo que mi abuela decía, -quién pichicatea su tiempo a los que ama, ni sabe amar ni es capaz de dar nada más, y agregaba con vehemencia, -en el amor no hay que ser cuentachiles, porque amar es tiempo.

Así entonces, a mí el supuesto debate entre los tiempos (de calidad y cantidad) me parece falaz y artificioso; ya que pienso que la única cualidad en el tiempo entre los que se aman es precisamente, ser en todo momento, tiempo de calidad… no hay otro. Cualquier otra forma de comunicación y convivencia entre las personas, es un defecto grosero que ha de corregirse de inmediato.

La experiencia nos enseña que quien recibe calidad, quiere más porque necesita más, porque ese más le hace bien.

 Aquí algunos sencillos ejemplos que nos ayuden a entender:

1.-Todos, en algún momento de nuestra historia, hemos jugado  con nuestros hijos al avioncito, cargándolos en volandas, tomándolos de una mano y de un pie y  haciéndolos  girar, la experiencia común nos indica que todos los hijos, en cuanto adivinan que el vuelo va disminuyendo en su velocidad, dirán, antes de tocar suelo; -otra vuelta papá, otra vuelta-, porque lo que les interesa no es la calidad de la vuelta o su perfección, sino  que se estire el tiempo que pasan jugando con su padre o con su madre, y con ello; el inenarrable gozo de sentirse querido.

2.- Todos, de igual manera, hemos contado cuentos a nuestros hijos o sobrinos, y hemos visto que en cuanto los pequeños intuyen que la historia se perfila a su final, con firmeza nos piden, -otro cuento papá, otro cuento-, porque lo que importa no es el cuento en sí, sino el contador y su venturosa cercanía afectiva que tanto bien les prodiga.

3.- Si vamos a un restaurante a comer, nos parecería extraño que nos presentaran en el platillo una minúscula y ridícula porción de aquello que pedimos, no aceptaríamos las explicaciones del establecimiento; que arguyendo calidad nos presenta tan poca cantidad, seguramente le diríamos, la calidad la esperábamos por eso optamos por este restaurante, también exigimos cantidad. Con los hijos pasa exactamente igual; esperan calidad, porque merecen calidad… dada en cantidad.

Por estas razones considero que lejos de ser el “tiempo de calidad” una posibilidad concentrada de bondades; es en realidad una fuga de responsabilidad y una pérdida de oportunidades entre aquellos que no saben amar.

La vida actual con su loca y desaforada carrera hacia ninguna parte, es una tirana que se ha llevado lo mejor de nosotros, nos ha robado, por ejemplo,  la posibilidad de comer juntos y con ello, esa sobremesa en donde padres e hijos departían y crecía juntos, nos ha robado horas de traslado inmisericorde en el tránsito de la casa al trabajo y del trabajo a casa, nos ha robado a cambio de nada… nuestro tiempo; recordemos ese esclarecedor adagio:

“Oro perdido, nada perdido, tiempo perdido, todo perdido”, tratándose del tiempo de los hijos, tratándose del tiempo en que podemos influir en su proyecto de vida abriendo horizontes con nuestra positiva influencia, carecer de tiempo es una verdadera tragedia.

La vida actual, también, con su rio caudaloso de distractores que nos hacen perder el foco, nos confunde llevándose el oro de la convivencia y del diálogo profundo a cambio de las luces sobre una pantalla. Pésimo trueque. 

Por eso la vida moderna nos reclama ser unos apasionados gambusinos del tiempo. Los padres inteligentes no hacen caso solo de la calidad, no caen en esa trampa, ya que entienden que esta debe darse por descontado, buscan en todo momento incrementar el tiempo que pasan con los suyos, y escarbando por acá y por allá rescatan, poco a poco, espacios que suman a su proyecto de familia.

Entendamos, con Péguy, que todo parece estar en contra de los padres de familia que deberán nadar siempre contracorriente. Pero que cuentan con el tiempo como su gran recurso educativo, tanto como sea posible. Tiempo que han de entregar, sin escatimar, con la generosidad propia de quien sabe amar.

Sólo hay un aventurero en el mundo, como puede verse con diáfana claridad en el mundo moderno: el padre de familia. Los aventureros más desesperados son nada en comparación con él. Todo en el mundo moderno está organizado contra ese loco, ese imprudente, ese visionario osado, ese varón audaz que hasta se atreve en su increíble osadía a tener mujer y familia. Todo está en contra de ese hombre que se arriesga a fundar una familia. Todo está en contra suya. Salvajemente organizado en contra suya…

Charles Peguy

REFLEXIONES EN TORNO A JUAN P.

                                                                                                                                               Por Ernesto Parga Limón

Juan P. llegó exultante, emocionado, traspirando esperanza; al ver mi poco entusiasmo se sintió juzgado y quiso justificarse diciéndome. –Hubieras ido, ahora que lo tuvimos acá en nuestra ciudad, yo estoy seguro de que, si un día estás cerca de él, como yo he tenido oportunidad de estarlo, cambiará tu manera de pensar y todas esas reservas que tienes en contra de su proyecto de transformación se desvanecerán-. Al no conseguir la respuesta que de mí esperaba, decidió muy molesto, retirarse. Yo me quedé preocupado y pensativo, ya que lo aprecio. Mis reflexiones caminaron por los senderos que ahora te comento:

Debo empezar por  aclarar que yo no lo he juzgado, ni en ese momento ni nunca, por la sencilla razón que yo, como la inmensa mayoría de los mexicanos, alguna vez estuve en la misma situación de arrobamiento por tal o cual figura política, como ahora lo está Juan P., así que lo que siento es una profunda empatía, porque entiendo que el fervor de Juan P., nace de la noble ilusión y el genuino derecho de tener una patria digna, y un mejor futuro  para sus hijos.

Lo que me enfada es la poca memoria de Juan P., de verdad que no entiendo cómo es que recurrentemente vuelve con su esperanza, que renace y de nueva cuenta levanta el vuelo una vez que ha sacudido su manchado plumaje, como quien pone bajo el tapete el polvo para ocultarlo.

La poca memoria de Juan P.

Insisto en que no lo juzgo, es importante para mi que se sepa que mi actitud es sincera y no una pretendida superioridad ante lo que consideraría, una inocentada de Juan P.

 Yo mismo, en el lejano 2000 esperé y creí que el de las botas acabaría con las lacras de este país, pisoteando víboras prietas y tepocatas, yo fui, entonces, Juan P., y las víboras que más que víboras resultaron dinosaurios, encontraron espacio y siguen vivitas y coleando. Y no es que yo no busque una mejor patria y que me niegue a la esperanza de un futuro mejor, no es eso, se lo he dicho repetidas veces a Juan P. y ahora te lo digo a ti mi amigo. Yo sé de cierto que el cambio no vendrá por esa vía, la de los políticos, que siendo los mismos y haciendo lo mismo, se declaran diferentes. Antes el epíteto descalificador salía de la derecha; hoy sale de la izquierda; antes tepocatas ahora conservas, es lo mismo y son lo mismo.

Y Juan P. no me dejará mentir, recuerdo la vez en que su esperanza estaba en otro color, con aquel que, con una pirámide bajo su sombrero norteño, pronunciaba mantras y prometía rumbo nuevo, para darnos un mundo nuevo, en esa ocasión también intenté ponerlo a pensar; pero seriamente me espetó un contundente; -es que no lo has visto a los ojos-. Así sigue creyendo Juan P.

Hace muy pocos años, en una ciudad a orillas del Rio Bravo, muchos como Juan P., creyeron en el hermano del gemelo, llevando al triunfo al partido tricolor con una votación abrumadora que aún no se supera por ningún otro candidato. Pero Juan P. ya olvidó en donde estaba, entonces, su esperanza, y olvidó también que a pesar de tanto fervor ciudadano el desencanto fue mayúsculo. 

Quisiera ser un mago de las palabras y de las ideas para ordenarlas de tal forma que me ayudaran a evitar otra desilusión en Juan P., porque creo que no resiste una más y eso me llena de temor. Tanto va el cántaro al agua que termina por hacerlo estallar. Cuando veo tanta sincera, excitada, apasionada pero errada simpatía por el autor de la promesa en turno, no puedo dejar de pensar en la conocida frase de una sabia canción popular: “Entre más alto volamos nos duele más la caída”. He utilizado la palabra errada con toda conciencia, ya que no hay un solo dato en la realidad pasada o presente que nos indique que estamos ante otra forma de hacer política, nada, absolutamente nada. Y a pesar de eso no solo renace la sexenal esperanza, sino que ahora toma ribetes de paroxismo religioso y de culto a la personalidad francamente inconcebibles para estos tiempos.

Quiero también decir, honrando la buena intención de Juan P., y en su descargo, que esta actitud suya, noble pero crédula, espero no ofender, no es privativa de México, los políticos que se dice no políticos, esos reformadores “estáticos”, pululan por todas partes, y se llamen como se llamen son solamente eso; políticos. Igualitos todos, con pretensión de eternidad y sintiéndose merecedores de un lugar en el panteón de su patria.

Lo que quisiera explicarle a Juan P. y a quienes piensan como él es:  que la trampa de los políticos (con la sola intención de manipularla) está en dotar a la mayoría de una supuesta sabiduría e infalibilidad (la gente es buena y no se equivoca). La muchedumbre erró condenando al Cristo hijo del Dios verdadero, la muchedumbre erró cuando siguió a su Führer en sus demenciales pretensiones.

Cuando se trata de sabiduría y de bondad de la persona, no hay plural posible que me acoja, el término “la gente” utilizado así, no tiene ninguna significación, solo existe la sabiduría y la bondad individualmente conquistadas, trabajadas con ahínco.

La verdadera responsabilidad política para hacer patria consiste en participar en la elaboración de leyes que aten de manos a los políticos, para que a pesar de sus megalómanos proyectos queden siempre constreñidos por el peso de la ley y por el equilibrio de poderes.

Hasta aquí llego con estas reflexiones en torno al noble equívoco de Juan P.

Por cierto, por si lo estás intuyendo, te confirmo que el apellido de Juan es; Pueblo. 

BUSCANDO LA VERDAD

Por Ernesto Parga

“La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”.

Antonio Machado

No existe la verdad única; nadie es poseedor de la verdad absoluta. Escuchamos y leemos cada vez más frecuentemente este enunciado, cada día más personas lo utilizan en sus conversaciones casuales, en sus ponencias de trabajo, en programas de opinión política, cultural, científica etc.

Si aquí terminara mi artículo seguramente recibiría muchos comentarios, diciéndome que están muy de acuerdo con lo que se expuso.

 Pero… ¿Es esto así?  ¿Es verdadero este enfoque de la realidad? ¿Es un severo error esta manera de entender la realidad con consecuencias que ni siquiera podemos imaginar? ¿Hay aún espacio para que se debata este aserto o es un asunto concluido por mayoritaria decisión?

Yo pienso que el debate es tremendamente actual, aunque a veces nos quieran convencer de que es tema superado. Creo que es el eje mismo de la historia del pensamiento humano.  La contienda se puede traducir a estos términos.

1.- Existen verdades diáfanas, claras y evidentes ante las cuales no queda otra opción inteligente que descubrirlas, aceptarlas y, además, como consecuencia ordenar nuestra vida de acuerdo con el rotundo poder de su veracidad iluminadora, o…  

2.-Todo depende, según el poema de Campoamor, de quién observe la realidad en cuestión: «Y es que en el mundo traidor / nada hay verdad ni mentira: / todo es según el color / del cristal con que se mira»

La primera posición piensa que cada manifestación de la realidad tiene su verdad y que la vocación de la inteligencia humana es llegar a conocer esa verdad incuestionable, para no vivir en el error. ¡Qué tragedia supone equivocarse sobre la verdad de la vida!

La segunda posición siente que la verdad es relativa a cada sujeto, que lo que para uno es, puede no serlo para otro, es decir, que cada uno puede tener su propia verdad y que hay tantas formas de entender esa parte de la realidad, como sujetos hay.

 El asunto está muy lejos de ser trivial, más allá de las “libertades” que supone la segunda opción para creer lo que nos dé la gana y opinar a contentillo de todo lo que nos apetezca, supone, en la práctica, un montón de problemas:

¿Tiene alguna razón la enseñanza si todo es opinable y cada uno tiene su propia verdad?

¿Qué puede, así, enseñar un maestro o un padre de familia si todo depende del sujeto al que va dirigida la enseñanza y al color del cristal con que se quiera mirar; y no de la verdad del conocimiento que se intenta trasmitir?

¿Pueden dos personas que observan el mismo objeto pensar diferente sobre lo que el objeto es y tener ambas la verdad o la razón?

Evidentemente quienes pensaron que la tierra era plana se equivocaron, por mas que fueran muchos, por la simple y sencilla razón de que es una verdad inobjetable, el hecho real de que la tierra no es plana. Nadie que debata juiciosamente puede defender la postura de que la rueda, no le parece que sea redonda; Por la misma incontestable razón de que la redondez de la rueda es una verdad absoluta, que no admite opiniones en el sentido de que a alguien le parezca cuadrada o triangular.

Todos moriremos, todos somos producto de la unión de un gameto masculino y uno femenino (incluso en un laboratorio). ¿es esto opinable?, o ¿son verdades absolutas?

Lo opinable opera en lo accidental; ¿es verde oliva, ese árbol, o verde pálido?, pero no en lo esencial, no se puede cuestionar si es árbol o no, cualquiera que sea la opinión no altera la verdad del árbol, ya que esa verdad existe con plena independencia y soberanía de lo que piense el sujeto acerca de esa realidad.

Puedo opinar que no me gusta tal mujer, su pelo, su vestido; es mi derecho. Pero no puedo negar el valor intrínseco de la mujer, de cada una de todas, derivado de su condición de ser humano. No todo es opinable, hay realidades que gritan su verdad y antes las cuales solo resta la humildad del descubridor que se maravilla ante su hallazgo.

Es muy extraña la ciega obediencia a las verdades de la técnica, nadie maneja de reversa yendo hacia adelante, nadie brinca para abajo cuando pretende alcanzar algo que pende sobre sí. Pero tratándose de verdades morales y éticas, aquellas cuya aceptación nos compromete, nos obliga a actuar en función de su revelación, ahí entonces todo se relativiza se niegan la naturaleza, la física y la química, se desconoce toda evidencia y se coloca todo en el territorio de las preferencias y de las opiniones personales.

La opinión no es verdad, es un mero parecer. Se puede opinar, pero no todo es opinable.

La verdad no se crea, se descubre.  No está en el sujeto, este debe salir a su encuentro en la múltiple manifestación de la realidad que lo circunda.

Se opina sobre el inicio de la vida, sobre el estatuto de independencia del embrión al que se quiere hacer pasar como parte del cuerpo de la madre, aun a pesar de la clara evidencia científica en contra. Dos células que se convierten en cuatro, cuatro en ocho, de ahí en un corazón que late y uno brotes que serán brazos, que si les deja desarrollarse algún día abrazarán con fuerza. ¿De verdad tenemos duda de que ahí hay vida?

Se proclama como diosa, siempre sabia, a la madre tierra y se venera su recóndito lenguaje como evangelio, al tiempo que se juzga de torpe y errónea a la misma naturaleza cuando “tontamente” reparte cuerpos que no corresponden a los pareceres de sus portadores, (vivo en el cuerpo equivocado y demás desconexiones de la propia identidad).  No veo que se utilice la misma regla.

Algunas causas del error, nos dice Carlos Llano, son el egoísmo, la preponderancia de los propios intereses, y la persistencia de prejuicios.

Y el más importante remedio para el error que nubla la verdad, según el mismo autor, es la objetividad que supone la desaparición de yo necio y empecinado, para dar paso a la humildad, que es punto de partida de todo saber.

  –Tu verdad? No, la Verdad, /y ven conmigo a buscarla, /La tuya, guárdatela. – Nos dice Antonio Machado

Y si nos desnudamos de ideologías, de puntos de vista, y dejamos que brille su luz meridiana y esclarecedora. Porque lo que nos hará libres es la verdad y no nuestro parecer.

¡ADÓNDE VAMOS TAN DE PRISA!

Por Ernesto Parga Limón

“Si el semblante de la virtud pudiera verse, enamoraría a todos.”

Platón

Cuesta subir la cuesta… cantaba el eslogan de un programa de televisión, quizá lo único bueno del mismo.

En el mismo sentido nos decía Antony Quinn en un antiguo comercial de “Brandy Viejo Vergel” -si las cosas que valen la pena se hicieran fácilmente cualquiera las haría- ¿lo recuerdas?

Si a la cuesta la concebimos, no como el camino al éxito económico o a la fama, sino como la personal andadura en busca del desarrollo y del crecimiento humano; y si el costo lo entendemos como esfuerzo, entrega y dedicación tendremos una fórmula para la felicidad más que probada en la historia.

Ya en la Grecia clásica, el célebre maestro de Alejandro Magno, el estagirita Aristóteles, explicaba su teoría de la virtud a sus contemporáneos y sin saberlo, a tantas generaciones, tantas que sus enseñanzas alcanzan hasta nuestros días.

La virtud según su etimología vis es (fuerza), fuerza de voluntad al servicio de la consecución de un objetivo, empeño en la repetición de un valor; por ejemplo, la lealtad, hasta que esta se vuelva hábito. Ese hábito una vez conseguido es un valor encarnado, casi como una segunda naturaleza nos dice el mismo Aristóteles.

“Como una segunda naturaleza” significa que, una vez incorporado este hábito a nuestras vidas, ya actuaremos siempre, o casi siempre, en el mismo sentido. Seguramente te ha pasado que no puedes comer en una mesa sucia, esto se debe a que el hábito de la limpieza está tan arraigado en tu persona que no te permite ya actuar de otra manera. Las personas veraces siempre dicen que no pueden mentir, esa es la idea que se quiere comunicar.

En términos muy sencillos, se abandona el vicio de conducta y se adquiere la virtud que se le opone. Se es desordenado por repetición de actos en ese sentido, se dejará de serlo por repetición de actos tendientes al orden.

Esto funciona por igual para la adquisición de destrezas físicas, artísticas o hábitos morales; correr un maratón, tocar la Balada para Adelina, o ser fiel a los principios, no se consiguen con solo desearlo, es menester poner alma, vida y corazón.

Especialmente difícil resulta la adquisición de virtudes morales tales como, la fidelidad, la honradez, la laboriosidad, la paciencia, la prudencia, la justicia y la templanza entre otras, ya que supone, como vengo diciendo, el abandono de hábitos contrarios muy arraigados; que difícil es dejar de ser infiel, tramposo, flojo, impaciente, imprudente, injusto, destemplado cuando se está acostumbrado a serlo.

Y que terrible resulta la convivencia con personas que tienen estos vicios de carácter y que, además, no hacen nada por erradicaros muy al estilo de -así soy y qué, quien me quiera me ha de querer así, sin pretender cambiarme- Crónica de un fracaso anunciado.

En cambio, es no solo fácil y agradable sino incluso gozoso, vivir al lado de quien va, por amor, empeñado en ser mejor, adquiriendo mejores hábitos. Recuerdo aquella canción popular: Andando de tu mano que fácil es la vida, andando de tu mano el mundo es ideal. La mejor descripción del amor que conozco es esta: Amar es hacerle la vida amable a quien amas.

Así pues, esto solamente ocurre cuando hay una motivación muy poderosa que nos empuje a querer ser mejores, que nos dé la fuerza de voluntad para conseguir lo que cuesta, lo que no es sencillo de alcanzar. Esa motivación no es otra que el amor, motor que todo lo mueve. Repito, solo en la plena conciencia de que es deber, de todo ser humano, mejorar para su amado, es que se abandonan vicios y defectos de carácter. Solo en el conocimiento de la profunda verdad, de que el amado merece la mejor versión de quien dice amarlo, es que se vence a si mismo, se doblega la apatía y se conquista para el otro la virtud. Porque en el amor uno no cuenta, cuenta el otro.  

La puerta de la felicidad está sostenida con las bisagras de las virtudes, esa puerta se abre hacia afuera, reza un sabio proverbio oriental. Hacia fuera de mí mismo, en donde está el ancho campo del servicio a los demás (esposa, hijos, hermanos, alumnos, amigos).

Eso es lo que ofrecen el hombre y la mujer a quienes aman… su madurez. Que complicado de entender resulta el amor que no ofrece como prenda su propia mejora.

Esa mejora que cuesta, en tiempo y en esfuerzo, es tarea de toda la vida, es mejoramiento paulatino. Se puede definir la madurez, según el profesor David Isaacs, como: el desarrollo armónico de todas las virtudes humanas.

Sin embargo, hoy tenemos una forma de vida que huye del esfuerzo y que privilegia la velocidad y la instantaneidad, un auténtico y desbocado frenesí de prisa por vivir. No hay lugar para la pausa y el sosiego, los frutos así entonces son raquíticos y anémicos, como a medio hacerse. Este adagio es contundente… lo mejor lleva su tiempo.

El mayor problema de esta moderna forma de vivir es que, equivocadamente, supone que el esfuerzo es siempre pesado y oneroso para quien lo ejecuta, por eso intenta evitarlo a como de lugar. En contradicción con  esta errónea idea todos entendemos que muchas veces, lo mejor de la meta está en el camino andado. Nuestros abuelos solían decir, que lo mejor del domingo… está en el sábado. En esa gozosa víspera que anticipa el dulce sabor de las cosas que vendrán, la madre disfruta a plenitud el desarrollo de la vida que acoge en su vientre por nueve meses en emocionada espera.

La gozosa vispera que anticipa...

Esperar y esforzarse no son nunca infructuosos son, sin duda, la condición para que lo que se alcance sea bueno y sea apreciado no solo porque es, sino también por lo que costó.  

¡Adónde vamos tan de prisa!, si la luna espera paciente todo el día…esperar merece la pena.

EL HOMBRE DE LAS CAVERNAS (MODERNAS)

Escribir un artículo no es fácil, como no lo es escribir en general. Yo pienso que se escribe para uno, pero no en el sentido de  que no importen los lectores, claro que importan, me parece falso afirmar lo contrario; sino en el hecho de que a través de la escritura se van depurando las  propias ideas,  se hace un esfuerzo intelectual por revisar lo que se sabe, para  ver si el conocimiento que se detenta sigue resistiendo la prueba del tiempo,  e incluso se intenta saber cuáles serán las objeciones que  el escrito recibirá.

El tema que trato hoy: la evolución social y/o cultural de la humanidad no es fácil y tiene todas las características y requerimientos que describo en el párrafo anterior.

Hay una idea, muy repetida y aceptada, de que la humanidad camina dando pasos hacia adelante, quedando atrás practicas primitivas.  Que ha, paulatinamente, pasado de un inicial estado de barbarie a uno de civilidad. Se piensa, por ejemplo, que al inicio de su andadura, el hombre era solo algo menos que un bruto que fue “puliéndose” poco a poco. 

Por ejemplo, quienes piensan de esta manera suponen que en los albores de la humanidad existía un comercio sexual indiscriminado, la violencia como expresión cotidiana a manera de imposición del poder del fuerte sobre el débil, y que la evolución fue llevando al hombre a la necesidad de la paz y la monogamia. El hombre primitivo, el llamado hombre de las cavernas, armado de una macana daba cachiporrazos violentamente a todo lo que se movía y especialmente a sus mujeres.

La tesis de la línea de evolución social y/o cultural pudiera plantearse en estos términos:

Antes salvajes ahora civilizados, antes violentos ahora pacíficos, antes promiscuos ahora fidelísimos monógamos.

Esta manera de ver la historia del hombre y de su desarrollo, quizás sea una derivación de los postulados darwinianos de la teoría del origen de las especies, extrapolada al plano cultural.

Otro origen puede ser su asimilación con el indudable progreso técnico, tan evidente hoy en día con la civilización hiperconectada en la que vivimos. Sin embargo, hay muchas evidencias, incluso en nuestra cotidianidad que apuntan en otro sentido; que nos debe de llevar al menos a cuestionar si realmente existe o es posible la evolución social y/o cultural. Es claro que dominar la técnica no nos hace mejores, la industria de la guerra es sin duda uno de los más importantes motores del adelanto técnico. 

A pesar de que la segunda guerra mundial supuso una tremenda bofetada al estatuto de modernidad del hombre, con su progreso y su desarrollo imparable, dejando ver nuevamente el peor rostro de la humanidad (léase Auschwitz, Treblinka y Dachau) y que decir de la muy reciente, apenas hace 30 años, Guerra de los Balcanes, que con toda su crudeza nos volvió a recordar las demenciales razones de la violencia.

El problema con la tesis de la evolución social y cultural es que parten, a mi manera de ver, de un serio error, al asumir que el grupo (la sociedad) arrastra al individuo llevándolo a su mejora. Nadie mejora de este modo. Hacer el bien, producto inequívoco de la mejora humana, es el resultado de una adhesión personalísima y muy íntima, de un deseo deliberado, de aquel que pudiendo hacer el mal se inclina por el bien, lo abraza y lo incorpora a su vida como una divisa de identidad.  

Tanto el hoy como el pasado más lejano, están poblados por igual de evidencia de violentos y de pacifistas, de barbaros y de civilizados. ¿En qué bando nos colocamos? esa una tarea propia de la libertad humana, no de condicionamientos sociales.

La caverna, la imagen prototípica con la que se quiere significar lo primitivo y lo incivilizado, nos arroja una solo evidencia contundente, que no necesita de especulación posterior, esa imagen es tan rotunda que habla por sí misma: El arte.  Inequívoca manifestación, ya en los albores de la humanidad, de la finura del espíritu humano. El artista, nuestro delicado antepasado, plasma lo que le asombra, lo que le estremece, el insondable misterio de la luna que cuelga su luz en la bóveda celeste. Deja constancia, también para la posteridad, de la belleza que observa y así con inaudita maestría, y con elegantes trazos de un minimalismo sobrecogedor, dibuja el ciervo aquel cuyo andar majestuoso estremeció de belleza su corazón.  

Otros quizás, fuera de la caverna, en campo raso, dan rienda suelta a la violencia, justo como hoy sucede. Nuestro artista, como muchos hoy, en uso cabal de su libertad optó por la belleza, el bien y el amor.  

La segunda guerra mundial no solo mató a millones de personas, también aniquiló la confianza del hombre en si mismo.  Dio paso, como en movimiento pendular, al otro extremo, al pensamiento fatalista propio del   existencialismo francés, se migró de la fe en toda la humanidad al descredito en la humanidad entera.  Solo quedó, como lo reflejan términos tan representativos de esta corriente:  la náusea, la nada, y el sentimiento de ser extranjero de si mismo, cargado de apatía por todo.

Pico della Mirándola nos recuerda, en su “Discurso sobre la dignidad del hombre” ,las palabras del Creador a Adán:

“No te he hecho ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, para que seas tú mismo, como árbitro y honorable escultor y modelador, quien puedas darte la mejor forma que elijas. Podrás entonces degenerar a la condición inferior de bruto, o podrás regenerar en la condición superior que es divina, extraída del juicio de tu ánimo.”

Ese es el gran dilema humano, la vida en toda época plantea la misma encrucijada, miles de veces repetida, y aplicable a cada decisión y a cada ser humano. Abrazar el bien o el mal.  Cada uno con su elección.

Viktor Frankl concluye su poderoso relato autobiográfico “El hombre en busca de sentido” con estas; tan verdadera como perturbadoras palabras, que deben mover necesariamente a la reflexión:

“Después de todo, el hombre es ese ser que ha inventado las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en esas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shema Yisrael en sus labios.”

DE PRINCIPIOS Y DE RECETAS

Por Ernesto Parga Limón

“El amor, principio, medio y fin de todo quehacer humano,

la persona principio y termino de la educación”

Tomás Melendo Granados

Sobre la educación de los hijos, se escriben cada año miles de libros, se imparten también miles de conferencias, corren ríos de tinta electrónica a través de cientos de miles de páginas en artículos de periódicos y en sitios web. Es de entenderse debido al interés y la preocupación de los padres, también de los maestros, muchas veces “padres sustitutos” de sus alumnos.  No es difícil suponer que la   educación de las personas sea motivo de interés público para la sociedad en su conjunto, ya que resulta sencillo inferir que la calidad de la educación, que se provee a los niños y jóvenes, determina la calidad, la salud, y la prosperidad de una comunidad.

Casi un axioma puede ser esta idea: Cómo sea la familia, será la persona y así la sociedad.

Que bueno que se trate en todos los medios y de manera tan abundante este tema, que bueno que se revise, se contraste y se propongan nuevas posibilidades. Sin embargo, es también muy notorio el desconcierto creciente, la perdida de foco de los padres y de los educadores en general, que abrumados no solo por lo copioso de la información, sino, por lo contradictorio de la misma, discurren a tientas, dando tumbos, intentando, como suele hacerse con las dietas, hoy una teoría, mañana otra.

Esos padres desconcertados buscan respuestas; (en un extremo, cada vez más complejas y en el otro, meras recetas de fácil aplicación), a la pregunta que siempre ronda en la cabeza de todo padre, ¿qué debo hacer para que mis hijos sean felices?

 Para formar a los hijos no se requieren doctorados, la prueba de ello más clara son nuestros padres, que todo parece indicar lo hicieron mejor que nosotros. Pero tampoco es posible enfrentar la conducción de los hijos y su preparación para la vida futura a través de recetas simplistas y consejos generales, con pretendida aplicación para todos los casos. Lamentablemente de eso se escribe y se habla abundantemente en libros y en redes masivas de comunicación.

Dice, acertadamente, G. Courtois en” El arte de educar al muchacho hoy”, –la educación es un poco de ciencia y de experiencia, mucho sentido común y mucho, mucho amor- Es decir más que ciencia arte, arte superior, formar y preparar para la vida.

Veamos, entonces, la radical diferencia entre recetas (soluciones simplistas, que no reconocen la singularidad de cada caso) y principios educativos (fundamentos operativos inobjetables, por ejemplo: la dignidad compartida, la capacidad de amor también común a todos, y la indudable capacidad de crecimiento en cada ser humano).

Sobre estos fundamentos inamovibles, muy ligados a la intuición y al respeto a la persona humana, se puede levantar un proyecto educativo con ilusión y esperanza, en donde los principios funcionen como guías maestras de toda la intencionalidad educativa. Así entonces, ya que busco hacer crecer a mi hijo, nunca lo ofendo disminuyendo su valía, ya que busco su libertad, nunca lo someto dictatorialmente a mi capricho etc.

La sabiduría popular nos enseña acertadamente, que educar es fundamentalmente hacer migrar los valores, en los que se cree, de una generación a otra, y que el vehículo más eficiente de esa transmisión es el ejemplo de los educadores: padres, maestros, tíos, abuelos.  Entender que la mejor herramienta educativa que poseemos los padres, no viene de fuera, que la mejor herramienta, la más rotunda y trasformadora es la persona misma del educador, que  educa desde su   vida misma.

El día en que los padres se hacen cargo de que la felicidad de sus hijos depende en gran medida; de cómo se comportan, ellos, como esposos, como hijos, como hermanos, en fin,como ciudadanos.  Ese día lejos de angustiarles el entorno un tanto ajeno a ellos, asumen que lo importante para la felicidad de sus hijos es la construcción de ese ámbito de amor, y que eso sí es de su total competencia, de ese espacio íntimo, diminuto e inconmensurable a la vez, que llamamos familia. eso es una magnífica noticia pues coloca al educador como un auténtico protagonista del proceso educativo de su hijo.

Cornelio Fabro, bellamente sintetiza este principio educativo cuando dice: –La única pedagogía es la profundidad de nuestro ser-.

Otra cosa que se debe asumir con claridad es que, además, de la intención y de los deseos que se tengan, todo proyecto educativo necesita tiempo.  No solo en el sentido de empezar a tiempo a inculcar los valores, lo cual es casi imprescindible, sino en el sentido, también, de que los valores para ser asimilados y volverse; en palabras de Aristóteles -como una segunda naturaleza- requieren de repetición y paciencia por parte de ambos; educador y educando.

Así la sinceridad, la honradez, la prudencia, y los demás valores que se desean trasmitir, solo serán incorporados a la vida del hijo, después de verlos representados repetidamente en acciones en el comportamiento   cotidiano de sus padres y luego él mismo hacer repetidamente acciones en esa misma dirección. Claramente este movimiento pendular formativo requiere tiempo de ambos.

El escritor clásico romano Horacio nos informa de la importancia de empezar a tiempo la propia mejora y por extensión la de los hijos.

-Determínate a ser virtuoso, empieza; diferir la mejora de la propia conducta, es imitar la simplicidad del viajero que, encontrando un río en su camino, aguarda que el agua haya pasado; el río corre y correrá eternamente. –

Un tercer y último principio educativo que deseo tratar aquí es el denominado, según expresión de Tomas Melendo, “educación en positivo”.

Para lograr una eficiente transmisión de los valores, en los que se cree y sin los cuales se considera imposible la felicidad de los hijos, no basta el tiempo, ni el mostrarlos desde la persona misma del educador, importa también el cómo ha de hacerse esto.

La educación en positivo contrarresta esa tendencia, casi inconsciente, de educar haciendo palanca en el miedo, en el deber por el deber, y no en el gozo natural de hacer lo que se debe hacer.  La educación en positivo es mostrar atractivamente el bien que se desea comunicar, el gozo superior que siempre, siempre trae consigo el hacer lo correcto lo que va de acuerdo con nuestros principios.

¡Qué bien lo hace el educador feliz!, que ama y disfruta lo que hace.  Los padres cuyo compromiso no les supone una carga, un fardo que hay que llevar “obedientemente” sobre sus espaldas, sino que se entregan al reto educativo con deportividad, gozando con la dicha de servir, de influir alegremente en la formación de otras personas.

¡Suerte en el empeño!

ADIÓS A LAS ARMAS

Por Ernesto Parga Limón

A mis amigos les adeudo la ternura
Y las palabras de aliento y el abrazo
El compartir con todos ellos la factura
Que nos presenta la vida, paso a paso

Alberto Cortez

Los medios de comunicación masiva, el Facebook especialmente, como todo en la vida requiere de gestión, de administración inteligente, para que realmente sirvan a buenos propósitos, de los propósitos deliberadamente malos no me ocupo, no hay nada que decir. Para algunos de los que utilizamos estos medios, el propósito puede ser, expresar alguna idea, compartir gustos en temas de literatura, música, cocina, contar chistes, otras personas gustan de compartir las historias de su familia, los éxitos de sus hijos, de su cónyuge, su pasión y orgullo por algún equipo deportivo etc.

 Hasta ahí todo me parece dentro de los terrenos de lo razonable. Sin embargo, implica ya un posible problema, lo que suelo denominar con fines meramente explicativos como “el síndrome Second Life”, seguramente me extenderé en este tema en próximo articulo debido al interés y la actualidad que me parece que tiene. Por lo pronto solo comentaré que este síndrome supone el problema de “vivir” una vida virtual alterna con mayor intensidad que la propia vida real; quizás como una fuga de la vida real o como un refugio en la vida alterna; con variables que se puedan controlar. El síndrome supone un abandono de las posibilidades y de las experiencias vitales concretas, en favor de emociones creadas de manera ficticia, viviendo al fin la “vida” que se quisiera vivir y no la que se tiene. Repito, ya volveré sobre ese particular.

Hoy lo que ocupa mi reflexión es analizar el hecho reciente de la política en las redes: Facebook, Twitter, WhatsApp; ¿Cómo es y por interés de quién, es qué se convirtieron en arena, ring y campo de batalla del tópico y de la pasión política?

¿Será este otro reflejo del síndrome de Second Life?, ¿Vivo mi vida, sin caer en cuenta, como una extensión o una proyección de la vida de los políticos?

En la última semana entre mis conocidos he visto la ejemplificación perfecta de lo que llamamos polarización política, muchos amigos me han comentado el haber discutido acaloradamente en las redes con familiares, amigos y compañeros de trabajo, y no se diga con desconocidos. Si discutir con conocidos y parientes de política me parece un desatino, hacerlo con desconocidos es un soberano disparate.   Alguien me comentó haber abandonado un chat que le costó mucho esfuerzo armar entre excompañeros de colegio, que tenían 30 años sin saber nada de sus vidas, debido a que el tema dominante terminó siendo la política y las ofensas aparecieron.

¿Desde cuándo criticar a un político se volvió crítica a su seguidor? Hoy vemos que al hablar de tal político sus fanáticos se sienten personalmente ofendidos como si al decir Andrés, Felipe o Enrique se esté pronunciando el nombre del seguidor.

 La crítica a los políticos es connatural al ejercicio de la política, sucede en cualquier democracia y en cualquier forma de gobierno. Es, además, en cierta manera, un derecho del gobernado que exige a sus servidores, (esos son los políticos), que hagan bien su trabajo, que mejoren en su desempeño. Es, también, una vía genuina de mantener aterrizados a los políticos como contrapeso de la adulación de sus círculos cercanos, lo que el pueblo sabiamente ha llamado desde siempre; lambiscones.

La historia ha dejado constancia de lo milenario y de lo útil de la práctica de la crítica y de la necesidad de ubicación que tiene todo político, como salvaguarda ante el mal que puede hacerle el excesivo poder del que dispone.

Cuando un victorioso general regresaba a Roma y hacía su entrada triunfal, uno de sus esclavos, que lo acompañaba en el mismo carro, le iba susurrando al oído, en clara contraposición a los vítores y aclamaciones que recibía: – Memento homo es! ¡Recuerda que eres hombre! -. Agregando también –Memento morí-; Recuerda que morirás. La vida es fugaz, el poder aún más.

Así que la crítica dirigida a los políticos no debe ser sentida por el pueblo, que no es él el político ni tampoco es del círculo de sus íntimos. Pienso que, en la mayoría de los casos, a los políticos muy acostumbrados y muy cínicos, la crítica no les hace mella. ¿Por qué debe ser motivo de ofensa para el seguidor?

Hasta hace pocos años, criticar al político que seguía tu amigo, era lo mismo que decirle que su equipo de fútbol era muy malo, es decir nada, no significaba deterioro alguno en la relación de amistad; ahora las cosas no son así desafortunadamente.

Esto es lo nuevo, lo inédito de la política que merece ser repensado, basta de polarización, de crispación, es demasiado y muy peligroso el nivel del encono social, a nadie, a nada sirve eso, así no se hace patria, no nos confundamos, los únicos que sacan partido son los políticos, recordemos que pronto se van. Que no nos dejen los rencores, los agravios y la profunda tristeza de haber ofendido a alguien que queremos.

Por esta razón, yo hoy llamo a esta columna “Adiós a las armas”, como aquella magnifica y estremecedora novela de Ernest Hemingway, en donde florece el amor en medio de la locura de la guerra. Yo al menos, en medio de esta crispación digo también, adiós a las armas, la política no merece que pierda un solo amigo. Afortunadamente sobran temas para tratar aquí con ustedes mis amigos.

Me quedo con “Daniel”, con su pasión por la historia y la diplomacia … En espera de que podamos, superada la contingencia sanitaria, tomarnos un café y darnos un fuerte apretón de manos.

Me quedo con “José”, con el exquisito gusto en el diseño que tanto admiro.

Me quedo con “Juan”, maestro ejempar, hombre bueno.                                                             

 Me quedo con ellos que son mis amigos, con sus lealtades probadas, con sus vidas reales que edifican en la mía.

Los prefiero a Andrés, Felipe o Enrique que son para mí, menos que una idea, y que pronto serán solo bruma en el recuerdo.

CANCIÓN DE AMOR A LA ESPALDA DE MI MADRE

 

Por Ernesto Parga Limón

“Es imposible que se pierda un hijo entre tantas lágrimas”

Dicho por San Ambrosio a Mónica la madre de San Agustín

Intentar describir las íntimas vivencias, aquello a lo que se está más unido y que se atesora en lo más hondo del corazón y la memoria, resulta más que difícil de lograr; imposible de conseguir. Siempre queda un regusto amargo de proyecto no cuajado, ya que lo que se expresa parece que no retrata la experiencia profunda de lo que se quiere comunicar.  Eso me sucede siempre cuando quiero hablar y escribir sobre mi madre.

 Sin embargo, hoy gana la necesidad al deseo de pretendida perfección literaria y aquí voy, de a poco, sacando el corazón que reboza de recuerdos y poniéndolo a latir sobre estas líneas.

Rosa esposa y madre extraordinaria, nació en 1920 en tierras y en tiempos de la guerra cristera (1926-1929) La persecución religiosa la tomó con una edad que le dejó recuerdos para el resto de su vida, vio y sufrió como todos, en aquellos pueblos, los abusos del bando federal.

Presenció, bajo la doble arcada de cantera de su casa, la detención, público escarnio y maltrato del sacerdote Román Adame posteriormente fusilado a las afueras del panteón municipal. Esa experiencia cristera acrisoló su fe, una fe sin grietas que la acompañó el resto de su vida.

Soy el menor de seis hermanos. Mi padre salió de casa en el pequeño pueblo de los altos de Jalisco, un poco antes de yo naciera, para hacerle frente a la adversidad y para buscar fortuna acá en el noreste siempre generoso. Pasaba más de la mitad de año separado de mi madre Rosa María, le costó mucho trabajo asentarse y lograr estabilizarse. La reunión definitiva de la familia se dio hasta que tuve cumplidos doce años.

Siendo yo el menor, dormía en el cuarto de mi madre, jugaba a sus pies mientras ella, vuelta de frente sobre la máquina, cosía la ropa familiar o mientras preparaba, vuelta de frente, sobre la estufa, en larguísimas sesiones, la comida para sus hijos. Yo niño, siempre a su lado, con el tierno cobijo de su espalda que bregaba infatigable: Hoy en la distancia amo la espalda de mi madre

Espalda ternura,

Espalda raíz; hogar al que se vuelve,

Espalda alas; para volar el ancho mundo,

Espalda aliento; que regala sueños,

Espalda; metáfora perfecta del amor y la oblación.

Rosa; faz hermosa, dulce mentón de azúcar, sonrisa eterna y olor a rosa.

Mis más poderosos recuerdos infantiles están ligados a esa espalda que me ofrecía la seguridad de su presencia y el calor de su cercanía.

Rosa, aunque era muy sociable, nunca necesitó nada más allá de su hogar, encontraba ahí todo lo que necesitaba para ser feliz a través del servicio y la entrega sin concesión a su familia.  Ella nos llamaba, con una expresión ponderativa, rotunda y   cargada de sentido; los míos, y convencida agregaba bonitos y buenos  los míos. Y yo caminaba seguro, mundo arriba, sabiéndome y sintiéndome de Rosa, ¿Quién contra mí? Menuda clase de autoestima. Esa fue ella.

Rosa; faz hermosa, dulce mentón de azúcar, sonrisa eterna y olor a rosa.

Esposa y madre extraordinaria; recoleta, moderna y rebelde al mismo tiempo: sabía al igual que Mónica que los hijos se salvan, en esta vida y en la otra, con una madre que reza de rodillas. Dotada naturalmente de un gusto exquisito;  entendía, sin salir de casa,  lo que iba y  lo que no iba tratándose de moda: tocaba y observaba las telas,  hurgando, como nadie,  con  deleite en la trama, el color y la textura;  amaba el pelo largo de sus hijos;  en un pequeño acto de desobediencia civil me dijo muchas veces , refiriéndose a la monja de mi colegio, – si  te dice que te cortes el pelo, no le hacemos caso, me gusta tu cabello de príncipe valiente-. Y aquel pequeño de Rosa era feliz y me soñaba como ella me quería. ¡Se puede desear mejor infancia!

Vuelta de espaldas en su máquina, (pensando siempre en voz alta, hablaba consigo misma, con Dios y con sus muertos) confeccionando para sus hijos la ropa que la moda reclamaba. Aún recuerdo aquel pantalón de dos colores (café y guinda) envidia de mis amigos, con una enorme bolsa a lado de cada pierna y una campana inmensa que debía cubrir el zapato entero.

Rosa; faz hermosa, dulce mentón de azúcar, sonrisa eterna y olor a rosa.

Verla comer era una delicia; Rosa cerraba los ojos, casi en místico arrebato y mientras con santa expresión comía “de todo” le afirmaba a Dios y al mundo su ingente gusto por la vida.

Pero Rosa era como toda madre de su tiempo, energía y suavidad en perfecto equilibrio. Todo era posible, mientras yo no llegara tarde a misa diaria; el platillo preferido, el anhelado permiso, o que la casa fuera centro de reunión de mis amigos; casa mini estadio, casa casino para jugar a las cartas, casa teatro para ensayar, con medio grupo, la poesía que al día siguiente presentaríamos. Desde cualquier rincón del pueblo donde me encontrara, el mundo se detenía al 10 para las 7 de la tarde. Todo se paraba, el futbol, las escondidas, la visita a casa del amigo y en frenética carrera, calle abajo, llegar rayando puntualito a misa.

Recuerdo aquella vez que fallé en mis cálculos y no fui puntual, temiendo la reprimenda me puse tres bancas  delante de mi madre y ella con el gancho de su mirada me atrajo hacia sí y me colocó justo a su lado, y sin dejar de pronunciar la invocación ritual que corresponde, cruzó su brazo y sin siquiera mirarme tomó mi blanco e inocente  bracito y me recetó tremendo “pellizcón” de dos y media vueltas con tirabuzón incluido; yo sabía que si me movía, venía otra caricia igual, así que solo atiné a  decir… Y con tu espíritu.

Y Rosa con creces cumplió con el adagio; sirvió para vivir porque vivió para servir.

Rosa norte,

Rosa sur,

Rosa de los vientos,

Rosa faro en la distancia,

Rosa; faz hermosa, dulce mentón de azúcar, sonrisa eterna, gozo de vivir y olor a rosa…

TIEMPOS DIFÍCILES

Por Ernesto Parga

“Amar, queriendo como en otro tiempo
Ignoraba yo aun que el tiempo es oro
Cuanto tiempo perdí, ay! cuanto tiempo.”

Renato Leduc

 

Indudablemente nuestros tiempos son tiempos difíciles: inseguridad galopante, descrédito de la política, epidemias, contaminación ambiental, aguda crispación y polarización social por temas raciales, de género, ofensiva disparidad económica entre países y entre personas, crisis religiosa y de fe. Tiempos en los que sentimos que hemos perdido el rumbo, navegando al garete en medio de la mar embravecida, sin norte ni faro y con el cielo encapotado sobre nuestras cabezas.

Creo que todos los hombres tenemos y hemos tenido, no solo en relación con la historia entera de la humanidad sino de nuestra personalísima historia de vida, la sensación de que todo tiempo pasado fue mejor.

Pudiéramos preguntarnos ¿Son estos realmente los tiempos más difíciles de la historia para ser felices, para vivir en armónica comunidad y para formar a nuestros hijos?  No lo sé. La historia nos enseña que en épocas pasadas los hombres se sintieron y vivieron, como nosotros ahora; desconcertados, experimentando vivamente su desazón en medio de los tiempos que consideraban los peores. Se atribuye a Cicerón decir hace 2000 mil años la frase siguiente “Estos son malos tiempos. Los hijos  han dejado de obedecer a los padres y todo el mundo escribe libros” Pudo esto escribirse hoy mismo.

Podemos, sin embargo, a la luz de la historia, entender que cada momento tiene sus crisis, unas obviamente hijas de su tiempo. algunas otras, las más, compartidas como compartida es la naturaleza humana.

Saber que esta angustia ha sido común a los hombres de todas las épocas, puede ser un alivio, para no desfallecer en el intento de vivir con entereza buscando aportar desde su concreta realidad todo lo que cada uno puede y debe aportar.

De la misma manera, también el ansia de felicidad y especialmente la de proveer de felicidad a los que se ama han estado siempre presentes entre los hombres.

Algunas veces pienso que la pregunta sobre cuál es peor de los tiempos es de cierta manera irrelevante, porque el único tiempo con consistencia para operar el proyecto de vida personal, profesional y familiar es el tiempo actual. Porque el pasado ya se fue y el futuro aún no llega.

Es, entonces, el presente con su doble carga de transitoriedad y permanencia simultánea, el que reclama radicalmente nuestra entrega, (hay mucho en el presente que se va, pero también mucho que se queda a hacerse historia y un poco… eternidad).  Ese presente habrá de ser entendido como el único tiempo con el que se cuenta, y como el campo donde cada uno ha de librar su batalla con la historia.

Es natural que cada uno situado y sitiado en su propia circunstancia: su actividad, su vocación, su profesión, sus obligaciones, confeccione sus dudas a manera de preguntas de calado hondo.

¿Qué debo hacer para no ser mero espectador de la historia?

¿Estoy a la altura del reclamo de los tiempos?

¿Soy desde mi omisión cómplice en este estado de cosas?

Quizá, gran parte del problema radica en imaginar que debemos hacer grandes gestas para cambiar el derrotero de las cosas. Me parece que la repuesta es más sencilla, pero a la vez más poderosa, al menos para la inmensa mayoría de las personas; aquellos que cotidiana, infatigable y anónimamente vivimos intentando ser felices y hacer felices a los nuestros.

No estamos llamados a encabezar revoluciones, que no nos  quite el sueño esto, que no nos desvíe de nuestro deber real.  No es misión nuestra hablarle al oído al gobernante en turno para hacerle comprender sus errores e injusticias, no es tampoco labor nuestra convencer al capo para que se redima y retome el carril del bien que hace mucho tiempo abandonó, nada de eso nos corresponde.  Nada de eso sirve.  No es nuestro campo de acción verdadera, no es ahí en donde somos realmente insustituibles.

Nuestra misión es mayor y más sagrada. Servir siempre que podamos, amar todo cuanto podamos; en estricto sentido hacer bien, en clave de excelencia, todo aquello que nos corresponde por insignificante que parezca ser y sin importar el rol que nos haya tocado vivir.

¡Bajo mi manto al rey mato! dice Miguel de Cervantes Saavedra en el exquisito prólogo de su inmortal Don Quijote, en clara alusión al inconmensurable poder para “matar” al peor de los tiempos y para dar vida solo a lo mejor en nuestro entorno, a ese poder que todos tenemos para influir en los círculos más íntimos de nuestra interacción, ahí donde la gente que nos rodea nos quiere y cree en nosotros. Es ahí donde nosotros hacemos el bien o nadie lo hace en lugar nuestro. Es ahí donde el bien, la bondad, la esperanza y la alegría encarnados en acciones pueden trasmitirse vía el ejemplo. Esa es la auténtica humilde y silenciosa gesta que nos corresponde a cada cual. Una verdadera cadena de valor.

No dar alegría cuando se puede hacerlo, no infundir esperanza cuando se debe hacerlo, no servir y no amar cuando es menester hacerlo, son terribles omisiones que hacen de nuestro tiempo, el único con el que contamos, el peor momento de nuestra historia.

En referencia al tiempo no somos solamente espectadores sufrientes de sus calamidades somos, ante todo, agentes con posibilidad real de gestionar el bien, y de hacerse cada uno arquitecto y señor de su propio tiempo.

VIVIR SIN BAILAR

 

Por Ernesto Parga

                                                            “El ruido no hace bien; el bien no hace ruido”

San Vicente de Paúl

 

Ramón María me dijo, frunciendo el entrecejo, – esto no es una crítica, es tan solo un comentario. Nunca me han gustado las bodas, las coronaciones, las graduaciones o cualquier tipo de celebraciones similares con música y baile.  Hoy menos que nunca. Parece que hay una extraña correlación entre el volumen de la música y mi edad, a mayor edad… sonido más elevado de la música.

-Que no se me juzgue a la ligera pensando que es cosa de la edad solamente; repito, nunca me han gustado esas fiestas-. Añadió cargando de más fuerza a los ademanes que acompañaban a sus enérgicas palabras

– ¿Quién impone esta regla (la del altísimo sonido), que según sé, no a pocos disgusta, pero que se respeta más que el divino decálogo recibido por Moisés o que la Constitución que nos da ley y orden, quién la impone?

Intenté poner alguna objeción a la manera de esas de: Mira Ramón María, no seas egoísta…pero una mano levantada en señal de alto y una mirada de taladro me hicieron callar.

-Egoísmo dices, al contrario, misericordia y clemencia es lo que pido. ¡Qué alguien piense en la pequeña minoría que no gusta de la estridencia y el zangoloteo!, ¡Es qué algún derecho debemos tener!, Ojalá que algún día seamos también un estandarte para lo políticamente correcto y el partido político de los inalienables derechos de las “minorías minoritarias”, nos defienda prohibiendo que haya música en las fiestas. ¡Qué paz y que goce puedo anticipar! – y casi cerrando su idea me dijo, -tampoco suena tan descabellado; mira que ahora se defiende cada cosa.

Agregó, para dar más énfasis a sus razones -caray que, con ese salvaje ruido, nadie puede hablar, ni escuchar lo que te dice el primo al que hace 20 años que no vemos y que al día siguiente retorna a la ciudad en la que vive. –

Pensativo, Ramón María guardó silencio al tiempo que se recuperaba de la agitación que le produjo el arrebato anterior. Yo aproveché para ordenar mis pensamientos y contraponer alguna idea a sus esquizofrénicos argumentos, pero pronto caí en cuenta, que más allá de las exageraciones había mucha verdad en su postura. Ramón María, dejándome sus inquietudes, se fue dibujando en el aire, todavía molesto, un enérgico corte de manga.

También yo, amigos, me confieso sufridor de ruidosas fiestas, y especialmente de las que conllevan el, para mí, complicadísimo espectáculo del baile. Nunca he bailado, ni en mi propia boda, por la sencilla, e incomprendida razón de que no soy capaz de dar un paso, uno solo, en armonía con la melodía. Por favor, pido como Ramón María misericordia para que no se me clasifique como inútil y desadaptado en una época en donde bailar como ajonjolí tostándose es marca y seña de triunfo y de poder. Pienso que alguna otra habilidad puedo tener o desarrollar antes de que ser llevado al patíbulo por inservible. No soy culpable; soy la víctima.

En mi defensa, puedo argüir sinceramente que disfruto un rato; no 5 horas, viendo las habilidades dancísticas de los invitados a la celebración, con la más honesta de las envidias y suspirando como Cervantes de Saavedra por “la gracia que no quiso darme el cielo”.

 Allá uno, ya en sus años, que  con  aires  de Travolta atemporal  sacude la polilla, acá otro más que mira con desprecio a sus rivales sintiéndose  un Barýshnikov degradado que tiene que alternar con émulos fallidos de Cantinflas; y aquel grupo en éxtasis,  que bajo el supuesto  anonimato que proporcionan los grotescos  antifaces  se permiten los más inconcebibles desfiguros, armados de silbatos (para regalarle dos decibeles más a mis atormentados oídos),  de espadas luminosas, y de  collares en colores que lastiman la retina.

 El resto de la velada, en ese tipo de alucinantes convites que me parecen interminables en las pocas veces que obligadamente me apersono, (la boda de un hermano, la graduación de un hijo), se me va en dar enésimas explicaciones a todos aquel que se siente, repentinamente, con el grave deber moral y casi con la misión de vida de sacarme de mi “aburrimiento”.

El desfile de mis “rescatadores” es variopinto, pero homogéneo en sus intenciones, todos quieren compartirme generosamente la verdad a la que han llegado en esa etapa de sus vidas: La felicidad amigo, nunca lo olvides, me dicen todos, está en el arte del estremecimiento corpóreo del baile.  Cada cual intenta a su modo hacerme su prosélito, con el mismo entusiasmo evangelizador de un neo cristiano, de un ex alcohólico, o del gordito aquel que nos comparte los secretos ocultos de su nueva dieta, todos tienen el “fua” de un motivador de libros de autoayuda.

 Por eso no me gustan esas fiestas. Yo nunca acatarro con mi entusiasmo por la cocina o por el fútbol  a aquellos que no gozan de mis gustos.

Claro está, hay sus excepciones, recuerdo lo bien que la pasé en la boda de Arturo, mi concuño y amigo; ya que tenía bajo amenaza de exilio, excomunión y muerte en “garrote vil” al sorprendido y ofendido director del grupo musical que tocó en su boda, el cual acostumbrado a hacer siempre lo que le paga en gana, no podía creer lo que le pasaría si le subía al volumen o tocaba uno sola canción no autorizada.

Pude platicar con Lourdes y con Arturo, los esposos, sin necesidad de gritar.  Al felicitarlo por el ambiente agradable que se gozó, él me dijo lo recuerdo bien, -uno es el que se casa y uno mismo el que paga, que sea como uno quiere, ¿no crees?. Ni cómo no estar de acuerdo con semejante argumento.

En el otro extremo, recuerdo aun la celebración por el aniversario de un colegio cristiano en alguna ciudad de cuyo nombre no quiero acordarme. Los organizadores con los que compartía mesa, no tan avezados como Arturo, no intervinieron dando indicaciones sobre la intensidad del sonido y sobre la selección de piezas a tocar. Así fue como cenamos bajo el sonoro rugir de las trompetas de la Sonora Santanera y su muy poco cristiana melodía, “fue en un cabaret donde te encontré bailando, ofreciendo tu amor al mejor postor…

Transcurrida la cena y como en penitencial silencio por alguna inconfesada culpa, después de dos horas de miramos las largas caras, sin tener la más mínima posibilidad de ser escuchados y de comprobar que en las demás mesas acontecía lo mismo, para contento de muchos, el salón se fue vaciando mucho antes de la hora prevista.

Por eso no me gustan esas fiestas, estoy seguro de que hubiera concluido Ramón María.

 A decir verdad, con tanto ruido en el recuerdo, no puedo ya aventurarme en asegurar  si la conversación arriba citada con Ramón María fue real o tal vez sea solo un recurso a través de un alter ego para compartir la rareza de vivir sin bailar y ser enteramente feliz en el intento.

EN DEFENSA DE LOS PATIOS

Por Ernesto Parga Limón

El hombre actual sabe el precio de todas las cosas y el valor de ninguna”.

Frase atribuida Oscar Wilde

La gente se queja del encierro. Yo sí salgo. Cada vez que siento que el tedio avanza sobre mí, intentando conquistar mi ánimo, gobernar mis pensamientos y marcar el ritmo de mis emociones huyo de él, me rebelo y salgo.

No hago caso de la insana imposición que pretende tomarnos por rehenes, ejerzo mi derecho inalienable a la libertad; porque sé según me enseñó el ilustre caballero de la triste figura Don Quijote de la Mancha, que esta es: “uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.

Haciéndome, pues, cargo de todas las consecuencias deliberadamente desoigo toda indicación a clausurar la vida y salgo.  Abro la puerta trasera de mi casa: salgo y abro también el universo todo. Todo mi universo que se hace síntesis, que se concentra y se reduce a sus mismos fundamentos en el patio de mi casa.

En este patio como en cualquier otro patio, con estos árboles como en cualquiera otros arboles; está todo lo que cada uno hemos sido, lo que somos y todo lo que podemos recordar o aprender.

Un signo, en Semiótica, es un objeto o evento presente que está en lugar de otro objeto o evento ausente, pensemos un poco ¿Por qué conservamos la moneda aquella, el reloj vetusto, o el anillo de boda que nos regaló nuestro padre o nuestra madre?, la respuesta sin duda es; porque son vinculaciones presentes que, con un secreto lenguaje, nos remiten a la realidad ausente que amamos.

Dice Leonardo Boff que nuestro entorno está lleno de cosas que nos hablan, pero que se necesita de un cierto espíritu que vaya un poco más allá del mundo técnico-científico para entender este lenguaje que corre como un rio subterráneo y que, a través de estos signos, brota como fuente con un caudal de recuerdos que nos permite de cierta manera volver a vivir.

Así los patios, con sus árboles tantas veces trepados por tus niños, con sus rincones depósito de los restos de las queridas mascotas que fueron parte de la vida familiar, así los patios que fueron campitos de futbol, pista de patines con la infantil patinadora ataviada con vestidito de princesa, arena de batallas campales bajo la lluvia con globos de agua, espacio de la ilusión en aquel club de amigos de la casita del árbol que prometía ser eterno. Por eso salgo al patio en busca del signo que active la memoria del pasado que me vincula con el yo, de este mi presente.

Álvaro Cunqueiro el magnífico escritor gallego autor de Las Mocedades de Ulises comenta que: añadirle a la comida que comemos siempre un poco de literatura, un poco de fantasía y otro poco de historia hace que aquello que nos gusta; nos guste aún más.

De esta manera, la añosa higuera que en este momento me ofrece por centenas su fruto dulce que me gusta tanto, me gusta tanto más porque sé que es símbolo de la lealtad, que ha acompañado al hombre por milenios (hay vestigios en el Valle del Jordán de higueras cultivadas por el hombre alrededor del 9400 AC). Desde que sé que las higueras fueron la primera planta domesticada por el hombre, unos mil años antes que la cebada y que el trigo, este conocimiento hace que agradezca que cada año vuelva a reverdecer y hace que los higos me gusten todavía más.

Y este nogal que nos regalará de nueva cuenta su fruta otoñal y por ahora su benevolente sombra bajo la que escribo estas letras y que ha sido por años, espacio de solaz, de charlas vespertinas con amigos y parientes ante un buen plato de tostaditas. Signo todo ello de palabras sin sonido a las que vengo en rebeldía para mitigar las penas de este encierro.

Y el par de limoneros omnipresentes en la vida familiar, ya en el perfumado y blanco azahar de primavera o en el ácido, jugoso e inagotable fruto de verano, o en el té de sus hojas que en invierno nos protege y sana de las gripas y de casi todas las dolencias.

Pero que tristes son los patios devenidos en perpetuo depósito de objetos sin signo, mudos cacharros sin lenguaje, que asfixian el espacio vital de la convivencia, que se atesoran como atesora Harpagón, el enfermizo personaje del Avaro de Moliere, solo porque tienen precio, aunque carezcan de valor. Antonio Machado solía decir que el necio es aquel que confunde valor y precio.

Uno de los primeros tópicos que enfrentan quienes se acerca al estudio de la filosofía es el de entender que la filosofía “no sirve para nada” es decir que no es instrumento de nada… para producir nada; que la filosofía “solo” busca inquirir el porqué y el para qué de las cosas, de todas las cosas, para dotar con ello de un sentido y una razón al universo mismo.

Yo pienso que ese afán tan humano de buscar sentido, de filosofar, de recordar lo vivido, de proyectar lo porvenir, de descifrar el mensaje de las cosas, de entender que lo Eterno nos habla también a través de lo efímero, que los cosas son también silabas de otro alfabeto. Es la mejor señal de que seguimos vivos.

Creo, en defensa de los patios, que esa actividad de traducción de signos y de códigos, requiere además del deliberado propósito de abrir muy bien la mente y los ojos, de un poco de utilería: una copa de noble vino, un café cargado y un despejado patio familiar.

Es hora de retornar al encierro antes que los 36.6 grados a la sombra de la milenaria higuera derritan mi rebeldía.

Ya aligerado del encierro, entro en casa y veo que otros signos me saludan.

Julio/11/2020

EL TEATRO DEL ABSURDO

Por Ernesto Parga Limón

  “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que  no lo rehará. Pero su tarea acaso sea más grande. Consiste en impedir que el mundo se detenga”.  Albert Camus

En estos tiempos de tan aguda polarización es pertinente empezar con una aclaración.

Esto no es una diatriba en contra de los que están ahora, ni tampoco un panegírico en favor de los que estuvieron. Quizás la peor consecuencia de la polarización política sea la desaparición de las opiniones intermedias o aún más la posibilidad de estar parcialmente de acuerdo o en contra de algo. La polarización te empuja a idolatrar irreflexivamente a algo al tiempo mismo que te empuja a odiar, también irreflexivamente, a la postura que se supone contraria. Estás conmigo o en contra mía. Se cancela, entonces, la esencia misma de la democracia, de la crítica y del diálogo, de la corrección fraterna y del consejo del que sabe más. Solo queda espacio para la descalificación del que no piense como uno.

Dicho lo anterior; quiero hablar, ahora, del manejo de la comunicación pública que han hecho los responsables de trasmitir la información de esta pandemia en las conferencias diarias de las 7 pm. Solo de eso trataré hoy en este espacio.

El teatro del absurdo, (cuya exponente principal es el dramaturgo inglés Samuel Beckett con su emblemática obra Esperando a Godot), es un tipo de género artístico en donde se expone   todo aquello contrario y opuesto a la razón, lo que no tiene sentido, lo que resulta descabellado, chocante, contradictorio, disparatado, irregular, además, extravagante.

Qué esperar cuando en su cotidiana intervención sobre el informe técnico el doctor responsable te saluda, con la inconexa e incomprensible frase “Buenas tardes con todas y con todos” la cosa, tratándose de claridad informativa, pinta mal, por no decir que pinta esquizofrénica. ¿Es qué cuesta tanto trabajo hacer algo bien, saludar normalmente por ejemplo?

Y abierta ya la puerta de lo estrambótico, se prosigue con la infaltable afirmación diaria del mismo doctor Alomía: “hoy observamos que afortunadamente continúa a la baja la tendencia en el número de casos confirmados situándose en solo alrededor del 22 % del número total de contagiados, es decir, este número corresponde a la epidemia actualmente activa.”

¿Qué sentido tiene esta afirmación y este porcentaje? ¿Y qué sentido tiene decir “afortunadamente”? Ninguno. Mero territorio de lo absurdo. Resulta una verdad de Perogrullo decir que hoy tenemos menos casos activos que el total de contagiados, la inmensa mayoría, ya no lo está, por el solo hecho de haber transcurrido el tiempo que dura su enfermedad.

La afectación que produce el Virus Sars Cov 2 es temporal. El Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos nos dice que” el tiempo promedio que dura la enfermedad en el cuerpo humano es de entre 10 y 14 días para casos leves, y en los casos de pacientes más graves se ha tenido registro del virus en su organismo por 21 días o hasta por seis semanas después de la exposición al virus”.  

 La gran mayoría de los contagiados, el 80% aproximadamente, por razones naturales han dejado de ser una estadística en el número global de los activos, sin apenas hacer nada. Insistir cada día en eso como si de un éxito se tratase, no solo raya en lo absurdo, sino que es, en definitiva, una torpeza en términos de comunicación.

 La seria, muy seria, pregunta se debe plantear en esta manera; ¿Tenemos un número menor de contagiados alrededor del mundo cada día?  y aún más concretamente ¿En México hay disminución del número de contagios? La respuesta tajante a ambas interrogantes es un terminante NO. Hoy estamos peor.

Hoy, 4 de julio, la OMS informa del récord de contagios en el mundo en las últimas 24 hora 212, 326. Nuestro país contribuyó con 6742 rompiendo su propio récord de contagios en un día. Para entender esto un poco mejor, ofrezco un par de datos más; hace justo un mes, el 4 de junio, los contagios sumaron 131,432 y hace dos meses, 4 de mayo, se contagiaron en el mundo, en 24 horas, 79 429 en plena cresta de la curva en Europa. Y el doctor Alomía hoy mismo vuelve a decir que se domó la curva.

¿Cómo se sostiene Gatell, sin sostener un solo dato? De qué sirve toda su “ciencia” sino es capaz de predecir nada, ni la cresta de la curva, ni el número de muertos, ni el fin de la pandemia, nada, absolutamente nada.  Sus predicciones “científicas” que han fluctuado, absurda o descaradamente, desde los 6,000 decesos, pasando por los 30,000 que ahora tenemos contabilizados, pero que estos en realidad pudieran ser el triple según su última declaración.

 ¿Hay ciencia posible con semejante margen de error? Si la hay, es que vivimos ya en los confines de lo absurdo.

¿Es posible, qué envidien el manejo mexicano de la crisis en otros países? Incluso cuando estamos en el quinto lugar de muertes en el mundo.

Es Gatell tan incapaz que no entiende si siquiera que en cada conferencia trasmite un contradictorio, disparatado, e irregular informe. O lo sabe perfectamente y hace cálculo político y juega   a ser el rockstar que lee poesía, que contradice y que regaña en cadena nacional a la OMS, al NYT, a los científicos más expertos y connotados en el orbe, a las mejores universidades y a quién ose mostrarle sus absurdos.

 O quizás Gatell es un incomprendido dramaturgo al que no hemos valorado suficientemente,  que cada tarde desde Palacio Nacional representa la nueva joya del teatro del absurdo, que utiliza deliberadamente datos y alegatos disparatados, incoherentes  e ilógicos con el artístico  afán de ponernos a pensar; porque  lo mejor en el  teatro del absurdo es  no  dar respuestas o no dar las  respuestas  que se esperan,  para dejar  que el  asombrado espectador,  saque sus propias conclusiones,  que obtenga sus propios datos: si se aplanó o no la curva, si se domó o no la pandemia, si la epidemia tiene uno o muchos picos, si sirven o no las pruebas, si portamos o no cubrebocas, es cuestión de cada uno… todo es posible en el teatro del absurdo. 

Cada vez hay más espectadores escépticos en espera de que la ciencia de Alomía y de Gatell les dé un solo dato, uno solo, una solo respuesta lógica y fundamentada.

Yo en tanto seguiré… Esperando a Gatell.

AMIGO DE LETRAS

Por Ernesto Parga

“Decir amigo
me trae del barrio
luz de domingo
y deja en los labios
gusto a mistela
y a natillas con canela”.

Joan Manuel Serrat

Ayer, Insospechadamente, Ramón María me lanzó su confidencia cuando ni siquiera nos habíamos saludado. Yo quedé sorprendido, engarrotado. No tanto por lo intempestivo de la confidencia, créanme no me refiero a un problema de modales, sino porque no me correspondía a mi hacer nada en ese tema, las reglas estaban dadas y no solo eran claras… eran sus propias reglas.

Quizá haga falta ofrecerles un poco de contexto que ayude a entender mejor…

Ramón María me llama su amigo de letras, obviamente me gusta el título, pues tiene que ver con mis aficiones y tiene garbo. Me agrada porque sé, además, que él otorga esos títulos en exclusiva y solo después de pensarlo mucho. Sin embargo, aunque en varias ocasiones me ha comentado su extraña teoría y praxis de la amistad, no consigo acostumbrarme del todo.

Recuerdo perfectamente la primera vez que Ramón María me explicó esta idea tan suya, a nadie más le he escuchado cosa semejante. En esa ocasión hablábamos de Borges, a ambos nos gusta mucho, y discutíamos sobre cuál es su mejor cuento, yo sostenía en voz alta que el Aleph es fascinante, él, en cambio, se empeñaba en convencerme que el Inmortal es muy superior. Quiero confesar algo aquí; en verdad Funes el memorioso me gusta más pero nunca se lo digo porque no quiero oírle descalificándolo.

Ese día ante mi insistencia para que cambiáramos de tema, teníamos entonces poco tiempo de ser amigos de letras y yo quería  que habláramos  de política,  Ramón María me dijo con gravedad –nunca he estado de acuerdo con esa expresión popular que dice que; los amigos verdaderos son tan pocos que se cuentan con los dedos de una mano, no es mi experiencia, yo tengo muchos y aunque lo son de manera distintas porque distintos son los intereses que nos unen en amistad, todos son verdaderos. Tú eres uno de ellos. Y aun con más énfasis añadió – a mí me gusta respetar a los amigos y a la fuente de la amistad que nos hace serlo, no es bueno mezclarlos-. Nunca más insistí, a pesar de no estar en nada de acuerdo con esa idea sobre la amistad.

Lo más que se permite, en algunas contadas ocasiones, es comentarme a muy grandes rasgos de sus charlas con sus otras amistades, desde luego sin permitir intercambio alguno de ideas, yo únicamente debo escucharle. Por esas pequeñas libertades es por las que sé que tiene otros muchos amigos de temas, materias y disciplinas muy variadas y disímbolas.  A algunos los conozco.

Por ejemplo, de Edgardo su amigo de cocina, me comentó alguna vez, que estuvieron   hablando del  gazpacho y de las ventajas o desventajas de colarlo, -en los  ingredientes estuvimos de acuerdo, que por eso somos amigos, entre menos  mejor: tomate guaje, nunca de  bola, pepino y morrón, poco de ambos, que el tomate  es el rey, ajito, aceite virgen extra, una  cosita más, a la nevera y ya lo tienes-, apostilló con aire de suficiencia y con  la seguridad de todo un chef.

Sé que tiene otros amigos para hablar de futbol, me dijo en otra ocasión, – ahí sí, pero solo ahí, no importa que sean varios ya que el futbol es juego en equipo. También me ha dicho que es con Manuel es con el más habla de ese grupo, con él elabora y reelabora el once ideal de todos los tiempos, discuten también sobre si Messi, está a la altura de Pele y Maradona. A mí me parece que no, pero no puedo externar mi opinión porque cada tema tiene sus amigos y nadie se ubica en dos categorías diferentes, porque no es bueno mezclarlos como dice Ramón María.

Esto siempre se respetó entre nosotros, y sé que también entre sus otras amistades, alguna otra vez Ramón María me platicó que el amigo con el que charla de política quería venir con nosotros a hablar de Borges alegando que había leído el Poema de los dones y el magnífico cuento denominado El otro; Ramón María me dijo que atajó rápidamente esa intentona de burlar las normas. diciéndole escuetamente –te gustaría que hablase de política con otro– su interlocutor simplemente se quedó mudo.

Pero ayer todo pareció quebrarse, quizá algún presagio milenario apareció  cumpliendo su fatalidad en esa hora, o tan solo  una terrible conjunción de cosas extrañas: este inesperado  clima en el mes de junio,   la pandemia que lejos de ceder se fortalece o  los  polvos del Sahara, terminaron haciendo flaquear su compostura y Ramón María se dejó llevar rio abajo y olvidando su regla de oro (no es bueno mezclar)  sin ponerme sobre aviso,  me lanzó su confidencia como se arroja al viento una esperanza  ¡Estoy enamorado!

Apunto estuve de decirle, querido, nunca olvides que tú y yo solo solo hablamos de letras.           

Y no sé por qué terminé diciéndole, ¡vamos cuéntame!, que el amor inventa nuevas reglas y rompe todos los esquemas, abrázate al amor para que no digas como Borges:

– ¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada? –

Y agregué sinceramente, me entusiasma que al fin transitemos a la verdadera amistad la que se da profunda y casi eterna, la que nos une fuerte al corazón de tan solo unos cuantos que se cuentan suficientemente cono lo dedos de una mano.

Me miró aliviado y cambiando las letras por la vida; respiró profundo y comenzó diciendo, es que ella es tan buena y además quiero decirte que…